viernes, 23 de mayo de 2014

Fuego 9

Fuego 9 del Tarot dibujado por Milo Manara.
Yo pienso que Bolaño es mejor que Borges, dijo la chica, desde el otro lado de sus gafas oscuras. 
     Hacía dos semanas que había comenzado el taller literario impartido en Morelia para no morirme de hambre, frío o aburrimiento. Sin embargo, como resulta ser en esos talleres, el hastío se expandió hasta morderme los huesos y, con ellos, las esperanzas. En la literatura también hay rutinas, conferencias, discursos, rituales de escritura que a pesar de creerse originales son reminiscencias de nuestros escritores favoritos. Mi ritual era por demás vulgar: whisky, música de Morphine y a darle duro a las teclas de una maltratada laptop; aunque a veces la nostalgia me ganaba y escribía a mano como cuando tenía diecisiete años y pensaba que ganarme la vida de escritor iba a ser de lo más sencillo. 
     En dos semanas había acumulado mucho aburrimiento en mi mente, pero el polvo fue soplado y los bostezos abofeteados. Sobre todo porque la chica dijo “pienso” y no “creo” como regularmente titubeamos con la vana idea de que el profesor sabe más que nosotros y nos sacará del fango; pero no, un profesor sólo te enseña a nadar en el fango, no a salir de él y ella, como si conociera esa verdad secreta, inflamó su pecho al declarar aquella hermosa herejía. 
     La vi por primera vez, a ella y al resto de sus compañeros. Un chico vestía muy elegante, incluso llevaba saco pese al calor espantoso que hacía en esa época en Morelia; otro parecía directamente sacado del Mercado de Abastos, moreno, delgado, con cabello largo y zarrapastroso. Una chica llevaba gafas de botella y frenillos en los dientes: otra escritora erótica, pensé. La verdad nunca los había visto, ni leído, ni hablado con ellos, sólo hablaba hacia ellos, como un marciano que lanza su laser sin esperar más respuesta que un alarido y luego, por supuesto, la tranquilidad del tan anhelado silencio, el exterminio. 
     Si hablamos tanto y tan a lo pendejo es con el oscuro deseo de volver a nuestro silencio primigenio y no salir nunca más de allí. 
     Estoy de acuerdo contigo le contesté pero no se lo digas a los especialistas borgianos que están de nueve am a once pm en el Jardín de las Rosas y que comúnmente son alumnos de bellas artes que creen ser especialistas en cualquier tipo de manifestación artística sólo porque unen frases contradictorias para definir su música como por ejemplo avant-garde clásico y así describen la inercia inexorable de las esferas pitagóricas para que todos exclamen: ¡qué profundo!... (lo dije así, sin comas, sin inhibiciones, incluso, sin malicia.) 
     Muchos se molestaron, por supuesto, noté la expresión recia de más de uno, seguramente con amigos o conocidos en Bellas Artes, y es que aunque no lo había dicho en mi delirio, era evidente que dibujo, pintura, escultura y demás ramas iban incluidas en la definición, ahora peyorativa, de avant-garde clásico. 
     Un tipo vestido como protestante dijo que no le parecía, primero, que Bolaño fuera superior a Borges, porque Borges era un clásico joven de la literatura mundial y que si no había ganado el premio nobel era por pura política, pero que él, Borges, merecía todos los premios del mundo. 
     Estoy de acuerdo, le dije y me quedé callado un momento. Pensé en que Borges no había ganado el único premio que vale la pena: unas bragas mojadas. Pensé que Borges no sabía bailar. Pensé que Borges amaba a su madre por encima de todas las mujeres y eso bastaba para hacerle bullyng. Pensé que Borges no sabía boxear. Pensé que Borges no fumaba, por lo cual se podría dudar que fuera realmente un escritor argentino. Pensé en muchísimas cosas.        
     ¿Qué has leído de Borges y qué de Bolaño?, le pregunté al muchacho protestante. Se puso rojo, se le notaba su cara roja a pesar de ser moreno, pues su camisa blanca y abotonada hasta el cuello hacía que fuera más evidente su vergüenza. Metió las manos en su pantalón de vestir café oscuro con diminutos rayas doradas, miró sus zapatos negros y luego volteó la cara hacia mí, sólo he leído el Aleph de Borges y algunos cuentos sueltos en internet de Bolaño. Eso dijo, pero noté que mentía: seguramente nunca había leído a Bolaño ni en internet. 
