viernes, 27 de febrero de 2015

Cuento para niñas grandes

Dibujo de Wang Niandong
Sofía junto sus piernas, eran delgadas como popotes. Nunca lo había hecho, confesaba para nadie, para sí misma. Nunca. 
No te preocupes –le dijo Alicia al otro lado del espejo-.
Sofía deslizo sus medias de red hasta sus tobillos; las medias tenías finas imágenes de mariposas. Las medias cayeron al piso, junto a la falda, y las mariposas, por su parte, salieron volando por la ventana dejando apenas perceptible una estela de diminutos hilos negros flaquísimos. 
Comenzó a tocarse entre las piernas, despacito, con miedo, como quien no quiere ser descubierto por nadie; esa adrenalina. Primer el dedo índice, luego el medio. Se sumó el dedo anular. Finalmente el meñique. Los pechos de Sofía se contraían, por debajo de su blusa su par de pezones se ponían duros y erectos; la respiración se aceleraba. 
El racimo de dedos pronto se convirtió en un puño cerrado; metió el puño hasta la muñeca, luego un poco más. Cada que salía el puño brillaba al unísono el muco vaginal mezclado con sangre, por la ruptura, seguramente, del himen. Sofía estaba feliz, era su primera vez y ya podía meterse la mano hasta el codo. Hizo un esfuerzo, un poquito más. También se metió el brazo, la cabeza, un pecho, otro pecho. Al final se metió entera dentro de sí misma y entonces, sólo entonces, Sofía conoció por primera vez lo que era un orgasmo. El primer pensamiento de la niña era, por demás humanista, desear que todo el mundo lo experimentara. Alicia –al otro lado del espejo- había empañado éste, sudaba y se agitaba, estaba complacida. 
El padre de Sofía, que era un cerdito, miraba al otro lado de la puerta por una rendija y había dejado su semen resbalando por la fina madera de caoba, en la puerta de Sofía, así marcaba su territorio como cualquier otro animal, mientras su colita se le enrollaba feliz.   

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