domingo, 11 de enero de 2015

Sinceramente ficticio.

Katy Perry de colegiala
Este relato tiene, como punto a su favor, la honestidad. En mi vida privada siempre he dicho que no hay nada más perverso que la verdad. Porque la lucidez desgarra, contemplar de frente el abismo de la nada, mínimo, marea. Así que he decidido contar esto a manera de confesión. Un género literario, sin embargo, poco cultivado por mi persona. No soy religioso, a pesar de haber sido un niño que se escapaba de la escuela para irse a la iglesia a rezar, cuando murió mi abuelo me di cuenta de lo banal que es el hilo que divide a la vida y a la muerte. Pensé que Dios no existía o que, si existía, era cruel y débil. Cruel porque permitía el mal en el mundo, y débil porque si era pura bondad y, sin embargo, mi abuelo que era pura bondad moría, entonces no podía realmente interferir con el mundo. Estas ideas se cocinaban en un niño de once años que era en ese entonces. ¡Ya se imaginarán cuando encontré a un marqués de Sade que no sólo tenía ideas afines sino que, además, escribía como si escupiera en la cara de Dios!
     Escribo desde los ocho o nueve años. Mi encuentro con la literatura tuvo lugar gracias a una enfermedad que sufrí y me mantenía inmóvil en la cama. Ser niño y estar postrado es realmente traumático. Empero, como no tenía nada que hacer, mi padre me regaló algunos libros. Dos autores importantes para mí, por un lado Federico Nietzsche (en ese tiempo los libros de Nietzsche decían Federico en lugar de Friedrich) y el otro Jalil Gibran. A pesar del estilo tan diferente de ambos, los unía la alegoría y la búsqueda de la libertad, de la honestidad. Así me impresionó el relato del Loco en Gibran y el Zaratustra de Nietzsche. Mis primeros escritos, pues, eran plagios directos y descarados a Jalil Gibran y Nietzsche. Sigo pensando que leer tan joven a Federico me jodió sobremanera, tanto que a veces mi amor por él se vuelca en una furia odiosa. Como sea, así empecé a escribir y a interesarme por lo que más adelante estudié, a saber, filosofía.
    Cuando volví a caminar incendiaba todo, era pirómano, ¡así se entiende mi amor por Heráclito que decía que el principio de todo es FuegoSiempreVivo! Una vez incendié la piñata de una prima, era una olla adornaba, rellena de dulces, la que, después comprobé, era sumamente flamable. Yo siempre llevaba cerillos y encendedor conmigo. Me hice de cierta fama y me juntaba con otros vándalos de la cuadra. Uno de ellos se encargaba de robarle revistas pornográficas a su abuelito. Se entiende mi gusto por el vintage: ¡cuánto diera por volver a tener esas revistas! Y había otro chico en el barrio al que lo abandonó su papá y tenía, por lo tanto, una buena cantidad de alcohol que su madre nunca tocaba. Así que empezamos a beber. Para esto ya tenía yo unos doce o trece años.  Fueron buenos tiempos, el despertar a la sexualidad, entre ron, coñac, whisky y tequila, veíamos nuestros primeros pubis llenos de cabellos retorcidos como alambres y púas. Aquello me pareció demasiado importante. Las tetas, mientras más grandes, mejor. Sin embargo, esos primeros atisbos al erotismo terminaron pronto, cuando la mamá del chico cuyo papá lo abandonó, se suicidó. De un día para el otro el chico se quedó sin papá y con su mamá colgando de la ventana como una piñata y nosotros, el resto de la pandilla, sin alcohol.
     Mi primera masturbación la recuerdo, como todas las cosas valiosas, llena de espanto y fascinación. Me imagino que tal es la voluptuosidad del suicidio. Estaba viendo el canal Golden Choice, no sé cómo se conozca en otros países. En ese canal sacan, ya en la madrugada, películas “candentes” que ahora clasifico de fresísimas pero que, en ese tiempo, eran todo un acontecimiento. No me gustaba que las chicas de la pantalla, salvo grandiosos casos, estuvieran depiladas de la entrepierna. Yo había visto imágenes de mujeres fuertes y orgullosas, con vello en su coño y eso es lo que quería. Tetas grandes, abundante vello y arracadas grandes. Cabello atigrado y salvaje, ondulado y excesivo. Quería unas putonas que trabajaran para Pedro Navajas, no esas gringas depiladas y todas delgadas, pobres mujeres, ¿nadie les dará de comer? Tengo, desde entonces, una secreta aversión por las rubias, no por todas, hay rubias muy excitantes, pero la gran mayoría no me excita. Y luego con esa moda del tinte de cabello, no, no, no. Prefiero las mujeres de tez blanca y cabello negro. Pero me estoy desviando mucho del tema. Lo importante es que sobándome contra el colchón de espuma que tenía y viendo las películas de Golden Choice, tuve mi primera eyaculación. Mi primera reacción fue despertar a mi madre, porque no sabía si estaba enfermo o qué, y después me di cuenta que sí, que estaba enfermo, pero de una enfermedad muy rica: perversión.
