viernes, 13 de marzo de 2015

Antes de conocerla


Antes de conocerla la había soñado. Para mal o para bien, ella se parecía mucho a la imagen del amor. En realidad ella se parecía a otra chica de la que estaba enamorado. Piel pálida, sonrisa perfecta, cabello castaño y ondulado: su imagen choca contra mi pupila igual que un asteroide se aferra a la inercia de la colisión. Una seducción, también, de la víctima hacia el asesino. Pero sí. Había soñado esos rasgos tan característicos no ya en el parecido, sino en ella misma. Era ella misma en mi sueño, no la imagen imperfecta del amor imposible que yo profesaba. 
     La conocí después de soñarla. Era alumna del colegio en el que yo impartía taller literario. Ella no era mi alumna, pero siempre se asomaba al salón y a veces se quedaba a escuchar nuestra plática sobre aquella novela o este poema. Le interesaba la literatura, supongo. Era muy curiosa y las pupilas de sus ojos café claro se alargaban cuando algo le interesaba. También los labios, delgados y rosas, los apretaba ante cualquier manifestación artística que le fascinaba. 
    En Morelia todos somos existencialistas aun en contra de nuestra voluntad. No sabemos si moriremos este día o no, de verdad no lo sabemos. Nos es imposible vivir como si fuéramos eternos cuando estamos rodeados de cadáveres putrefactos y, muchos de ellos, de gente inocente. Bueno, nadie es inocente: nacer es el primer crimen contra la humanidad. Me refiero a inocentes respecto a una guerra en la que no tenían que ver; más que una guerra para la paz, hablamos de una lucha de egos. Una tormenta de mierda. 
     Lo anterior lo digo para justificar mi manera de actuar; investigué entre mis alumnos el nombre de aquella imagen soñada. Luego investigué la dirección de sus redes sociales. Para un profesor introvertido que en el amor es un imbécil (igual que todos los demás) lo mejor era presentarme por vía escrita. Un poema o dos. Una carta. Recordé a Pessoa y eso que dice, más o menos, que es un pendejo el que escribe cartas de amor, pero es más pendejo el que nunca escribe una. Es una traducción personal. Pero yo le quemaría la orilla a la hoja, para aparte de ser pendejo, ser cursi. Y además terminaría con:  «Tu admirador secreto», y un seudónimo. Sí. Para morirse de risa y vergüenza. 
     Si ya te caíste por la madriguera del conejo blanco, lo mejor es ponerle piquete al té que te ofrecen. Así que eché a andar mi plan con una parafernalia ridícula para mi edad. Rozaba los treinta años y tal vez por falta de experiencia, utilizaba métodos de un enamorado puberto. 

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sábado, 28 de febrero de 2015

Se trata de soñar

Richard Young© – “Last Tango in Paris”
Se trata de soñar tus tiernos labios,
de jugarse a Romeo sin Julieta;
se trata de sabernos tontos sabios
pa' cruzar el Niágara en bicicleta.

Se trata de no hacer los agravios
para no hacer otra herida secreta;
se trata de tu rojo pintalabios
que me enamora y me inquieta.

Se trata de descarar la mañana
para bailarte como Fred Astaire,
después de hacernos el sucio amor

Se trata de maleducar a Bel Air
para ser una tierna alma rimada
y alejar para siempre el dolor.

viernes, 27 de febrero de 2015

Cuento para niñas grandes

Dibujo de Wang Niandong
Sofía junto sus piernas, eran delgadas como popotes. Nunca lo había hecho, confesaba para nadie, para sí misma. Nunca. 
No te preocupes –le dijo Alicia al otro lado del espejo-.
Sofía deslizo sus medias de red hasta sus tobillos; las medias tenías finas imágenes de mariposas. Las medias cayeron al piso, junto a la falda, y las mariposas, por su parte, salieron volando por la ventana dejando apenas perceptible una estela de diminutos hilos negros flaquísimos. 
Comenzó a tocarse entre las piernas, despacito, con miedo, como quien no quiere ser descubierto por nadie; esa adrenalina. Primer el dedo índice, luego el medio. Se sumó el dedo anular. Finalmente el meñique. Los pechos de Sofía se contraían, por debajo de su blusa su par de pezones se ponían duros y erectos; la respiración se aceleraba. 
El racimo de dedos pronto se convirtió en un puño cerrado; metió el puño hasta la muñeca, luego un poco más. Cada que salía el puño brillaba al unísono el muco vaginal mezclado con sangre, por la ruptura, seguramente, del himen. Sofía estaba feliz, era su primera vez y ya podía meterse la mano hasta el codo. Hizo un esfuerzo, un poquito más. También se metió el brazo, la cabeza, un pecho, otro pecho. Al final se metió entera dentro de sí misma y entonces, sólo entonces, Sofía conoció por primera vez lo que era un orgasmo. El primer pensamiento de la niña era, por demás humanista, desear que todo el mundo lo experimentara. Alicia –al otro lado del espejo- había empañado éste, sudaba y se agitaba, estaba complacida. 
El padre de Sofía, que era un cerdito, miraba al otro lado de la puerta por una rendija y había dejado su semen resbalando por la fina madera de caoba, en la puerta de Sofía, así marcaba su territorio como cualquier otro animal, mientras su colita se le enrollaba feliz.   

