viernes, 6 de febrero de 2015

Yo-u

Imagen de Bastien Lecouffe-Deharme
Habían pasado las lluvias de agosto cuando, en la central de Morelia, Yo-u contempló, anonadado, la muerte de un polluelo mientras su mamá preocupada lloriqueaba a un lado. Nada lo había conmovido tanto desde la muerte de su perro. Alguien, un tipo común y corriente, reventó un leño seco contra el cráneo del perro que soltó un último aullido: un estertor lleno de sangre y mierda. Yo-u contempló aquello, así, como un asesino zen. Contemplación como vértigo, como un veneno absorbido por la sangre, pero también por la saliva. Un asco de dimensiones cósmicas, un odio que gangrenaba el alma, una violencia que bajaba de la mente a la punta de los dedos. Ganas de matar, de matar a todos. Incluso a aquellos que se rieron de la muerte del polluelo. Yo-u pensó en poner una bomba en ese autobús y hacerlos detonar a todos, hacerlos volar por los aires. Sesos humanos cociéndose en la banqueta mojada, en el sol que tintineaba detrás de las brumas que masturbaban oscuridad. 
   ¿No será la muerte de un polluelo la metáfora de un mundo derribado súbitamente en una copa de alcohol? Y nosotros, raza asquerosa, la bebemos, nos bebemos la muerte de todo aquello, de lo único aquello que no merece morir. Sobrevivimos tragando mierda ajena. Coprófagos de realidad, itinerantes en el absurdo del respirar. En este mundo sólo sobreviven los masoquistas que no saben que son masoquistas. Es más, un masoquista que no sabe y no acepta, jamás aceptaría, que es masoquista. Los masoquistas reales hacen su aparición en la danza ritual de la lucidez. Los masoquistas que se aceptan, que se saben, ¡qué raza tan hermosa e inservible! ¡Cómo todo lo hermoso!  Igual los sádicos, los maricones, las mujeres, los enanos o los enfermos mentales. Todos los que se saben, los que obedecen al oráculo de Delfos son hermosos y sublimes, aunque estén deformes, mónadas monstruosas, singularidades etéreas, grotescos suspiros sobre la sangre coagulada de un Dios muerto y un Diablo enfermo. 
     Dios se tuvo que suicidar para que nosotros, escupitajos divinos, pudiéramos existir. Existo, luego Dios no existe. ¡Yo nací un día que el Diablo estuvo enfermo, grave! Unas alas que prometen y nunca acaban de crecer. Nos precipitamos sobre el precipicio sin fe. Hasta  para que el puto suelo exista se ocupa fe… ¿A los otros qué les queda? Un precipicio perpetuo. Nuestras preguntas y nuestras espadas, nuestros leños secos, durísimos, para reventarlos en el cráneo del sistema en venganza por la muerte de mi perro. Si los otros vuelan artificialmente, quemarles las alas en venganza del polluelo que muere. Yo-u decía a sus amigos: Si alguna vez creo en un sistema absoluto, hazme el favor de dispararme en el cráneo, pues significará que me convertí en zombi. Parece ridículo que los zombis tomen ahora tanta importancia debido a esta generación que no sabe a qué aferrarse. Veo a gente que admira a los zombis y nunca se dan cuenta de que son una metáfora de la sociedad alienada, los veo orgullosos de su alienación, de lo hueco de sus mentes. Ingenieros, con doctorados, huecos como el niño de cinco años. Estúpidos esos que le conceden a los niños una sabiduría de la que carecen, igual que se la conceden, injustamente, a los ancianos y a los que tienen doctorados en ingeniería. 
    Creyentes, ingenieros, psicólogos y otros arrogantes se unirán para darle en el cráneo a mi perro, para matar a los polluelos. No veo por qué deberían existir unos y otros no. Piensa Yo-u que todo el mundo debería desaparecer, pero que el motivo no sea la estúpidez humana. Básicamente porque eso es una estupidez. Mientras llega el meterorito redentor, deberían llevarse bien los humanos y los animales… Dado que eso no es posible, que corra, para igualar las cosas, la sangre humana.

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