viernes, 30 de enero de 2015

La soledad de Getsemaní

Imagen: Gethsemane, de Carl Bloch,
Estamos irremediablemente solos: esa desolación y ese orgullo. Escuchamos el palpitar del corazón, ligeramente acelerado por el tabaco, pero también ataráxico por esa mezcla de alcohol y cebada. Es la llanura, nuestros pies amarrados al piso como una raíz que crece en todos lados. La tierra no nos pertenece, pero la habitamos: en las horas más lúcidas es un cuarto vacío, pintado de blanco, unos muebles, si acaso un libro o dos. Nos leemos a nosotros mismos una eternidad que parece tan efímera; alargamos el tiempo por un desesperado instinto vitalista. Ese desespero es lo que tenemos. Escuchamos la sangre fluir por el cuerpo, el trascurrir de un reloj de arena que, sabemos, de antemano, terminará. Aceptamos el juego: vivimos para morir, muriéndonos vivimos. Falta saber si lo hacemos bien. Soy de los que piensa que si no le hacemos mal a los demás, hacemos bien, ahí entra el escepticismo, dudar de los huesos que nos sostienen, pero dudar también de todos los dogmas que se nos venden como verdades absolutas o fes reveladas. Mi fe es tan débil, es lo más débil que tengo. Y mi dios es tan poderoso, mi dios es esta tierra en la injerto mis suspiros y mis metáforas, este malabarismo de cuchillos e instantes rotos. Me rompo y me riego por el piso como un espejo, la imagen siempre es fragmentaria, ¿quién soy, quién eres? 
     Pienso en Jesucristo en Getsemaní, esa lucidez, el vértigo de sentirse parte del aire que hace temblar, etéreos, los pétalos de la flor anónima. Los dos pies en esta tierra que es nuestra patria más allá de las fronteras, los brazos extendidos al cielo ya no para pedir el consuelo de una deidad, sino la luz inmanente de una luna que nos erotiza cada fibra de nuestra esencia. Jesús conoce el placer de cagar y se hace filósofo, Jesús conoce el placer de mear y se hace poeta. Jesús conoce el placer de escuchar melodías hermosas y se hace arquitecto, habrá que justificar ¿por qué arquitecto? El arquitecto crea a partir de materia prima existente, tangible, terrenal. Al arquitecto no le resultan interesantes las verdades religiosas, es religioso, ¿por qué no? Pero su religión no le interesa para crear, le interesa la madera, el tabique, la tierra: crea a partir de lo experimental y lo experimentable. Jesús conoce el placer sexual y se hace chef, justificándolo de nuevo: los sabores se mezclan en un paladar humano, vierten sus semillas de placer en la boca de aquel que sabe utilizar la lengua para dar discursos sin palabras. Es la retórica del silencio. 
     El solitario del jardín (también pensemos en un Epicuro) busca el silencio, la comprensión; escucha los líquidos, las secreciones de todos los órganos en el pandemónium del instante. El Ahora le pertenece más consciente que nada; escucha su propia sangre, casi la saborea, su tuétano es su patria. Piensa en el líquido amniótico, el primer cobijo que lo prepara para el mundo, nacer acuáticamente, la remembranza está en el cuerpo del otro. Hay erotismo en el nacer y en el morir, Jesús lo sabe en su meditación, en ese silencio que abarca su mundo interior: no desprecia su carne, la abraza con todos sus nervios. Se prepara para la muerte en el onanismo vitalista, su simiente sobre una roca reflejada (dada a la luz) por una luna que borracha e hipnótica se alza orgullosa en un mundo que es de todos. El semen resbala sobre una hoja y Jesús, orgulloso, alza su pecho en ideas claras, su mente se despeja, nada tiene sentido, da lo mismo hacer o no hacer: hace, prefiere obrar, es su revolución, su enseñanza: la acción aunque la acción no tenga ningún sentido. Se deja guiar, va al encuentro, busca la batalla. Reprime a Judas guiñándole un ojo, también sabe que el gallo cantará: reconoce su animalidad y lo inevitable: el mundo seguirá su curso sin él.
     Se ha estudiado poco la zoología bíblica; solo los cazadores han sabido emular (para bien o para mal) a los animales, se reconocen sus iguales y los vencen a través del camuflaje y el engaño: actos, también, animales. Antes que los idealistas ensoñadores y/o los revolucionarios que tratan de inflar su ego «salvando a los animales», los cazadores se reconocieron parte inherente de la naturaleza; la imitación es un mito, tal vez sea más correcto decir mimetización, los cazadores se mimetizaron con la naturaleza animal de acuerdo a sonidos y vestimenta, camuflaje y llamado. Es un impulso lúcido que se convirtió en deporte y así perdió su fuerza. Hemos de reconocer en los animales el impulso puro, cuando tienen hambre, comen; cuando tienen sed, beben; cuando tienen libido, fornican;  cuando tienen miedo, huyen; cuando calculan su fuerza mayor a la de su oponente, atacan. Verdades tan simples se pueden entender a través del silencio, en la soledad; reconocemos nuestro riñón, nuestro hígado, nuestras secreciones y excreciones, páncreas, corazón. 
     Hemos de reconocer falta de conciencia en toda esa gente que no sabe estar sola, sin novia son peleles, sin amigos son imbéciles, sin religión o secta, son piojos pululando en el pelo del mundo. La conciencia es sufrimiento, pero un sufrimiento indispensable para no ser una partícula más. 
He dicho que estamos solos, esa es la enseñanza del jardín, la libertad desértica, el silencio como luminosidad total. Jesús medita, acepta su muerte, hay un azar que le desgarra la piel. Duda, esa duda lo libera para siempre de las ataduras de la religión. Sabe, porque lo sabe, que los sacerdotes son imbéciles y que las sectas sólo son máquinas de dinero. A Jesús no le interesa eso, ha contemplado al Universo en su desnudes absoluta, algunos bríos de estrella se cuelan entre los olivos del jardín; se levanta y se sacude la tierra, ha despertado de su sueño dogmático; toma una piedra y la besa, luego la arroja lejos, le fascina la curva del trayecto y el impacto. 