viernes, 13 de febrero de 2015

Apuntes para una novela

Imagen de Oriol Jolonch© – El pensador
I

Son extraños los laberintos que nuestra memoria teje, aquellos recuerdos que, como dijera Huidobro, son memoria en la piedra. Y las banquetas de la ciudad de Morelia me recuerdan a esas piedras labradas por el primer hombre, esculpidas por la primera razón. El banal y a la vez necesario intento por darle sentido al menos arquitectónico a esta nada que somos, a este vacío insoportable que es una isla de luz en medio de las sombras. Y esas banquetas que fueron sisíficas, un eterno retorno de calentura cuando el sol está ebrio, enfermo, de fiebre. Ese sol que furioso nos lanza flechas de vida sobre la piel, quemando todo rastro de inocencia, Así es como el vapor se levantaba sobre la banqueta, en esa calle, mi favorita, que está por la central vieja de Morelia. Sin caer en detalles, diré que tiene lo que me gusta: putas, cine porno, sex shops, lugar de conciertos de metal, libros de segunda mano y un "restaurante" cuyo nombre refleja la insoportable levedad del ser. Dicho "restaurante" está abierto hasta altas horas de la madrugada; no diré qué hacía yo allí a esa hora, pero sí diré que conocí a alguien interesante. Alguien de quien jamás me olvidaré ni tomándome todas las jarras de cerveza de barril que pudieran servirme. 
     Tendría alrededor de treinta años, ojos café, pelo negro. Nada extraordinario denotaba de su aspecto. Barriga prominente que no era nada raro debido a su manera de comer y beber: uno se sentía frente a un excesivo en toda la extensión de la palabra. Comía mucho, bebía mucho, fumaba mucho y, éste es el rasgo que me llamó la atención, escribía mucho. Los cabellos le cubrían el rostro, y de vez en cuando se estiraba, sólo así quitaba los ojos del papel que rayoneaba desesperadamente o, valdría decir, desesperanzadamente. Y en esos breves intervalos, observaba a la gente alrededor, casi siempre prostitutas muy feas (eran las más feas las que no conseguían cliente) o travestís jocosos y ridículos. Los miraba fijamente, no con morbo ni juicios, sino con una auténtica curiosidad. Él tenía era mirada que lanzaba sobre las personas como una red, las quería conocer, porque, aunque ingenuamente, le parecía que cada persona era una mar de secretos, y él era un explorador que quería desentrañar todos. Un secreto era mejor que un tesoro y conocer a una persona a fondo era otra forma de ser millonario, sin tener dinero. Él no aspiraba a tener dinero, sólo quería escribir y seguir viviendo para seguir escribiendo. A veces me olvidó de él. Hoy lo recordé.

II

Cuando estamos enamoramos creemos que todas las cosas son como deben ser. Y a la mejor, siguiendo a Leibniz, nos creemos injertados en el mejor de los mundos posibles. Pensamos que lo que tenemos lo merecemos y no nos damos cuenta de los pequeños detalles que hacen extraordinario el amor. Por ejemplo, cada que la veía llovía. Y eso, pueden pensar algunos, es síntoma de mala suerte; pero si he de ser sincero conmigo mismo y con el mundo, nada me gustaba más que caminar detrás de ella, cuando estábamos peleados, o de la mano de ella, cuando estábamos contentos, bajo la lluvia. Era algo extraño; un amigo budista dice que los dioses bendecían nuestro amor, porque independientemente de la estación del año, mínimo chispeaba. 
     Recuerdo un día, caminábamos tomados de la mano, por los callejones de Guanajuato. En ese momento me pareció que las calles de Guanajuato estaban como arquitectónicamente diseñadas por Escher: tal es la fuerza del amor que le da cualidades estéticas extraordinarias al mundo. Lo difícil es reconocer que ese momento no volverá, es decir, lo reconozco ahora, pero lo difícil es saberlo en el momento en el que lo vives, tener conciencia y decirte "este momento es extraordinario y no se repetirá jamás". La realidad nos atropella como un kamikaze japonés. Y con el desamor empezamos a creerle a Voltaire y la vida comienza a doler de nuevo. 
     Sin embargo nunca podré olvidar que, acostado en sus piernas, la vida no me dolía tanto como ahora me duele. Y entre sus brazos no me sentía un monstruo como ahora me siento. Y tomado de su mano, las calles me parecían diseños de Escher, y no empedrados sin sentido. ¿Dónde estará aquél Guanajuato donde un día nos amamos? Ojalá alguien me hubiera dicho que después de unos años sería un mundo paralelo más.

