sábado, 28 de febrero de 2015

Se trata de soñar

Richard Young© – “Last Tango in Paris”
Se trata de soñar tus tiernos labios,
de jugarse a Romeo sin Julieta;
se trata de sabernos tontos sabios
pa' cruzar el Niágara en bicicleta.

Se trata de no hacer los agravios
para no hacer otra herida secreta;
se trata de tu rojo pintalabios
que me enamora y me inquieta.

Se trata de descarar la mañana
para bailarte como Fred Astaire,
después de hacernos el sucio amor

Se trata de maleducar a Bel Air
para ser una tierna alma rimada
y alejar para siempre el dolor.

viernes, 27 de febrero de 2015

Cuento para niñas grandes

Dibujo de Wang Niandong
Sofía junto sus piernas, eran delgadas como popotes. Nunca lo había hecho, confesaba para nadie, para sí misma. Nunca. 
No te preocupes –le dijo Alicia al otro lado del espejo-.
Sofía deslizo sus medias de red hasta sus tobillos; las medias tenías finas imágenes de mariposas. Las medias cayeron al piso, junto a la falda, y las mariposas, por su parte, salieron volando por la ventana dejando apenas perceptible una estela de diminutos hilos negros flaquísimos. 
Comenzó a tocarse entre las piernas, despacito, con miedo, como quien no quiere ser descubierto por nadie; esa adrenalina. Primer el dedo índice, luego el medio. Se sumó el dedo anular. Finalmente el meñique. Los pechos de Sofía se contraían, por debajo de su blusa su par de pezones se ponían duros y erectos; la respiración se aceleraba. 
El racimo de dedos pronto se convirtió en un puño cerrado; metió el puño hasta la muñeca, luego un poco más. Cada que salía el puño brillaba al unísono el muco vaginal mezclado con sangre, por la ruptura, seguramente, del himen. Sofía estaba feliz, era su primera vez y ya podía meterse la mano hasta el codo. Hizo un esfuerzo, un poquito más. También se metió el brazo, la cabeza, un pecho, otro pecho. Al final se metió entera dentro de sí misma y entonces, sólo entonces, Sofía conoció por primera vez lo que era un orgasmo. El primer pensamiento de la niña era, por demás humanista, desear que todo el mundo lo experimentara. Alicia –al otro lado del espejo- había empañado éste, sudaba y se agitaba, estaba complacida. 
El padre de Sofía, que era un cerdito, miraba al otro lado de la puerta por una rendija y había dejado su semen resbalando por la fina madera de caoba, en la puerta de Sofía, así marcaba su territorio como cualquier otro animal, mientras su colita se le enrollaba feliz.   

viernes, 13 de febrero de 2015

Apuntes para una novela

Imagen de Oriol Jolonch© – El pensador
I

Son extraños los laberintos que nuestra memoria teje, aquellos recuerdos que, como dijera Huidobro, son memoria en la piedra. Y las banquetas de la ciudad de Morelia me recuerdan a esas piedras labradas por el primer hombre, esculpidas por la primera razón. El banal y a la vez necesario intento por darle sentido al menos arquitectónico a esta nada que somos, a este vacío insoportable que es una isla de luz en medio de las sombras. Y esas banquetas que fueron sisíficas, un eterno retorno de calentura cuando el sol está ebrio, enfermo, de fiebre. Ese sol que furioso nos lanza flechas de vida sobre la piel, quemando todo rastro de inocencia, Así es como el vapor se levantaba sobre la banqueta, en esa calle, mi favorita, que está por la central vieja de Morelia. Sin caer en detalles, diré que tiene lo que me gusta: putas, cine porno, sex shops, lugar de conciertos de metal, libros de segunda mano y un "restaurante" cuyo nombre refleja la insoportable levedad del ser. Dicho "restaurante" está abierto hasta altas horas de la madrugada; no diré qué hacía yo allí a esa hora, pero sí diré que conocí a alguien interesante. Alguien de quien jamás me olvidaré ni tomándome todas las jarras de cerveza de barril que pudieran servirme. 
     Tendría alrededor de treinta años, ojos café, pelo negro. Nada extraordinario denotaba de su aspecto. Barriga prominente que no era nada raro debido a su manera de comer y beber: uno se sentía frente a un excesivo en toda la extensión de la palabra. Comía mucho, bebía mucho, fumaba mucho y, éste es el rasgo que me llamó la atención, escribía mucho. Los cabellos le cubrían el rostro, y de vez en cuando se estiraba, sólo así quitaba los ojos del papel que rayoneaba desesperadamente o, valdría decir, desesperanzadamente. Y en esos breves intervalos, observaba a la gente alrededor, casi siempre prostitutas muy feas (eran las más feas las que no conseguían cliente) o travestís jocosos y ridículos. Los miraba fijamente, no con morbo ni juicios, sino con una auténtica curiosidad. Él tenía era mirada que lanzaba sobre las personas como una red, las quería conocer, porque, aunque ingenuamente, le parecía que cada persona era una mar de secretos, y él era un explorador que quería desentrañar todos. Un secreto era mejor que un tesoro y conocer a una persona a fondo era otra forma de ser millonario, sin tener dinero. Él no aspiraba a tener dinero, sólo quería escribir y seguir viviendo para seguir escribiendo. A veces me olvidó de él. Hoy lo recordé.