“En su vejez, Strindberg llegó a tomar el Jardín de Luxemburgo por su Getsemaní... También para mí ha sido una forma de Calvario -prolongado, es cierto, durante cuarenta años”. E. M. Cioran

“«Las raposas tienen guaridas, y las aves del cielo nidos, mas el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (Lucas, 9, 58). Esta confesión de Jesús, que supera la soledad de Getsemaní, me acerca a El más que todas las pruebas de amor que le han asegurado un crédito casi eterno entre los mortales. Cuanto más te diferencias de los hombres, menos sitio tienes en el mundo para que el camino a lo divino te separe de la soledad”. E. M. Cioran

“¿Por qué tengo que abrir los ojos sobre el mundo para descubrir un Getsemaní del Hastío?” E. M. Cioran

“Entonces llegó Jesús con ellos a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo a sus discípulos: Sentaos aquí, entre tanto que voy allí y oro. 37 Y tomando a Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera. 38 Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo. 39 Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú. 40 Vino luego a sus discípulos, y los halló durmiendo, y dijo a Pedro: ¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora? 41 Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil”. La biblia  (Mr. 14.32-42; Lc. 22.39-46)

“Dos principios viciaron al cristianismo en su origen: su odio, no al mundo, sino a la vida y su sumisión ciega a la pretendida voluntad de Dios. “Hágase tu voluntad”, exclamó Jesús en el jardín Getsemani y éste es el abismo infranqueable que separaré siempre de los cristianos a los hombres de iniciativa, independientes, refractarios, rebeldes. Inútil recurrir a los textos; no hay acuerdo posible. No aceptamos un ser sobrenatural, que sabe el número de nuestros cabellos pero que nos niega el derecho de disponer de nuestra voluntad. Si fuese posible su existencia, nuestro primordial e imperioso deber consistiría en sublevarnos contra tal tiranía. Ni amos, ni dioses que reflejen la imagen de aquellos. ¡La actitud del hombre arrodillado es propia de esclavos!”. Émile Armand

“Sigo imaginándome a Sísifo volviendo hacia su roca, y el dolor estaba al comienzo. Cuando las imágenes de la tierra se aferran demasiado fuertemente al recuerdo, cuando el llamamiento de la felicidad se hace demasiado apremiante, sucede que la tristeza surge en el corazón del hombre: es la victoria de la roca, la roca misma. La inmensa angustia es demasiado pesada para poder sobrellevarla. Son nuestras noches de Getsemaní. Pero las verdades aplastantes perecen de ser reconocidas”. Albert Camus

“Las escenas de Getsemaní y del Gólgota no le ceden a los más sublimes cuadros de la leyenda helénica y germánica. Estas visiones mágicas se desarrollaron, casi sin excepción, bajo la impresión de la antigüedad moribunda que les prestó, según los casos, nunca el contenido, pero sí muchas veces la forma. No tenemos idea de la cantidad de elementos apolíneos que hubieron de sufrir una reinterpretación para que el mito cristiano primitivo llegase a adquirir la forma firme que tenía ya en tiempos de San Agustín”. Oswald Spengler

 “El oráculo antiguo contestaba a la única pregunta que podía acongojar a los hombres apolíneos, la pregunta de la figura que tendrían, del cómo habían de ser las cosas futuras. Pero la pregunta, en el mundo de la cueva, es el cuándo. Toda la apocalíptica, la vida interior de Jesús, su congoja en Getsemaní y el gran movimiento que arranca de su muerte resultan incomprensibles para quien no sienta esa pregunta primordial de la existencia mágica y sus supuestos fundamentales”. Oswald Spengler

“En el huerto de Getsemaní descendió un ángel del cielo para confortarle en las congojas que le causaba la proximidad de su suplicio. Le infundio valor para soportar una muerte cruel que le era imposible evitar, porque debía prestarse al sacrificio como víctima pura e inocente”. Voltaire

“Pero la forma más extrema de conciencia de grupo es la identificación con toda la humanidad, una experiencia en la que parecen difuminarse todas las fronteras que nos separan del resto de la humanidad. La experiencia de Cristo en el Huerto de Getsemaní constituye un ilustrativo ejemplo de esta experiencia, muy frecuente, por otra parte, en la literatura antigua. Veamos ahora, sin embargo, un ejemplo de este tipo de experiencia transpersonal que proviene del mundo de la tecnología moderna. Se trata de una experiencia relatada por Rusty Schweickart en su crónica del vuelo del Apolo 9, cuya misión era la de ensayar el módulo lunar para futuros viajes tripulados a la superficie de la Luna”. Stanislav Grof

“Desde este monte, llamado Getsemaní, que es lo mismo que decir de los Olivos, se ve, desdoblado magníficamente, el discurso arquitectónico de Jerusalén, templo, torres, palacios, casas de vivir, y tan próxima parece estar la ciudad de nosotros que tenemos la impresión de poder alcanzarla con los dedos, a condición de haber subido la fiebre mística tan alto que el creyente y padeciente de ella acabe por confundir las flacas fuerzas de su cuerpo con la potencia inagotable del espíritu universal”. José Saramago

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