viernes, 20 de marzo de 2015

El escritor y la biblioteca


Me encuentro en la hora más sola, un torrente de mierda azota mis orillas, es la exclamación del oasis que sube hasta mis manos. He aquí pues que sea ésta la narración del vacío y la soledad. Deambulan los restos de un amor enfermo. Mi cuerpo está machacado por indecibles temblores, ¿qué quiero decir, a dónde quiero llegar? La muerte pasa endulzando con sus alas mi café. Enciendo un tabaco. Las musas no llegan y me tengo que conformar, patéticamente, con hacer un inventario de las cenizas de mi alma. No es fama, amor o fortuna, ¿qué me falta? ¿La gente que aparenta ser dichosa es dichosa? El whisky y los cadáveres son interlocutores silenciosos y, por lo mismo,  elocuentes. Pero las dudas se inflaman en los leucocitos de la sangre y hacen que uno viva enfermo, completamente infectado. El suicidio es una respuesta sencilla y, puede que por eso, errónea. Es tan imbécil el que piensa que siguiendo la naturaleza encontrará la verdad, como aquél que piensa que la encontrará contradiciéndola.  
     La verdad siempre está en otra parte. Siempre fuera de nosotros. Es lo inalcanzable y, sin embargo, sólo tenemos esta vida para tratar de entender algo. No soy de los que cree en la vida después de la muerte. Aunque creo en Dios, sólo se puede tener fe mientras se esté vivo. Los muertos no rezan porque la oración nunca es compatible con la elocuencia. La oración, incluso la que roza con la meditación, es delirio, explosión y locura. La oración es una protesta silenciosa en contra de todo lo establecido, hasta, en la plenitud total de Dios, en sus brazos de polvo que nos cobijan, se elimina a sí misma, dejando blanco sobre blanco en la contemplación de la verdad verdadera. Pero digo, sólo en la vida creo en Dios. Cuando morimos Dios muere con nosotros. Tengo certezas en la fe, pero no certezas en la razón. Mientras más ejercito mi razón, más se llena de dudas. 
     Estoy cansado. También era necesario confesarlo. No sólo por mí mismo sino por toda la humanidad. A mis setenta años siento mi cuerpo tan humillado como si hubiera tenido que caminar los pasos de todos y llorado las lágrimas de todos. Sin embargo, a quien pudiera leer esto, no quiero darle la impresión de ser un mártir. Yo exprimí la vida todo lo que pude, tuve muchas mujeres y vacié muchas botellas. Ahora estoy viudo y cansado; entretengo mis tardes en estos cuadernos, sentado en medio de esta biblioteca que sólo con paciencia he podido llenar. Las musas me han abandonado y yo…
    — Las musas no existen.
    — ¿Quién anda ahí? ¿De quién es esa voz?
    — ¿Piensas que has enloquecido?
   — El delirium tremens tiene una explicación psicológica que…
    — Son estúpidos los humanos que siempre tratan de explicarse todo, incluso su propia locura. En su afán patético de definir su relación con las cosas ponen nombres inverosímiles a sucesos comunes con el afán de que el charlatán cobre más y el paciente quede tranquilo a través de placebos cuidadosamente administrados. No sabes cuánto detesto la palabra hablada, pero estoy en necesidad de comunicarme contigo. 
     — ¿Por qué? ¿Quién eres?
     — ¿Quién crees que soy?
     — La muerte
   — ¿Piensas que esto es el Séptimo Sello y me sentaré frente a ti a retarte al ajedrez?
     — ¿Quién eres?
     — Algo diferente.
     — El diablo. 
   — Si piensas en algo superior, diferente, que no entra por la puerta, piensas en el diablo. Es curioso. Ahora pensarás que cuando salga de estas tinieblas y me acerque a ti distinguirás mis cuernos, mi pata de gallo y de caballo, y mi cola larga y puntiaguda. Bien, me acercaré a ti. 
Sale un ente de figura antropoide de las tinieblas, trae un costoso esmoquin. Sus zapatos brillan como espejos relucientes, algunos libros se alcanzan a reflejar en esa pulcritud. Los dientes parejos y las uñas recortadas. Cejas delgadas y finas, labios pequeños, nariz respingada. El cabello, sin embargo, largo y desparpajado. Su figura es larga y delgada, trae un reloj en cada mano, tiene un bigote curioso. 
     — Con ese bigote eres Dalí o el Diablo, una de dos. 
     — Y sin embargo he adquirido la forma que tú quieres que tenga. Tu mente no es capaz de comprender ni de imaginar mi forma real ni mi nombre real. Ustedes nombran las cosas para dejar de temerles y a veces ocurre que al nombrarlas les temen más. Ya has mencionado a la muerte y al diablo. Has dicho que soy delirium tremens, pero la verdad es que no has tomado tanto de esa botella, ni siquiera estás borracho. Tampoco soy una secreción de tu organismo por tu inminente muerte. No te vas a morir esta noche. Eres un anciano, pese a todo, sano. Yo he vivido en ese rincón de tu biblioteca desde hace muchos años. Hoy simplemente salí a saludar, no entiendo el alboroto.
     — Es que eres un espíritu y yo no creo en los espíritus, es completamente inesperado verte. 
     — ¿No acabas de escribir que crees en Dios?
     — Sí
     — ¿Te asustaría ver a Dios?
     — ¿Eres Dios?
     — No, ¿esperabas que te convirtiera en una mosca?
     — No
     — Soy algo diferente.
    — ¿Un extraterrestre? A mí nunca me ha gustado la ciencia ficción. ¿Por qué no vas a asustar a uno de esos gordos con playeras ajustadas de Star Wars?
     — Puede que la definición de extraterrestre no esté tan alejada de mí, dado que ese nombre le dan a seres de otras dimensiones. Sin embargo, no vengo del espacio exterior, yo he estado desde el principio de los tiempos en esa esquina de tu biblioteca. ¿Me puedo sentar?
     — Siéntate, ¿quieres un puro?
     — Sí, siempre he tenido curiosidad ¿a qué saben? Veo que los ofreces a tus amigos y huele extraño.
     — Si has estado desde el inicio de los tiempos, me puedes indicar ¿cómo inició la vida humana?
     — De un floripondio gigante
     — ¿De un floripondio gigante?
     — Sí, la vida humana es una alucinación del cosmos para que la tierra, que es un ente vivo, no se sienta sola. 
     — ¿Qué pasará cuando todos los humanos tengan esta cerveza, la de no ser más que una ilusión?
     — Desaparecerá la raza humana, y será un espectáculo maravilloso. 