III

     Un par de travestís se golpeaban en el local. Unos empujones y arañazos, al principio, nada fuera de éste mundo de alcoholismo, insomnio y frustración. Los travestís que no conseguían cliente andaban de un lado a otro, como fieras encerradas y era de esperarse, que en ese tráfico sin sentido chocaran unos con otros igualmente frustrados. Y así es como lo que ocurría en un pequeño restaurante, era un reflejo de lo que ocurría en el mundo. Cuando un frustrado choca contra otro frustrado, las guerras comienzan. La que yo narro en específico, era aburrido al inicio: no quieren salir de su papel y se pegan y se rasguñan como un par de frágiles mujeres. Sólo después, la sangre y las palpitaciones les recuerdan que las mujeres no son frágiles y que, al final de cuentas, ellos tienen un par de testículos entre las piernas. 
     La pelea se puso buena, se rompieron botellas y los golpes certeros hicieron su efecto, un gancho hizo doblar a uno, un uppercut despachó al otro. El seminoqueado, en el suelo, rabioso sacó su navaja y sin mucha técnica la balanceo sobre el otro... Lo alcanzó a rozar en la cara y se puso a llorar. Entonces el travestí con la navaja se sintió mal y le pidió disculpas, mientras el herido le gritaba "¡Mira cómo me dejaste la cara pendeja!". 
     No había pasado a mayores. No sé por qué, pero por ese restaurante la policía no pasa mucho. Es más, yo no recuerdo que la policía pase mucho por Morelia. En una ocasión hasta me meé en una patrulla, y los policías nunca llegaron. Pero de todos modos los encargados del restaurante nos comenzaron a correr. Yo apuré la jarra de cerveza de barril que en ese tiempo vendían allí, también mis tacos de guisado. Prendí un cigarro y comencé a caminar por la calle, rumbo al Jardín de las rosas y después hasta Catedral. Aún no tenía ganas de regresar a mi cuarto, y sí tenía ganas, en cambio, de ver Morelia de madrugada. Fue entonces cuando aquel tipo se me acercó. Me dijo que era escritor y yo, como es mi costumbre, me burlé de él. "Mi más sentido pésame" le dije. Él no supo qué contestar y así caminamos varias cuadras en silencio... Tal vez hubiera sido incómodo si no hubiera estado borracho, o si él desprendiera una mala vibra. Pero lo cierto es que su vibra era neutral, ni buena ni mala, sino de esas que se adaptan a las circunstancias... y puede que por eso, sólo por eso, le creyera; incluso puede que fuera un escritor.

IV

Para el amor a distancia las estaciones de autobuses siempre serán una dimensión desconocida. Nunca sabes, estás allí parado, hojeando un libro de poemas, llega un autobús, se va otro. Tu estómago da mil vueltas, estás nervioso, fumas un cigarro, otro, otro, otro. Ella llega y es entonces cuando algo parecido a la perfección se siente en tu pecho, como un pájaro ebrio de amor que canta dentro de las venas, como miles de ángeles ensoñando y amando dentro de los huesos. No hay bálsamo ni cafeína más poderosa que un beso. 
     Las pláticas deambulan de Los Acosta a King Crimson, de Luis Villoro a Choche. Con ella puedo hablar de todo, es la mujer más inteligente que conozco y, no sólo eso, también es la única sabia. Podría envejecer con ella y jugar al ajedrez en el portal de nuestra casa mientras los nietos revolotean alrededor. Podría, pero no, ella se ha marchado y yo fui el culpable de todo. 
Caminamos de la mano, aunque nos veíamos muy asimétricos, yo alto y ella chaparrita, yo feo y ella hermosa. Creo que ese día nos vimos en Silao, Guanajuato. Es un pueblo pequeño y no hay mucho que hacer, pero estar juntos nos bastaba. Las horas pasaban a exceso de velocidad entre risas y besos. 
Pasó el tiempo, cometí errores, me fugué de la realidad y cuando regresé todo era distinto. Viví, morí, soñé, pensé, abandoné, renuncié y me liberé. Ya no me duele amarla, ni siquiera necesito que esté conmigo para aun así guardar todo este amor en mi corazón. Sin embargo, sí siento nostalgia y pienso que debí haber sido más inteligente. Darme cuenta. Pero esa inteligencia de la que tanto me vanaglorio sólo sirvió para hacerla reír cuando lo necesitaba. Y es que la inteligencia de un hombre no debería servir sólo para conquistar a una mujer, sino, más importante, para mantenerla a tu lado, para eso es lo que se necesita ser inteligente y tener valentía. Yo huí como animal asustado, internándome en el bosque de mi propia mente; cuando volví ella ya se había ido y, donde quiera que esté, ya no se dice mía.

V

¿Qué significado tiene "dejar todo por alguien" si todos, seamos lo que seamos y tengamos lo que tengamos, somos nada?

sábado, 31 de enero de 2015

Yo no sé

Imagen de Hiroshi Watanabe
Yo no sé de la lluvia que mojó tu recuerdo,
ni de la noche escarlata en tu mirada;
yo no sé de los lagrimales en tu cuaderno
ni de la tonta muerte que espera sentada.

Yo no sé de tus protestas contra el gobierno
ni de tus frescos gemidos en la madrugada…
Yo no sé de tus dolencias ni de tu infierno,
ni si se vive en él por día o temporada.