     Pregunté quién había leído a Bolaño y el tipo venido del Mercado de Abastos dijo que él había leído Putas Asesinas, que lo leyó sólo por el título pero que sí le latió, sin embargo, amaba el libro Ficciones de Borges. Y la chica, de vestido blanco y corto, de zapatillas altas, de labios carnosos y de figura celestial, dijo que conocía la obra completa de los dos. Le creí. Tampoco usaré otras palabras, porque aquello era un salto de fe; estaba hipnotizado por la figura que se adivinaba a través de su vestido ajustado. ¿Por qué no la había visto antes? ¿Ya estaba desde el principio del taller? No quise preguntar, había que disimular en medida de lo posible mi negligencia como profesor, mi imbecilidad como escritor. 
     Aquella mujer fue una revelación, hizo mi martes más entretenido de lo que pensé. Siempre soñamos, más o menos todos, con una novia escritora muy guapa, una especie de Anaïs Nin, igual de pervertida y talentosa, y nosotros nos soñamos unos Henry Millers, igual de padrotes y gandules. Pero sabemos que no llegamos al talento de Miller y que una Anaïs Nin se da cada mil millones de años. ¿Será que aparte de querer ser escritora, esa chica de verdad escriba? Me estaba intrigando demasiado aquella mujer que me miraba detrás de sus anteojos negros y sonreía, con una sonrisa maliciosa y hasta podría decirse demoníaca. Quizá la palabra perfecta sea súcuba. Una sonrisa súcuba. Y es que ella parecía un demonio que había tomado la forma de la mujer perfecta para llamar mi atención, para sacarme de mi hastío. Que del ascetismo al hastío hay menos de un paso. ¿Sería yo digno de ser tentado por el diablo? ¿O lo tentaría primero yo a él, a través de ella? 
     La clase terminó, el sol estaba fuerte; sobre las calles de Morelia había ondulaciones de calor, las gotas de sudor resbalaban por la frente y la cantera parecía tener otro color. De todos modos era un lindo día. Me fui caminando directamente a los helados de soya que venden atrás de la hermosa catedral. Me compré uno grande y me senté a comer mi helado y a leer un poco, en las escaleras del templo. De pronto apareció de nuevo ella, como una alucinación colectiva en medio de las letras. De pronto entendí que toda la razón de ser del sol era existir en ese momento, dándole una claridad deslumbrante a su cabello; su cabello era café claro, sus labios húmedos, como si fueran un eterno manantial de una especie de elixir que me arrastraba… En sus gafas se reflejaba una fila inmensa de autos. Pasó de largo, ni siquiera me volteó a ver aunque puse todo mi pensamiento en ello. 
     Como si fuera un fantasma evocado por la inercia la seguí unas cuatro cuadras. Hasta que se encontró con un negro. Diría que el negro era músico de jazz pero sus cuadernos apuntaban más a que era un estudiante de arquitectura. Platicó un poco con el negro, luego le sacó la verga y la acarició, allí en plena calle. Yo entre sorprendido y excitado, sólo lamenté no tener unos binoculares a la mano; luego se fueron, casi corriendo, yo netamente corriendo los perseguí sin entender por qué o para qué. 
     Los vi meterse en un callejón poco transitado, estábamos cerca de la Avenida Héroes de Nacozari; no sé cómo habíamos llegado allí, pero ellos estaban fajando a beso, caricia y mordida. Yo los observaba detrás de los botes de basura. Entre la basura es mi lugar, pensé. ¿Qué hago espiando a mi alumna? Pensé. El negro tenía un enorme miembro que después de ser acariciado fue chupado. Mi pene, mucho más modesto, se erecto al ver aquella diosa arrodillada; tenía el impulso de llevarle unos cartones para que no se raspara las rodillas, darle un masaje en los hombros y animarla “¡dale, dale, tú puedes!”, tenía el impulso de decirle que no estaba celoso, que todo lo que hiciera estaba perfecto porque ella era perfecta, así es el amor. 
     Sus labios, gruesos y sensuales, recorrían de los testículos al glande toda aquella inmensa verga. La metía en su garganta lo más posible. El negro, después de varios espasmos, soltó un torrente de semen dentro de la boca de la chica de gafas oscuras. Algunas gotas le resbalaron por la comisura de los labios. Se limpió y salieron del callejón, se metieron a un bar de por la zona. Yo tomé un taxi a mi departamento. 
     Al otro día estaba de buen humor, como si el pene chupado hubiera sido el mío y no el del negro. Estaba tan de buen humor que propicié una discusión acerca de qué es lo que se tendría que hacer para provocar la historia, para hacerla surgir y escribirla.
     Lo que sea, dijo la chica mamadora que ya sin lentes no se me hacía tan guapa. Lo que sea, repitió, incluso meterse entre los tambos de basura. 

Maravatío, Michoacán
27/08/2013©

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