viernes, 9 de mayo de 2014

El cinosargo

Joel-Peter Witkin, Satiro, 1992
… Dedicado a mi hermana imaginaria, Patti González.

38 grados centígrados. Una casucha, cuarteada, con techos de palma sobre un desierto de arena blanca. El globo ocular se pierde con el horizonte. Evocaciones peripatéticas de una imaginación convulsionada por un atiborrado trago de ron. Hacía un calor que haría delirar hasta a los camellos. El cielo era tan claro como algunos, muy contados, en los que se puede ver a Angelus Silesius [1] por el mismo ojos que el nos ve, desde atrás de las nubes, a las cuales, sin querer, sodomiza por una excitación vouyerista que sobrepasa cualquier parámetro.
Esto acaba de perimir —dijo Lotman desde su rusoreidad propia de un experto en signos y símbolos, que sin embargo no aprende a distinguir que idiolecto proviene del -esta es la etimología- sentido común: idiota. Toda experiencia lingüística se da, primero por una deficiencia psicosomática en esos entes espermatozódicos autómatas llamados humanos.
Nada, nada, lo dicen porque ya tengo el gane —ladró Diógenes moviendo la colita mientras lo hacía, satisfecho, autocomplacido por su próxima hazaña.
Platón, que en realidad no era como lo pintan, sino alto, fuerte, de piel oscura, con piernas como robles y una verga de más de 30 centímetros que, por desgracia, no le servía… Platón era pues, lo que se conoce en terminología científica como: “un pinche negro”. Así que sólo se le permitía estar en aquellas reuniones de cínicos si refrescaba lentamente con una palma al agitado Diógenes.
Y sí Diógenes ganó la partida, así que se agitó más y se excitó y se perdió en sí mismo. El póquer lo trastocaba, no por el dinero, sino por el juego ético pragmático que suponía ser feliz en un mundo donde la norma social es ser miserable. Hacer a los seres humanos miserables es una herramienta de Estado… Ante eso el cínico reía a carcajadas, y su sonido era tan gracioso que contagiaba a todos.
Metrocles estaba tan feliz de compartir tiempo de calidad con sus amigos que le dio una nalgada a su hermana Hiparquia -la que amablemente estaba sirviendo los bocadillos-, y el acto fue tan violento que Hiparquia pegó un ligero grito de satisfacción y repudio a la vez, como todas las mujeres lúcidas: gozosas y despreciativas a la vez, pero nunca cerradas al placer. La música de la carne del culo de Hiparquia llenó el recinto a tal grado que después del estallido, hubo un momento de silencio místico, aunque se haya tomado, por el abatido Lotman, como un momento de reflexión.
¿Cómo osas pegarle así a tu hermana? —preguntó Lotman, sinceramente ofendido.
¿Y a este quién lo invitó? -preguntó Metrocles señalando directamente a Lotman. Luego Metrocles, reprochante, volteó a ver a Dostoievski, a lo que éste simplemente se hizo el disimulado dándole, nervioso, inhaladas a su cigarro y largos tragos a su cerveza. Y en medio de esa confusión es que Nietzsche dijo uno de sus aforismos más citados a lo largo de la historia por parte de filósofos e historiadores en sus pomposos ensayos con argots ridículos: “Si a la prima se le arrima, a la hermana ni se diga” [2]
Todos celebraron el verso de Nietzsche (porque sabían que si a Nietzsche no le celebraban sus comentarios, se ponía muy loco y a todos les quería pinchar las nalgas con una aguja, según él, infectada de sífilis.) Incluso Víctor Hugo -al que sólo dejaban asistir a las reuniones con la condición de que estuviera encerrado en una perrera, una pequeña jaula diseñada para los perros que tienen rabia- mencionó la perfección de la estructura gramatical y la belleza del lirismo implícito en el verbo “arrimar”; “es como arribar al mar“-concluyó. Después de eso todos patearon su jaula gritándole “¡Si sigues así nunca te vamos a sacar, mariconazo!”. Buda, hacia apenas unas semanas había sido desterrado de las reuniones por comentarios así y porque, es bien sabido que a Diógenes y a Antístenes no les gusta la gente gorda. Antístenes, por cierto, no jugaba físicamente pues había muerto aún dentro de la muerte -para morirse de a de veras- pero jugaba a través de la ouija, por eso es el que se tardaba más en hacer los movimientos y las apuestas.
(Se cuenta que Crates era el que conseguía putas y cocaína para Antístenes; así que un día, de tan pasado que estaba Antístenes se puso, primero a desvestir a las chicas con una navaja rusa que le había regalado Santa Claus por no delatarlo en el caso Capone. Les abrió, pues, de un tajo la blusa de donde brotaron dos grandes senos, del tamaño de los melones, pero menos dulces y menos… frutales. Luego siguió el ritual con las faldas, cortó de un tajo y a una le llegó hasta el muslo, salió mucha sangre, pero a  Antístenes no le preocupó porque era una herida menor. “Lo que se hace por placer está más allá del bien y del mal” -dijo [3]. Le echó de hecho, whisky encima y luego se puso a lamer como un perro la sangre mezclada con el éter; derramó también whisky en la vagina de las chicas, tres en total, y a todas les lamió como un perro sediento hasta quedar completamente ebrio… Así que decidió bajarse la juerga con más polvito blanco que inhaló directamente de las nalgas de la chica negra, que tenía el culo más firme y perfecto de todas. Así que Antístenes que ya estaba colocadísimo, decidió sacar su revólver (precioso, una réplica exacta de como lo vio en Taxi Driver, de hecho, algo que pocos historiadores saben es que a Antístenes le gustaba ponerse frente al espejo y repetirse una y mil veces: Μιλάς για μένα; [4]) Antístenes, pues, se puso a masturbar a sus chicas con el revólver hasta que en el clímax de una de ellas, la pelirroja que se parecía a la Sirenita (o que posiblemente sí era la misma Ariel[5]) Antístenes disparó, excitado de ver la excitación,  despedazando así la caricaturesca vagina, y como trastornado por tanto ver cine gore y escuchar los discos del Chivi, Antístenes decidió matar a las otras chicas antes de que lo delataran.
Los pedazos de los bellos cuerpos, fueron utilizados para masturbarse por un abatido padre del cinismo; sangre, semen y pudrición, hasta que, en un arranque de lucidez, decidió meter el revólver en su boca y disparar para así cogerse a la muerte, al hacerse inmortalmente inmoral, así cayó completamente (no poquito, no medianamente) muerto dentro de la muerte, y ahora lame sus huesos desde adentro. Crates, sin embargo, se culpaba del acontecimiento por ser el diler de Antístenes, así que desertó para siempre de los cínicos, dejando a una solitaria Hiparquia que no tardó en contentarse dándose tremendos sentones en la verga -para ella- siempre erecta de su hermano Metrocles.)

[1] Se le atribuye, entre otras cosas, decir de manera bonita lo que ya todos sabíamos: el carácter perversamente voyeur de la divinidad.
[2] Nietzsche, Federico, Conversaciones en el infierno, Editorial Brasas Musicales, El Cinosargo, 2012.
[3] Se intuye, y se intuye bien, que Nietzsche transvaloró esta frase cambiando la palabra placer por la palabra amor, que estrictamente, en etimología griega, vienen del mismo principio, Eros y Logos: el placer de hablar sucio, o dirty talk.
[4] “¿Usted me está  hablando a mí?”
[5] Pienso que efectivamente, la chica de la vagina despedazada era Ariel, porque, si ya estaban firmados los contratos para La sirenita 3, ¿por qué nunca se rodó la película?

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