viernes, 13 de marzo de 2015

Antes de conocerla


Antes de conocerla la había soñado. Para mal o para bien, ella se parecía mucho a la imagen del amor. En realidad ella se parecía a otra chica de la que estaba enamorado. Piel pálida, sonrisa perfecta, cabello castaño y ondulado: su imagen choca contra mi pupila igual que un asteroide se aferra a la inercia de la colisión. Una seducción, también, de la víctima hacia el asesino. Pero sí. Había soñado esos rasgos tan característicos no ya en el parecido, sino en ella misma. Era ella misma en mi sueño, no la imagen imperfecta del amor imposible que yo profesaba. 
     La conocí después de soñarla. Era alumna del colegio en el que yo impartía taller literario. Ella no era mi alumna, pero siempre se asomaba al salón y a veces se quedaba a escuchar nuestra plática sobre aquella novela o este poema. Le interesaba la literatura, supongo. Era muy curiosa y las pupilas de sus ojos café claro se alargaban cuando algo le interesaba. También los labios, delgados y rosas, los apretaba ante cualquier manifestación artística que le fascinaba. 
    En Morelia todos somos existencialistas aun en contra de nuestra voluntad. No sabemos si moriremos este día o no, de verdad no lo sabemos. Nos es imposible vivir como si fuéramos eternos cuando estamos rodeados de cadáveres putrefactos y, muchos de ellos, de gente inocente. Bueno, nadie es inocente: nacer es el primer crimen contra la humanidad. Me refiero a inocentes respecto a una guerra en la que no tenían que ver; más que una guerra para la paz, hablamos de una lucha de egos. Una tormenta de mierda. 
     Lo anterior lo digo para justificar mi manera de actuar; investigué entre mis alumnos el nombre de aquella imagen soñada. Luego investigué la dirección de sus redes sociales. Para un profesor introvertido que en el amor es un imbécil (igual que todos los demás) lo mejor era presentarme por vía escrita. Un poema o dos. Una carta. Recordé a Pessoa y eso que dice, más o menos, que es un pendejo el que escribe cartas de amor, pero es más pendejo el que nunca escribe una. Es una traducción personal. Pero yo le quemaría la orilla a la hoja, para aparte de ser pendejo, ser cursi. Y además terminaría con:  «Tu admirador secreto», y un seudónimo. Sí. Para morirse de risa y vergüenza. 
     Si ya te caíste por la madriguera del conejo blanco, lo mejor es ponerle piquete al té que te ofrecen. Así que eché a andar mi plan con una parafernalia ridícula para mi edad. Rozaba los treinta años y tal vez por falta de experiencia, utilizaba métodos de un enamorado puberto. 

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