Yo no sé de tus discos de colección de tango
ni de drogas duras ni de a cuánto el gramo
Yo no sé lo que haces cuando haces fandango

ni de cuándo me dices en broma o reclamo
Yo no sé, vida mía, tocar ni bailar huapango,
sólo sé rimar y rimar y decir que te amo.

viernes, 30 de enero de 2015

La soledad de Getsemaní

Imagen: Gethsemane, de Carl Bloch,
Estamos irremediablemente solos: esa desolación y ese orgullo. Escuchamos el palpitar del corazón, ligeramente acelerado por el tabaco, pero también ataráxico por esa mezcla de alcohol y cebada. Es la llanura, nuestros pies amarrados al piso como una raíz que crece en todos lados. La tierra no nos pertenece, pero la habitamos: en las horas más lúcidas es un cuarto vacío, pintado de blanco, unos muebles, si acaso un libro o dos. Nos leemos a nosotros mismos una eternidad que parece tan efímera; alargamos el tiempo por un desesperado instinto vitalista. Ese desespero es lo que tenemos. Escuchamos la sangre fluir por el cuerpo, el trascurrir de un reloj de arena que, sabemos, de antemano, terminará. Aceptamos el juego: vivimos para morir, muriéndonos vivimos. Falta saber si lo hacemos bien. Soy de los que piensa que si no le hacemos mal a los demás, hacemos bien, ahí entra el escepticismo, dudar de los huesos que nos sostienen, pero dudar también de todos los dogmas que se nos venden como verdades absolutas o fes reveladas. Mi fe es tan débil, es lo más débil que tengo. Y mi dios es tan poderoso, mi dios es esta tierra en la injerto mis suspiros y mis metáforas, este malabarismo de cuchillos e instantes rotos. Me rompo y me riego por el piso como un espejo, la imagen siempre es fragmentaria, ¿quién soy, quién eres? 
     Pienso en Jesucristo en Getsemaní, esa lucidez, el vértigo de sentirse parte del aire que hace temblar, etéreos, los pétalos de la flor anónima. Los dos pies en esta tierra que es nuestra patria más allá de las fronteras, los brazos extendidos al cielo ya no para pedir el consuelo de una deidad, sino la luz inmanente de una luna que nos erotiza cada fibra de nuestra esencia. Jesús conoce el placer de cagar y se hace filósofo, Jesús conoce el placer de mear y se hace poeta. Jesús conoce el placer de escuchar melodías hermosas y se hace arquitecto, habrá que justificar ¿por qué arquitecto? El arquitecto crea a partir de materia prima existente, tangible, terrenal. Al arquitecto no le resultan interesantes las verdades religiosas, es religioso, ¿por qué no? Pero su religión no le interesa para crear, le interesa la madera, el tabique, la tierra: crea a partir de lo experimental y lo experimentable. Jesús conoce el placer sexual y se hace chef, justificándolo de nuevo: los sabores se mezclan en un paladar humano, vierten sus semillas de placer en la boca de aquel que sabe utilizar la lengua para dar discursos sin palabras. Es la retórica del silencio. 
     El solitario del jardín (también pensemos en un Epicuro) busca el silencio, la comprensión; escucha los líquidos, las secreciones de todos los órganos en el pandemónium del instante. El Ahora le pertenece más consciente que nada; escucha su propia sangre, casi la saborea, su tuétano es su patria. Piensa en el líquido amniótico, el primer cobijo que lo prepara para el mundo, nacer acuáticamente, la remembranza está en el cuerpo del otro. Hay erotismo en el nacer y en el morir, Jesús lo sabe en su meditación, en ese silencio que abarca su mundo interior: no desprecia su carne, la abraza con todos sus nervios. Se prepara para la muerte en el onanismo vitalista, su simiente sobre una roca reflejada (dada a la luz) por una luna que borracha e hipnótica se alza orgullosa en un mundo que es de todos. El semen resbala sobre una hoja y Jesús, orgulloso, alza su pecho en ideas claras, su mente se despeja, nada tiene sentido, da lo mismo hacer o no hacer: hace, prefiere obrar, es su revolución, su enseñanza: la acción aunque la acción no tenga ningún sentido. Se deja guiar, va al encuentro, busca la batalla. Reprime a Judas guiñándole un ojo, también sabe que el gallo cantará: reconoce su animalidad y lo inevitable: el mundo seguirá su curso sin él.
     Se ha estudiado poco la zoología bíblica; solo los cazadores han sabido emular (para bien o para mal) a los animales, se reconocen sus iguales y los vencen a través del camuflaje y el engaño: actos, también, animales. Antes que los idealistas ensoñadores y/o los revolucionarios que tratan de inflar su ego «salvando a los animales», los cazadores se reconocieron parte inherente de la naturaleza; la imitación es un mito, tal vez sea más correcto decir mimetización, los cazadores se mimetizaron con la naturaleza animal de acuerdo a sonidos y vestimenta, camuflaje y llamado. Es un impulso lúcido que se convirtió en deporte y así perdió su fuerza. Hemos de reconocer en los animales el impulso puro, cuando tienen hambre, comen; cuando tienen sed, beben; cuando tienen libido, fornican;  cuando tienen miedo, huyen; cuando calculan su fuerza mayor a la de su oponente, atacan. Verdades tan simples se pueden entender a través del silencio, en la soledad; reconocemos nuestro riñón, nuestro hígado, nuestras secreciones y excreciones, páncreas, corazón. 
     Hemos de reconocer falta de conciencia en toda esa gente que no sabe estar sola, sin novia son peleles, sin amigos son imbéciles, sin religión o secta, son piojos pululando en el pelo del mundo. La conciencia es sufrimiento, pero un sufrimiento indispensable para no ser una partícula más. 
He dicho que estamos solos, esa es la enseñanza del jardín, la libertad desértica, el silencio como luminosidad total. Jesús medita, acepta su muerte, hay un azar que le desgarra la piel. Duda, esa duda lo libera para siempre de las ataduras de la religión. Sabe, porque lo sabe, que los sacerdotes son imbéciles y que las sectas sólo son máquinas de dinero. A Jesús no le interesa eso, ha contemplado al Universo en su desnudes absoluta, algunos bríos de estrella se cuelan entre los olivos del jardín; se levanta y se sacude la tierra, ha despertado de su sueño dogmático; toma una piedra y la besa, luego la arroja lejos, le fascina la curva del trayecto y el impacto. 

