viernes, 13 de marzo de 2015

Antes de conocerla


Antes de conocerla la había soñado. Para mal o para bien, ella se parecía mucho a la imagen del amor. En realidad ella se parecía a otra chica de la que estaba enamorado. Piel pálida, sonrisa perfecta, cabello castaño y ondulado: su imagen choca contra mi pupila igual que un asteroide se aferra a la inercia de la colisión. Una seducción, también, de la víctima hacia el asesino. Pero sí. Había soñado esos rasgos tan característicos no ya en el parecido, sino en ella misma. Era ella misma en mi sueño, no la imagen imperfecta del amor imposible que yo profesaba. 
     La conocí después de soñarla. Era alumna del colegio en el que yo impartía taller literario. Ella no era mi alumna, pero siempre se asomaba al salón y a veces se quedaba a escuchar nuestra plática sobre aquella novela o este poema. Le interesaba la literatura, supongo. Era muy curiosa y las pupilas de sus ojos café claro se alargaban cuando algo le interesaba. También los labios, delgados y rosas, los apretaba ante cualquier manifestación artística que le fascinaba. 
    En Morelia todos somos existencialistas aun en contra de nuestra voluntad. No sabemos si moriremos este día o no, de verdad no lo sabemos. Nos es imposible vivir como si fuéramos eternos cuando estamos rodeados de cadáveres putrefactos y, muchos de ellos, de gente inocente. Bueno, nadie es inocente: nacer es el primer crimen contra la humanidad. Me refiero a inocentes respecto a una guerra en la que no tenían que ver; más que una guerra para la paz, hablamos de una lucha de egos. Una tormenta de mierda. 
     Lo anterior lo digo para justificar mi manera de actuar; investigué entre mis alumnos el nombre de aquella imagen soñada. Luego investigué la dirección de sus redes sociales. Para un profesor introvertido que en el amor es un imbécil (igual que todos los demás) lo mejor era presentarme por vía escrita. Un poema o dos. Una carta. Recordé a Pessoa y eso que dice, más o menos, que es un pendejo el que escribe cartas de amor, pero es más pendejo el que nunca escribe una. Es una traducción personal. Pero yo le quemaría la orilla a la hoja, para aparte de ser pendejo, ser cursi. Y además terminaría con:  «Tu admirador secreto», y un seudónimo. Sí. Para morirse de risa y vergüenza. 
     Si ya te caíste por la madriguera del conejo blanco, lo mejor es ponerle piquete al té que te ofrecen. Así que eché a andar mi plan con una parafernalia ridícula para mi edad. Rozaba los treinta años y tal vez por falta de experiencia, utilizaba métodos de un enamorado puberto. 

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