II

Cuando estamos enamoramos creemos que todas las cosas son como deben ser. Y a la mejor, siguiendo a Leibniz, nos creemos injertados en el mejor de los mundos posibles. Pensamos que lo que tenemos lo merecemos y no nos damos cuenta de los pequeños detalles que hacen extraordinario el amor. Por ejemplo, cada que la veía llovía. Y eso, pueden pensar algunos, es síntoma de mala suerte; pero si he de ser sincero conmigo mismo y con el mundo, nada me gustaba más que caminar detrás de ella, cuando estábamos peleados, o de la mano de ella, cuando estábamos contentos, bajo la lluvia. Era algo extraño; un amigo budista dice que los dioses bendecían nuestro amor, porque independientemente de la estación del año, mínimo chispeaba. 
     Recuerdo un día, caminábamos tomados de la mano, por los callejones de Guanajuato. En ese momento me pareció que las calles de Guanajuato estaban como arquitectónicamente diseñadas por Escher: tal es la fuerza del amor que le da cualidades estéticas extraordinarias al mundo. Lo difícil es reconocer que ese momento no volverá, es decir, lo reconozco ahora, pero lo difícil es saberlo en el momento en el que lo vives, tener conciencia y decirte "este momento es extraordinario y no se repetirá jamás". La realidad nos atropella como un kamikaze japonés. Y con el desamor empezamos a creerle a Voltaire y la vida comienza a doler de nuevo. 
     Sin embargo nunca podré olvidar que, acostado en sus piernas, la vida no me dolía tanto como ahora me duele. Y entre sus brazos no me sentía un monstruo como ahora me siento. Y tomado de su mano, las calles me parecían diseños de Escher, y no empedrados sin sentido. ¿Dónde estará aquél Guanajuato donde un día nos amamos? Ojalá alguien me hubiera dicho que después de unos años sería un mundo paralelo más.