“En su vejez, Strindberg llegó a tomar el Jardín de Luxemburgo por su Getsemaní... También para mí ha sido una forma de Calvario -prolongado, es cierto, durante cuarenta años”. E. M. Cioran

“«Las raposas tienen guaridas, y las aves del cielo nidos, mas el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (Lucas, 9, 58). Esta confesión de Jesús, que supera la soledad de Getsemaní, me acerca a El más que todas las pruebas de amor que le han asegurado un crédito casi eterno entre los mortales. Cuanto más te diferencias de los hombres, menos sitio tienes en el mundo para que el camino a lo divino te separe de la soledad”. E. M. Cioran

“¿Por qué tengo que abrir los ojos sobre el mundo para descubrir un Getsemaní del Hastío?” E. M. Cioran

“Entonces llegó Jesús con ellos a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo a sus discípulos: Sentaos aquí, entre tanto que voy allí y oro. 37 Y tomando a Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera. 38 Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo. 39 Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú. 40 Vino luego a sus discípulos, y los halló durmiendo, y dijo a Pedro: ¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora? 41 Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil”. La biblia  (Mr. 14.32-42; Lc. 22.39-46)

“Dos principios viciaron al cristianismo en su origen: su odio, no al mundo, sino a la vida y su sumisión ciega a la pretendida voluntad de Dios. “Hágase tu voluntad”, exclamó Jesús en el jardín Getsemani y éste es el abismo infranqueable que separaré siempre de los cristianos a los hombres de iniciativa, independientes, refractarios, rebeldes. Inútil recurrir a los textos; no hay acuerdo posible. No aceptamos un ser sobrenatural, que sabe el número de nuestros cabellos pero que nos niega el derecho de disponer de nuestra voluntad. Si fuese posible su existencia, nuestro primordial e imperioso deber consistiría en sublevarnos contra tal tiranía. Ni amos, ni dioses que reflejen la imagen de aquellos. ¡La actitud del hombre arrodillado es propia de esclavos!”. Émile Armand

“Sigo imaginándome a Sísifo volviendo hacia su roca, y el dolor estaba al comienzo. Cuando las imágenes de la tierra se aferran demasiado fuertemente al recuerdo, cuando el llamamiento de la felicidad se hace demasiado apremiante, sucede que la tristeza surge en el corazón del hombre: es la victoria de la roca, la roca misma. La inmensa angustia es demasiado pesada para poder sobrellevarla. Son nuestras noches de Getsemaní. Pero las verdades aplastantes perecen de ser reconocidas”. Albert Camus

“Las escenas de Getsemaní y del Gólgota no le ceden a los más sublimes cuadros de la leyenda helénica y germánica. Estas visiones mágicas se desarrollaron, casi sin excepción, bajo la impresión de la antigüedad moribunda que les prestó, según los casos, nunca el contenido, pero sí muchas veces la forma. No tenemos idea de la cantidad de elementos apolíneos que hubieron de sufrir una reinterpretación para que el mito cristiano primitivo llegase a adquirir la forma firme que tenía ya en tiempos de San Agustín”. Oswald Spengler

 “El oráculo antiguo contestaba a la única pregunta que podía acongojar a los hombres apolíneos, la pregunta de la figura que tendrían, del cómo habían de ser las cosas futuras. Pero la pregunta, en el mundo de la cueva, es el cuándo. Toda la apocalíptica, la vida interior de Jesús, su congoja en Getsemaní y el gran movimiento que arranca de su muerte resultan incomprensibles para quien no sienta esa pregunta primordial de la existencia mágica y sus supuestos fundamentales”. Oswald Spengler

“En el huerto de Getsemaní descendió un ángel del cielo para confortarle en las congojas que le causaba la proximidad de su suplicio. Le infundio valor para soportar una muerte cruel que le era imposible evitar, porque debía prestarse al sacrificio como víctima pura e inocente”. Voltaire

