domingo, 31 de agosto de 2014

Fuego 8

Imagen de Milo Manara
Una piedra en el camino; una piedra pequeña, diminuta, apenas perceptible entre otras tantas piedras y sin embargo, única. Si acaso, como si fuera una piedra esmeril, afilaba la mirada que se alargaba, la pupila dilatada, de nuestra mujer misteriosa. SS. Una piedra que guarda en su espíritu la historia de la evolución cósmica, con un nivel de estoicismo al que ningún sabio ha llegado. Intratable. ¿Por qué esa piedra y no alguna otra? Nuestra mujer misteriosa la observaba con atención, ríspida, poliforme y perversa: la piedra se figuraba, en los tenues rayos de sol que se colaban entre las ramas de los árboles, imponente, seductora, agresiva. 
     Es una piedra de Mercurio, pensó la mujer. Luego lo expresó en voz alta, pero fue inútil, estaba sola. Había detenido el coche en mitad de la carretera sólo para ver más de cerca la piedra. Decidió meter la piedra en su bolso para examinarla después, con atención, en su casa. Ahora iba a prisa porque llegaba tarde a donde su esposo la había citado, era un restaurante chino; su esposo era uno de esos hombres quisquillosos que no comen diario lo mismo, pero que, sin embargo, sí comen semana tras semana los mismos platillos. Es fácil confundir la aventura con la obsesión, pensó la mujer misteriosa, al darse razones a sí misma de porqué se había casado con ese hombre. Una era el espíritu aventurero que se había evaporado desde el primer instante en el que la realidad cayó como un yunque pesado sobre sus delgados brazos. 
     Dentro del auto, la mujer comenzó a sudar. Había más de cuarenta grados en el desierto de Sonora, en aquel pequeño pueblo llamado El Solitario, donde realmente estaba muy solo todo. La mujer misteriosa llevaba un traje sastre oscuro, un sombrero estilo flamenco y unos tacones altos que apenas le permitían manejar. El estilo ante todo, pensó, y bajo la ventanilla para tratar de sofocar al calor; fue en vano, las ráfagas de viento que entraban eran calientes y sólo servían para alborotar los risos de su cabello que se desbordaban, majestuosamente, debajo de su sombrero. 
     Llegó al restaurant con una sensación extraña. En primer lugar, su ropa contrarrestaba horriblemente con los adornos del lugar; todo era estilo japonés y ella iba vestida como si fuera a matar toros. Además debajo del saco sudaba abundantemente, hacían cuarenta grados centígrados y ella iba vestida de negro. Además se había detenido a mitad de la carretera a observar una piedra que había visto en el camino. Era un día extraño. Pensó en cuando era joven y tenía aquel novio que escuchaba People Strange, de unos tipos que se llamaban The Doors. Pensó en su marido y, esto fue lo que de verdad la desconcertó, sintió una excitación sexual como nunca la había sentido, ni en la noche de bodas donde la novedad y expectación daban todo el teatro mental para que se desenvolviera la acuática atracción. Esta vez estaba excitada, aunque al pensarlo mejor, estaba excitada porque sí, sólo por el placer de estarlo. 
     Su marido no había llegado, y decidió pedir un refresco para esperarlo. Tenía mucho calor y además tenía una extraña sensación, como de exterminio y placer en ese exterminio. La tierra reducida a desierto, como aquello que se presentaba ante su mirada, detrás de la ventana, le parecía un espectáculo estéticamente delicioso. Se imaginó a todos los del restaurant como Caínes designados a vagar por el desierto para siempre. El vapor que se levantaba de las piedras era como el aliento de demonios antiguos que habían brincado y bailado en aquel lugar. La pareja de la mesa vecina comenzaron a mirarla con cierto desdén, pero un desdén que escondía, a la vez, lástima y admiración. Ella no comprendió y nunca comprendería el significado de esas miradas, eran miradas que nunca había visto y nunca volvería a ver. 
     Pasó una hora, o más. Su marido no llegaba y decidió pedir la comida; mientras tanto, a cada minuto que pasaba en el reloj de la pared, sus pensamientos se volvían cada vez más extraños. Los otros clientes la miraban a la vez, pero esta vez con miradas que destellaban una mezcla de ternura y deseo. Han pasado ciento quince días desde que me casé con ese patán, pensó, y se sorprendió de saber exactamente los días que tenía su matrimonio. Estaba mareada, fue a lavarse las manos y se desmayó. 