   Así iban pasando mis días. Era un chico sumamente tímido. Me la pasaba recluido en mis libretas escribiendo o en mis libros leyendo.  Las chicas que me gustaban nunca lo sabían, yo les escribía poemas de amor en secreto, pero nunca se los entregaba. Tampoco les mostré las apasionadas cartas ni, en fin, les hice ver lo mucho que me impresionaba su belleza. Siempre fui un admirador de la belleza femenina. Y veía rasgos o características ahí donde nadie más las veía. Incluso cuando me llegué a enamorar de chicas populares, lo hacía por razones distintas a las de los demás chicos. Si ellos se las querían coger, yo les quería poner un altar a su inmaculada belleza y ya, de paso, cogérmelas. Todo es sexo a esa edad. Pero mi única amiga era mi prima, apenas unos meses menor que yo. Contantemente iba a su casa, sin embargo, nos distanciamos mucho porque ella se puso de novia con un tipo que me caía bastante mal. Además de que fuimos a secundarias diferentes. Nuestra relación iba en picada, pero de niños siempre nos la pasamos muy bien juntos. Jugaba, lo confieso, a las barbies con ella, pero yo era el Kent, su chofer. Siempre estábamos innovando en juegos. Ya en la edad de la punzada, una tarde fui a su casa, como otras tardes, pero me dijo su mamá que estaba dormida pero que, aun así, me pasara para ver. Aclarar que yo a esa residencia entraba como Juan por mi casa, o sea, lleno de confianza. Entonces entré al cuarto de mi prima, no toqué y la vi dormida, con el uniforme escolar. Pero, y esto es lo que detonó mi excitación, la falda estaba levantada de tal manera que alcanzaba a ver muy bien sus piernas y parte de sus nalgas.
     Sinceramente ya me había imaginado que me cogía a mi prima mientras me masturbaba. Pero se me antojaba más su mamá, es decir, mi tía. De sólo pensar en mi tía la verga se me ponía súper dura. Soñana con ella. Una vez logré tener un sueño lúcido. Para quien no sepa qué es, un sueño lúcido es cuando estás consciente de que estás soñado y puedes controlar tu sueño a placer, es un poder tipo de Dios, es francamente fascinante tener ese tipo de sueños. Alguna vez narraré todo lo que he hecho en esos sueños, aunque sólo he logrado tres en mi vida, han sido de lo más reveladores. Pues bien, en uno de ellos, me cogía, en un trio, a mi tía y a mi prima. Otra característica de los sueños lúcidos es que las sensaciones son muy vivas, muy reales. Así que, según yo, ya sabía lo rico que cogían mi tía y mi prima.
     Ahí estaba la realidad atropellando inesperadamente a lo que hasta ese momento sólo había sido fantasía. Al ver a mi prima así, empinada, se me puso dura la verga y mi primera reacción fue sacármela y toquetearme. Así lo hice, tenía miedo de que mi tía me descubriera así, con el pene en la mano frente a la cama de su hija. Pero también me excitaba, pensaba que mi tía al verme así, tan duro, se le antojaría y me la mamaría ahí mismo, frente a la cama de su hija dormida. Pero no, mi tía no se asomó y yo, en cambio, estaba a punto de eyacular. Pensé en venirme sobre las nalgas de mi prima, pero opté por correr a su baño y eyacular en su baño. Dejé así una espesa muestra de mi semen en su váter. No pensaba bajarle, pensaba dejarle testimonio de lo mucho que me prendía, aunque eso significara perder a la que, finalmente, era mi única amiga. Regresé al cuarto con las manos lavadas. Moví a mi prima y no despertaba, le hablé y no despertaba. Comprendí que esa tarde no le hablaría de mis conflictos amorosos, de lo muy enamorado que estaba de una chica que, al pasar los años, se enamoró de mí pero yo ya no de ella. En efecto, después de un tiempo se invirtieron los papeles y las que me habían rechazado, de repente estaban interesadas. Pero volviendo al relato, volví a ver las nalgas de mi prima y me volví a sentir deseoso.
     Mi prima es blanca, tiene el cabello negro y delgada pero tiene una pancita. Sus piernas son torneadas y hermosas. Su culito en ese tiempo estaba más paradito. Hablamos de que tanto ella como yo teníamos alrededor de trece o catorce años. Ahora estoy gordito, pero hablamos de que en ese tiempo estaba muy delgado y alto, como garrocha, me decían, de hecho, el garrocha. Siempre he tenido apodos respecto a mi estatura, soy muy alto. Y ahí estaba, con mi altura y con mi garrocha en mano, otra vez, levantando la falda de mi prima hasta la cintura y bajando sus calzones. Tenía un par de hermosas nalgas rosáceas, se las agarré y las sobé pero estaba cada vez más nervioso, si se despertaba no tenía cómo justificar aquello. Menos cuando le toqué el pubis y comprobé, ¡Ay Dios mío! Que tenía una buena mata. Abundante vello. Tenía miedo de voltearla para vérselo bien, pero la excitación me ganó y la volteé suavecito.  Observé con cuidado su pubis y estaba poblado, pese a su edad, de abundante vello: esa visión me excitó y me animé a desabotonarle la blusa. Estaba en la empresa cuando hizo gestos como de despertar. Aguardé un momento, no despertó y continué. Le abrí la blusa y pude verla así, pero no pude quitarle el bra, pues tendría que girarla de nuevo y, estaba seguro, si la giraba una vez más despertaría. Me masturbé de nuevo, ya fuera de mí, enloquecido de excitación y pensamientos retorcidos, frente a ella. Esta vez no me importó si la despertaba con mi semen y se lo arrojé en el pubis y parte de las piernas. No, no despertó. Yo me metí a su baño a lavarme y me fui a mi casa. Nunca supe qué pensaría de aquella vez ni de lo que hice. Sólo sé que sigue siendo, a mis veintisiete años, una de mis mejores amigas. Además, habrá que decir que aquello me lleno de culpa y remordimiento, incluso me intenté suicidar un par de veces debido a lo culpable que me sentía y, a la vez, de que la chica que me gustaba no me hacía caso. Ahora mi actitud ante la vida es contraria, aunque nunca he abandonado la idea del suicidio, si antes me suicidaba porque no me merecía al mundo, ahora me suicidaría porque el mundo no me merece. Y así es, pues, la entrada real al mundo del sexo. No hay supermodelos ni chicos con penes descomunales, sino culpa, miedo, frustración y ganas de matarse.

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