“Pero la forma más extrema de conciencia de grupo es la identificación con toda la humanidad, una experiencia en la que parecen difuminarse todas las fronteras que nos separan del resto de la humanidad. La experiencia de Cristo en el Huerto de Getsemaní constituye un ilustrativo ejemplo de esta experiencia, muy frecuente, por otra parte, en la literatura antigua. Veamos ahora, sin embargo, un ejemplo de este tipo de experiencia transpersonal que proviene del mundo de la tecnología moderna. Se trata de una experiencia relatada por Rusty Schweickart en su crónica del vuelo del Apolo 9, cuya misión era la de ensayar el módulo lunar para futuros viajes tripulados a la superficie de la Luna”. Stanislav Grof

“Desde este monte, llamado Getsemaní, que es lo mismo que decir de los Olivos, se ve, desdoblado magníficamente, el discurso arquitectónico de Jerusalén, templo, torres, palacios, casas de vivir, y tan próxima parece estar la ciudad de nosotros que tenemos la impresión de poder alcanzarla con los dedos, a condición de haber subido la fiebre mística tan alto que el creyente y padeciente de ella acabe por confundir las flacas fuerzas de su cuerpo con la potencia inagotable del espíritu universal”. José Saramago

viernes, 23 de enero de 2015

A contrareloj I

Imagen de Gilles Berquet
La vida es un ensueño de miradas tristes que caen en pedazos psicológicos de un monstruo insomne, orgullo superficial del corazón entrópico de la nada, lugar por demás acogedor de espíritus que danzan en la sonrisa estúpida del niño con cara de ano. La vida es una mierda, a grandes rasgos, ¿qué esperar más allá de la dignidad, apócrifa, de morir? Espacios y lugares de encuentro, fugas y fuegos, arte en los espacios interiores de animales que saltan barreras de espuma, coral que mira otra vez y otra vez, brincando en el umbral más triste de nuestra realidad herida de muerte y saltar al vacío, volando tus sesos, espíritus y perras, brujas que se acarician con botellas de colores en el más allá de la sangre insustancial, mitigando las ganas en estrambóticas huidas hacia el centro del corazón del cadáver de un Dios que no deja de masturbarse luciérnagas cuando cantan los ángeles con su orquesta triste. La mirada en el corazón es una saliva sobre el culo morado de una diosa no-nacida, álgida en el monumento de su melancolía y en el canto hipnótico de sus gases ecuestres. Dime otra cosa si acaso no puedes decir nada del hastío, dale duro, dale duro, no te dejes vencer por el estúpido reloj en un baile de esqueletos sonrientes, entra en el poema como un jabalí rabioso y escupe tu veneno en la falda de las colegialas que desgraciadamente nunca te podrás coger y brinquemos más allá de todo lo que conocemos para encontrarnos con todo lo que morimos y vida y muerte y vida y muerte y vida y muerte y una larga condena a lo que pensamos que sería el destino. Los tenis mugrosos, los tenis llenos de mierda y el sacramento del altar como un jaguar con dientes llenos de caries. ¿Quién eres? Me dices, sin saber realmente que las respuestas son suspiros y gemidos y vida y muerte y vida y muerte, un dolor en el alma que se asemeja a un dolor de muelas por este estar a disgusto, que es el mundo de las ideas inmanentes. Mierda, cagadas y chorrillo, no hay otra cosa en la televisión y tecleo y tecleo, a contrareloj, jugándome las espinas de la corona de cristo en ese simple hecho de estrellas clavadas en los brazos como tatuajes de la carcajada de un payaso borracho que se caga de risa en la risa de los que se cagan de risa mientras montan ponys y dicen que el amor existe tragando flores psicotrópicas. El amor no existe dice el hijo de puta detrás del espejo. Nadie lo oye pero él escucha su propia voz y eso le basta para sentarse en su sillón de piel a tomar su whisky y olvidarse de mí y de ti, amigo, porque en realidad ¿quién se acordará de nosotros algún día cuando muramos? Nacimos para estar arrojados en la intemperie de lo vapuleado, y ahí cantamos pese a todo, porque todo es una cruel broma triste.

domingo, 11 de enero de 2015

Sinceramente ficticio.