III

     Un par de travestís se golpeaban en el local. Unos empujones y arañazos, al principio, nada fuera de éste mundo de alcoholismo, insomnio y frustración. Los travestís que no conseguían cliente andaban de un lado a otro, como fieras encerradas y era de esperarse, que en ese tráfico sin sentido chocaran unos con otros igualmente frustrados. Y así es como lo que ocurría en un pequeño restaurante, era un reflejo de lo que ocurría en el mundo. Cuando un frustrado choca contra otro frustrado, las guerras comienzan. La que yo narro en específico, era aburrido al inicio: no quieren salir de su papel y se pegan y se rasguñan como un par de frágiles mujeres. Sólo después, la sangre y las palpitaciones les recuerdan que las mujeres no son frágiles y que, al final de cuentas, ellos tienen un par de testículos entre las piernas. 
     La pelea se puso buena, se rompieron botellas y los golpes certeros hicieron su efecto, un gancho hizo doblar a uno, un uppercut despachó al otro. El seminoqueado, en el suelo, rabioso sacó su navaja y sin mucha técnica la balanceo sobre el otro... Lo alcanzó a rozar en la cara y se puso a llorar. Entonces el travestí con la navaja se sintió mal y le pidió disculpas, mientras el herido le gritaba "¡Mira cómo me dejaste la cara pendeja!". 
     No había pasado a mayores. No sé por qué, pero por ese restaurante la policía no pasa mucho. Es más, yo no recuerdo que la policía pase mucho por Morelia. En una ocasión hasta me meé en una patrulla, y los policías nunca llegaron. Pero de todos modos los encargados del restaurante nos comenzaron a correr. Yo apuré la jarra de cerveza de barril que en ese tiempo vendían allí, también mis tacos de guisado. Prendí un cigarro y comencé a caminar por la calle, rumbo al Jardín de las rosas y después hasta Catedral. Aún no tenía ganas de regresar a mi cuarto, y sí tenía ganas, en cambio, de ver Morelia de madrugada. Fue entonces cuando aquel tipo se me acercó. Me dijo que era escritor y yo, como es mi costumbre, me burlé de él. "Mi más sentido pésame" le dije. Él no supo qué contestar y así caminamos varias cuadras en silencio... Tal vez hubiera sido incómodo si no hubiera estado borracho, o si él desprendiera una mala vibra. Pero lo cierto es que su vibra era neutral, ni buena ni mala, sino de esas que se adaptan a las circunstancias... y puede que por eso, sólo por eso, le creyera; incluso puede que fuera un escritor.

IV

Para el amor a distancia las estaciones de autobuses siempre serán una dimensión desconocida. Nunca sabes, estás allí parado, hojeando un libro de poemas, llega un autobús, se va otro. Tu estómago da mil vueltas, estás nervioso, fumas un cigarro, otro, otro, otro. Ella llega y es entonces cuando algo parecido a la perfección se siente en tu pecho, como un pájaro ebrio de amor que canta dentro de las venas, como miles de ángeles ensoñando y amando dentro de los huesos. No hay bálsamo ni cafeína más poderosa que un beso. 
     Las pláticas deambulan de Los Acosta a King Crimson, de Luis Villoro a Choche. Con ella puedo hablar de todo, es la mujer más inteligente que conozco y, no sólo eso, también es la única sabia. Podría envejecer con ella y jugar al ajedrez en el portal de nuestra casa mientras los nietos revolotean alrededor. Podría, pero no, ella se ha marchado y yo fui el culpable de todo. 
Caminamos de la mano, aunque nos veíamos muy asimétricos, yo alto y ella chaparrita, yo feo y ella hermosa. Creo que ese día nos vimos en Silao, Guanajuato. Es un pueblo pequeño y no hay mucho que hacer, pero estar juntos nos bastaba. Las horas pasaban a exceso de velocidad entre risas y besos. 
Pasó el tiempo, cometí errores, me fugué de la realidad y cuando regresé todo era distinto. Viví, morí, soñé, pensé, abandoné, renuncié y me liberé. Ya no me duele amarla, ni siquiera necesito que esté conmigo para aun así guardar todo este amor en mi corazón. Sin embargo, sí siento nostalgia y pienso que debí haber sido más inteligente. Darme cuenta. Pero esa inteligencia de la que tanto me vanaglorio sólo sirvió para hacerla reír cuando lo necesitaba. Y es que la inteligencia de un hombre no debería servir sólo para conquistar a una mujer, sino, más importante, para mantenerla a tu lado, para eso es lo que se necesita ser inteligente y tener valentía. Yo huí como animal asustado, internándome en el bosque de mi propia mente; cuando volví ella ya se había ido y, donde quiera que esté, ya no se dice mía.

V

¿Qué significado tiene "dejar todo por alguien" si todos, seamos lo que seamos y tengamos lo que tengamos, somos nada?

sábado, 7 de febrero de 2015

Habítame

Imagen: Paris, New Year by Robert Frank, 1949
Ven a habitar este insomnio que te nombra,
esta muerte que te piensa,
esta nada que te resucita,
este ajedrez de sombra sobre sombra.
Ven a habitar este deseo que te delinea,
esta vida que te sueña,
este todo que te mata,
este libro que al leerte, escribe y crea.
Ven a habitar estas cenizas del infierno,
este ángel que te bebe,
este diablo que te come,
este pentagrama de notas de invierno.
Ven a habitar esta derrota apasionada,
este vino que te embriaga,
este pan que te colma,
este diablo, este ángel, esta muerte, esta nada.