     Cuando se despertó estaba detrás de una cortina de delgadas tiras de bambú. No sabía cómo había llegado allí, seguía en el restaurant pero en la parte trasera, eso pensó ella al ver que el decorado seguía siendo tipo oriental. Sin embargo, lo que más le llamó la atención fueron los sonidos que venían de detrás de la cortina; una japonesa vieja gimiendo, estaba siendo duramente penetrada por un negro, también algo viejo, aunque con un cuerpo musculoso y firme. La vieja japonesa gritaba desesperada, se retorcía al sentir en sus entrañas el tremendo animal que el negro le metía sin piedad. Pensé que las asiáticas sólo hacían estos ruidos en las porno, pensó la misteriosa mujer judía. Observó por entre los carrizos de bambú, vio el sudor, los cuerpos, la comunión y sin poder evitarlo, comenzó a tocar su entrepierna que, para su sorpresa, estaba húmeda y el desliz de los dedos se facilitaba. 
     Definitivamente aquel tenía que ser el día más raro de su vida. Sin saber cómo, estaba en un restaurant japonés, en medio del desierto de Sonora, masturbándose al ver coger a un negro viejo con una japonesa vieja. En eso, sintió a su lado un aliento agrio; era otro viejo, un chino-japonés como de setenta años, pero que además era negro y no amarillo. Tú no sabes llegar al Satori, dijo el anciano. Ella no supo qué decir, ni siquiera sintió vergüenza de su estado de agitación y eso que era la primera vez que se masturbaba delante de un hombre. Sintió la mano del anciano retirar su mano de la entrepierna, en su lugar el anciano metió sus dedos arrugados y tibios; era el índice y medio, que se movían con una maestría impresionante, al mismo tiempo el anciano comenzó a acariciar su monte de venus con el pulgar. El anciano, de repente, reconoció un punto que en ella hasta ahora era desconocido, en ese momento sintió una excitación que desembocaba en delirio. Ese juego de dedos aunado a la visión del espeso chorro de semen que el negro lanzaba sobre la espalda de la japonesa, hizo que tuviera que cerrar los ojos y sintiera un fuego que la quemaba entera y alucinara con águilas de colores que volarían sobre futuras ciudades aztecas con pirámides robóticas y de metal inteligente; también vio nieve cayendo, vio jardines japoneses que pasaban del otoño al invierno, vio el frío y el agua fluir y las cosas, las rocas colocadas de tal modo que honraran a los ancestros; vio un infierno que se levantaba a sus pies, más como un tributo que como un castigo. Tuvo, por primera vez, entre los dedos de un hombre, un orgasmo. Abrió los ojos y se percató de que sus pezones estaban erectos y se los estaba frotando con la piedra de Mercurio. Y se percató de que, sin estar consciente (como todo últimamente trascurría) se había quitado la blusa y la falda. El anciano se lamió los dedos y desapareció detrás de una puerta de madera. Ella recogió su ropa y fue al baño, se limpió, se mojó la cara. No sentía ni remordimiento ni vergüenza; tenía dentro de ella una sensación de vacío, pero no un vacío que supone un vértigo espantoso, sino un vacío blanco, lleno de paz y serenidad. 
     Regresó a su asiento en el restaurant, terminó su comida y su refresco, pidió la cuenta. La cuenta se la llevó el negro que aún olía a vagina, sin embargo, era un olor que a ella no le disgustó, al contrario, lo prefería sobre todos los olores del mundo. El olor a sexo, a buen sexo, que por primera vez en su vida olía, y ella se sentía como una perra que seguía el rastro y era precisamente por eso que estaba allí. Pagó y salió del local. Al pasar al lado de una camioneta Chevrolet notó que la pareja que hacia un momento estaban en la mesa contigua, ahora estaban retozando en la cabina. La mujer misteriosa que era judía y que por primera vez había tenido un orgasmo entre las manos de un hombre y no en las suyas, sonrío. Subió a su auto y regresó a su hotel, allá en Hermosillo. El camino se le hizo largo y sí, estaba lejano aquel lugar en medio del desierto donde había ido a descubrir su espíritu. Cuando llegó su esposo dormía, no lo quiso despertar pero tampoco acompañarlo. Se fue a una mesita de trabajo en el living room y buscó la piedra en su bolso para examinarla más de cerca. La piedra de Mercurio no estaba.  

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