Katy Perry de colegiala
Este relato tiene, como punto a su favor, la honestidad. En mi vida privada siempre he dicho que no hay nada más perverso que la verdad. Porque la lucidez desgarra, contemplar de frente el abismo de la nada, mínimo, marea. Así que he decidido contar esto a manera de confesión. Un género literario, sin embargo, poco cultivado por mi persona. No soy religioso, a pesar de haber sido un niño que se escapaba de la escuela para irse a la iglesia a rezar, cuando murió mi abuelo me di cuenta de lo banal que es el hilo que divide a la vida y a la muerte. Pensé que Dios no existía o que, si existía, era cruel y débil. Cruel porque permitía el mal en el mundo, y débil porque si era pura bondad y, sin embargo, mi abuelo que era pura bondad moría, entonces no podía realmente interferir con el mundo. Estas ideas se cocinaban en un niño de once años que era en ese entonces. ¡Ya se imaginarán cuando encontré a un marqués de Sade que no sólo tenía ideas afines sino que, además, escribía como si escupiera en la cara de Dios!
     Escribo desde los ocho o nueve años. Mi encuentro con la literatura tuvo lugar gracias a una enfermedad que sufrí y me mantenía inmóvil en la cama. Ser niño y estar postrado es realmente traumático. Empero, como no tenía nada que hacer, mi padre me regaló algunos libros. Dos autores importantes para mí, por un lado Federico Nietzsche (en ese tiempo los libros de Nietzsche decían Federico en lugar de Friedrich) y el otro Jalil Gibran. A pesar del estilo tan diferente de ambos, los unía la alegoría y la búsqueda de la libertad, de la honestidad. Así me impresionó el relato del Loco en Gibran y el Zaratustra de Nietzsche. Mis primeros escritos, pues, eran plagios directos y descarados a Jalil Gibran y Nietzsche. Sigo pensando que leer tan joven a Federico me jodió sobremanera, tanto que a veces mi amor por él se vuelca en una furia odiosa. Como sea, así empecé a escribir y a interesarme por lo que más adelante estudié, a saber, filosofía.
    Cuando volví a caminar incendiaba todo, era pirómano, ¡así se entiende mi amor por Heráclito que decía que el principio de todo es FuegoSiempreVivo! Una vez incendié la piñata de una prima, era una olla adornaba, rellena de dulces, la que, después comprobé, era sumamente flamable. Yo siempre llevaba cerillos y encendedor conmigo. Me hice de cierta fama y me juntaba con otros vándalos de la cuadra. Uno de ellos se encargaba de robarle revistas pornográficas a su abuelito. Se entiende mi gusto por el vintage: ¡cuánto diera por volver a tener esas revistas! Y había otro chico en el barrio al que lo abandonó su papá y tenía, por lo tanto, una buena cantidad de alcohol que su madre nunca tocaba. Así que empezamos a beber. Para esto ya tenía yo unos doce o trece años.  Fueron buenos tiempos, el despertar a la sexualidad, entre ron, coñac, whisky y tequila, veíamos nuestros primeros pubis llenos de cabellos retorcidos como alambres y púas. Aquello me pareció demasiado importante. Las tetas, mientras más grandes, mejor. Sin embargo, esos primeros atisbos al erotismo terminaron pronto, cuando la mamá del chico cuyo papá lo abandonó, se suicidó. De un día para el otro el chico se quedó sin papá y con su mamá colgando de la ventana como una piñata y nosotros, el resto de la pandilla, sin alcohol.
     Mi primera masturbación la recuerdo, como todas las cosas valiosas, llena de espanto y fascinación. Me imagino que tal es la voluptuosidad del suicidio. Estaba viendo el canal Golden Choice, no sé cómo se conozca en otros países. En ese canal sacan, ya en la madrugada, películas “candentes” que ahora clasifico de fresísimas pero que, en ese tiempo, eran todo un acontecimiento. No me gustaba que las chicas de la pantalla, salvo grandiosos casos, estuvieran depiladas de la entrepierna. Yo había visto imágenes de mujeres fuertes y orgullosas, con vello en su coño y eso es lo que quería. Tetas grandes, abundante vello y arracadas grandes. Cabello atigrado y salvaje, ondulado y excesivo. Quería unas putonas que trabajaran para Pedro Navajas, no esas gringas depiladas y todas delgadas, pobres mujeres, ¿nadie les dará de comer? Tengo, desde entonces, una secreta aversión por las rubias, no por todas, hay rubias muy excitantes, pero la gran mayoría no me excita. Y luego con esa moda del tinte de cabello, no, no, no. Prefiero las mujeres de tez blanca y cabello negro. Pero me estoy desviando mucho del tema. Lo importante es que sobándome contra el colchón de espuma que tenía y viendo las películas de Golden Choice, tuve mi primera eyaculación. Mi primera reacción fue despertar a mi madre, porque no sabía si estaba enfermo o qué, y después me di cuenta que sí, que estaba enfermo, pero de una enfermedad muy rica: perversión.
