viernes, 16 de mayo de 2014

El camino a la masturbación

Fotografía de Vee Speers
Eran mediados de los años noventa cuando tenía una bicicleta azul a la que le ponía una botella de plástico en la llanta de atrás para que hiciera ruido al rodar. Sonaba como moto, eso creía, eso quería pensar. Éramos lo suficientemente pobres como para tener ventanas de plástico, pero aun así teníamos antena parabólica en la que a veces, con suerte, se veía algún canal de vídeos musicales gabachos. Ahí es donde me pasó, como a muchos, que nos sorprendió un greñudo llamado Slash tocando afuera de una iglesia. No sabíamos en ese momento que el rock and roll era más que eso. Sin embargo, me creía rockero. Iba en mi bicicleta al campo de fútbol y jugaba con ganas, dando sellazos y metiendo cuerpo. En los súpercampeones mi favorito era Steve. Oliver Atton me parecía una mariquita cuyos disparos duraban dos capítulos. Steve, en cambio, en cuestión de segundos pasaba con el balón dejando a todos en el piso. 

Después de jugar regresaba a mi casa y sacudía un VHS que ponía casi todas las tardes: León peleador sin ley. Me quitaba la playera y me tumbaba sobre la cama de mis padres a ver la película por encima de mi torso desnudo. Estaba flacucho. Sí, aunque usted no lo crea, era un niño muy flaco. Entonces imitaba algunos movimientos de la Chancla Van Dame…. Patadas y golpes, gracias a Dios nunca sus pasos de baile. Nunca he sido bueno para bailar. Creo que bailar es de maricas y, sin embargo, eso hizo que las chicas pasaran de mí; pues para las mujeres, cuyas mentes son primitivas, el baile es una especie de ritual de apareamiento. En realidad, más que el baile, la autohumillación, en la cual está contemplada, por supuesto, el baile. Mientras más seas capaz de autohumillarte, mejor candidato sexual eres; el caso es que no era buen candidato y sigo sin serlo, porque aún no bailo. 

Sí estaba enamorado. Le puse la Bruja del 71 e iba conmigo a catecismo. Era como cuatro años mayor. Desde entonces me gustan las mujeres un poco mayores o un mucho menores (En ese tiempo también me le declaré a la hija del panadero que era unos años menor, me dijo que no.) Cuando pasaba al lado de la Bruja, le aceleraba a mi bicicleta ruidosa… Cuando jugaba fútbol y ella veía, trababa de anotar más golpes que nunca. Todo inútil. Pinche bruja. En ese tiempo, para desahogar mis instintos, me metí a karate. El maestro me corrió porque siempre que peleaba agarraba el pie de mis contrincantes y estaba prohibido. Y es que, si peleas en la calle, ¿le vas a decir a tu agresor que no te agarre un pie y te barra el otro? Así comprendí que el karate no era para mí. Sólo me quedaba la masturbación. Tuve que robar algunas revistas. Estaba muy bien aquello, muy bien, y lo sigue estando. 

2014©

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