viernes, 6 de febrero de 2015

Yo-u

Imagen de Bastien Lecouffe-Deharme
Habían pasado las lluvias de agosto cuando, en la central de Morelia, Yo-u contempló, anonadado, la muerte de un polluelo mientras su mamá preocupada lloriqueaba a un lado. Nada lo había conmovido tanto desde la muerte de su perro. Alguien, un tipo común y corriente, reventó un leño seco contra el cráneo del perro que soltó un último aullido: un estertor lleno de sangre y mierda. Yo-u contempló aquello, así, como un asesino zen. Contemplación como vértigo, como un veneno absorbido por la sangre, pero también por la saliva. Un asco de dimensiones cósmicas, un odio que gangrenaba el alma, una violencia que bajaba de la mente a la punta de los dedos. Ganas de matar, de matar a todos. Incluso a aquellos que se rieron de la muerte del polluelo. Yo-u pensó en poner una bomba en ese autobús y hacerlos detonar a todos, hacerlos volar por los aires. Sesos humanos cociéndose en la banqueta mojada, en el sol que tintineaba detrás de las brumas que masturbaban oscuridad. 
   ¿No será la muerte de un polluelo la metáfora de un mundo derribado súbitamente en una copa de alcohol? Y nosotros, raza asquerosa, la bebemos, nos bebemos la muerte de todo aquello, de lo único aquello que no merece morir. Sobrevivimos tragando mierda ajena. Coprófagos de realidad, itinerantes en el absurdo del respirar. En este mundo sólo sobreviven los masoquistas que no saben que son masoquistas. Es más, un masoquista que no sabe y no acepta, jamás aceptaría, que es masoquista. Los masoquistas reales hacen su aparición en la danza ritual de la lucidez. Los masoquistas que se aceptan, que se saben, ¡qué raza tan hermosa e inservible! ¡Cómo todo lo hermoso!  Igual los sádicos, los maricones, las mujeres, los enanos o los enfermos mentales. Todos los que se saben, los que obedecen al oráculo de Delfos son hermosos y sublimes, aunque estén deformes, mónadas monstruosas, singularidades etéreas, grotescos suspiros sobre la sangre coagulada de un Dios muerto y un Diablo enfermo. 
     Dios se tuvo que suicidar para que nosotros, escupitajos divinos, pudiéramos existir. Existo, luego Dios no existe. ¡Yo nací un día que el Diablo estuvo enfermo, grave! Unas alas que prometen y nunca acaban de crecer. Nos precipitamos sobre el precipicio sin fe. Hasta  para que el puto suelo exista se ocupa fe… ¿A los otros qué les queda? Un precipicio perpetuo. Nuestras preguntas y nuestras espadas, nuestros leños secos, durísimos, para reventarlos en el cráneo del sistema en venganza por la muerte de mi perro. Si los otros vuelan artificialmente, quemarles las alas en venganza del polluelo que muere. Yo-u decía a sus amigos: Si alguna vez creo en un sistema absoluto, hazme el favor de dispararme en el cráneo, pues significará que me convertí en zombi. Parece ridículo que los zombis tomen ahora tanta importancia debido a esta generación que no sabe a qué aferrarse. Veo a gente que admira a los zombis y nunca se dan cuenta de que son una metáfora de la sociedad alienada, los veo orgullosos de su alienación, de lo hueco de sus mentes. Ingenieros, con doctorados, huecos como el niño de cinco años. Estúpidos esos que le conceden a los niños una sabiduría de la que carecen, igual que se la conceden, injustamente, a los ancianos y a los que tienen doctorados en ingeniería. 
    Creyentes, ingenieros, psicólogos y otros arrogantes se unirán para darle en el cráneo a mi perro, para matar a los polluelos. No veo por qué deberían existir unos y otros no. Piensa Yo-u que todo el mundo debería desaparecer, pero que el motivo no sea la estúpidez humana. Básicamente porque eso es una estupidez. Mientras llega el meterorito redentor, deberían llevarse bien los humanos y los animales… Dado que eso no es posible, que corra, para igualar las cosas, la sangre humana.