   Así iban pasando mis días. Era un chico sumamente tímido. Me la pasaba recluido en mis libretas escribiendo o en mis libros leyendo.  Las chicas que me gustaban nunca lo sabían, yo les escribía poemas de amor en secreto, pero nunca se los entregaba. Tampoco les mostré las apasionadas cartas ni, en fin, les hice ver lo mucho que me impresionaba su belleza. Siempre fui un admirador de la belleza femenina. Y veía rasgos o características ahí donde nadie más las veía. Incluso cuando me llegué a enamorar de chicas populares, lo hacía por razones distintas a las de los demás chicos. Si ellos se las querían coger, yo les quería poner un altar a su inmaculada belleza y ya, de paso, cogérmelas. Todo es sexo a esa edad. Pero mi única amiga era mi prima, apenas unos meses menor que yo. Contantemente iba a su casa, sin embargo, nos distanciamos mucho porque ella se puso de novia con un tipo que me caía bastante mal. Además de que fuimos a secundarias diferentes. Nuestra relación iba en picada, pero de niños siempre nos la pasamos muy bien juntos. Jugaba, lo confieso, a las barbies con ella, pero yo era el Kent, su chofer. Siempre estábamos innovando en juegos. Ya en la edad de la punzada, una tarde fui a su casa, como otras tardes, pero me dijo su mamá que estaba dormida pero que, aun así, me pasara para ver. Aclarar que yo a esa residencia entraba como Juan por mi casa, o sea, lleno de confianza. Entonces entré al cuarto de mi prima, no toqué y la vi dormida, con el uniforme escolar. Pero, y esto es lo que detonó mi excitación, la falda estaba levantada de tal manera que alcanzaba a ver muy bien sus piernas y parte de sus nalgas.
     Sinceramente ya me había imaginado que me cogía a mi prima mientras me masturbaba. Pero se me antojaba más su mamá, es decir, mi tía. De sólo pensar en mi tía la verga se me ponía súper dura. Soñana con ella. Una vez logré tener un sueño lúcido. Para quien no sepa qué es, un sueño lúcido es cuando estás consciente de que estás soñado y puedes controlar tu sueño a placer, es un poder tipo de Dios, es francamente fascinante tener ese tipo de sueños. Alguna vez narraré todo lo que he hecho en esos sueños, aunque sólo he logrado tres en mi vida, han sido de lo más reveladores. Pues bien, en uno de ellos, me cogía, en un trio, a mi tía y a mi prima. Otra característica de los sueños lúcidos es que las sensaciones son muy vivas, muy reales. Así que, según yo, ya sabía lo rico que cogían mi tía y mi prima.
     Ahí estaba la realidad atropellando inesperadamente a lo que hasta ese momento sólo había sido fantasía. Al ver a mi prima así, empinada, se me puso dura la verga y mi primera reacción fue sacármela y toquetearme. Así lo hice, tenía miedo de que mi tía me descubriera así, con el pene en la mano frente a la cama de su hija. Pero también me excitaba, pensaba que mi tía al verme así, tan duro, se le antojaría y me la mamaría ahí mismo, frente a la cama de su hija dormida. Pero no, mi tía no se asomó y yo, en cambio, estaba a punto de eyacular. Pensé en venirme sobre las nalgas de mi prima, pero opté por correr a su baño y eyacular en su baño. Dejé así una espesa muestra de mi semen en su váter. No pensaba bajarle, pensaba dejarle testimonio de lo mucho que me prendía, aunque eso significara perder a la que, finalmente, era mi única amiga. Regresé al cuarto con las manos lavadas. Moví a mi prima y no despertaba, le hablé y no despertaba. Comprendí que esa tarde no le hablaría de mis conflictos amorosos, de lo muy enamorado que estaba de una chica que, al pasar los años, se enamoró de mí pero yo ya no de ella. En efecto, después de un tiempo se invirtieron los papeles y las que me habían rechazado, de repente estaban interesadas. Pero volviendo al relato, volví a ver las nalgas de mi prima y me volví a sentir deseoso.
     Mi prima es blanca, tiene el cabello negro y delgada pero tiene una pancita. Sus piernas son torneadas y hermosas. Su culito en ese tiempo estaba más paradito. Hablamos de que tanto ella como yo teníamos alrededor de trece o catorce años. Ahora estoy gordito, pero hablamos de que en ese tiempo estaba muy delgado y alto, como garrocha, me decían, de hecho, el garrocha. Siempre he tenido apodos respecto a mi estatura, soy muy alto. Y ahí estaba, con mi altura y con mi garrocha en mano, otra vez, levantando la falda de mi prima hasta la cintura y bajando sus calzones. Tenía un par de hermosas nalgas rosáceas, se las agarré y las sobé pero estaba cada vez más nervioso, si se despertaba no tenía cómo justificar aquello. Menos cuando le toqué el pubis y comprobé, ¡Ay Dios mío! Que tenía una buena mata. Abundante vello. Tenía miedo de voltearla para vérselo bien, pero la excitación me ganó y la volteé suavecito.  Observé con cuidado su pubis y estaba poblado, pese a su edad, de abundante vello: esa visión me excitó y me animé a desabotonarle la blusa. Estaba en la empresa cuando hizo gestos como de despertar. Aguardé un momento, no despertó y continué. Le abrí la blusa y pude verla así, pero no pude quitarle el bra, pues tendría que girarla de nuevo y, estaba seguro, si la giraba una vez más despertaría. Me masturbé de nuevo, ya fuera de mí, enloquecido de excitación y pensamientos retorcidos, frente a ella. Esta vez no me importó si la despertaba con mi semen y se lo arrojé en el pubis y parte de las piernas. No, no despertó. Yo me metí a su baño a lavarme y me fui a mi casa. Nunca supe qué pensaría de aquella vez ni de lo que hice. Sólo sé que sigue siendo, a mis veintisiete años, una de mis mejores amigas. Además, habrá que decir que aquello me lleno de culpa y remordimiento, incluso me intenté suicidar un par de veces debido a lo culpable que me sentía y, a la vez, de que la chica que me gustaba no me hacía caso. Ahora mi actitud ante la vida es contraria, aunque nunca he abandonado la idea del suicidio, si antes me suicidaba porque no me merecía al mundo, ahora me suicidaría porque el mundo no me merece. Y así es, pues, la entrada real al mundo del sexo. No hay supermodelos ni chicos con penes descomunales, sino culpa, miedo, frustración y ganas de matarse.