viernes, 30 de mayo de 2014

El último uppercut

The Boxing Gloves by Roberto Vincitore
Sé que en su momento recibí tantos cumplidos, porque no querían ver mis fauces de bestia. Uno elogia al otro, para hacerlo tolerable, para que su presencia apeste menos. A mí me gusta el pulque, señor. Me gusta echarme unos tragos con mis amigos, y si es que gané la pelea, les invito un litro de pulque para que celebren conmigo. Y allí me duermo, en la cantina, sobre la mesa, o en la calle o en la casa de algún amigo. Cuando hay suerte, señor, me quedo con alguna concubina, porque uno es hombre. Y si tengo esposa, y si tengo hijos, eso no me importa, porque yo no le importo a ellos. No me comprenden. Yo pocas veces veo la televisión, es un lujo que no me puedo dar, pero cuando la veo dicen que la familia es lo más importante; yo pienso que esas son puras mamadas, señor, para mí lo más importante ha sido rajarme la madre. Y tengo huellas de eso por todo el cuerpo, ¿no? ¿ve usted estas cicatrices de aquí? me las hizo el "destroyer" Pérez, ese pendejo a puro cabezazo se iba. Le dije que mejor se metiera de futbolista, porque a la selección le hace falta un buen rematador con la cabeza. Si a uno le gusta usar la cabeza, se mete de pensador o de futbolista, no sé ni qué decirle, pero uno no se mete de boxeador, aquí se usan los puños y el corazón. Se trata de tener los huevos bien puestos y también, pa' qué les voy a mentir, se trata de aguantar chingadazos, señor. Uno no da, también recibe; he recibido muchos chingadazos, señor, pero no me caigo y si me caigo me levanto y sigo peleando, a veces chillando, porque uno también chilla de coraje, de frustración, de tristeza, uno chilla porque este mundo es una mierda, porque de repente uno es como el payasito de esos pendejos que están en primera fila esperando que les caiga un diete de recuerdo. 
Yo me llamo José Pantaleón Dávila, señor. Soy un boxeador amateur. Pero uno no sabe, uno un día hace sombra y otro día es pura sombra. A uno lo alaban, le dicen que es chingón, que pega duro, que uno podría llegar a ser campeón; pero las palabras están vacías igual que todo lo demás, las palabras se dicen para no ver la verdad. No querían ver a la bestia, los elogios y también los insultos. También esos, señor, nos insultan para poder vernos como humanos. No ven que uno no nació como hijo de Dios, uno nació escupido por la suerte, uno es un gargajo del azar. No tengo casa, pero este pueblo es mi casa; puta madre, aquí consigo mi alcohol. Igual ya no peleo, ya no tanto como antes, pero me sigo fajando, o eso pensaban todos. Si me traen a cualquiera de esos chamaquitos que ya se creen más que uno por ser otros tiempos, los tumbo de un chingadazo, yo, Panta, a mis 60 años. Todavía soy cabrón, pero ni tanto, señor, ya no me puedo parar. ¡Puta madre! ese uppercut fue fulminante. Dicen que ya estoy muerto, señor. Y en el periódico dicen que soy un fiambre, y la verdad eso sí calienta, no sé mucho qué significa, pero se oye re gacho, señor. Uno es alcohólico pero tiene su dignidad. Ojalá uno supiera qué reportero va a narrar la muerte de uno, nomás para ponerle en la madre desde con tiempo.

viernes, 23 de mayo de 2014

Fuego 9

Fuego 9 del Tarot dibujado por Milo Manara.
Yo pienso que Bolaño es mejor que Borges, dijo la chica, desde el otro lado de sus gafas oscuras. 
     Hacía dos semanas que había comenzado el taller literario impartido en Morelia para no morirme de hambre, frío o aburrimiento. Sin embargo, como resulta ser en esos talleres, el hastío se expandió hasta morderme los huesos y, con ellos, las esperanzas. En la literatura también hay rutinas, conferencias, discursos, rituales de escritura que a pesar de creerse originales son reminiscencias de nuestros escritores favoritos. Mi ritual era por demás vulgar: whisky, música de Morphine y a darle duro a las teclas de una maltratada laptop; aunque a veces la nostalgia me ganaba y escribía a mano como cuando tenía diecisiete años y pensaba que ganarme la vida de escritor iba a ser de lo más sencillo. 
     En dos semanas había acumulado mucho aburrimiento en mi mente, pero el polvo fue soplado y los bostezos abofeteados. Sobre todo porque la chica dijo “pienso” y no “creo” como regularmente titubeamos con la vana idea de que el profesor sabe más que nosotros y nos sacará del fango; pero no, un profesor sólo te enseña a nadar en el fango, no a salir de él y ella, como si conociera esa verdad secreta, inflamó su pecho al declarar aquella hermosa herejía. 
     La vi por primera vez, a ella y al resto de sus compañeros. Un chico vestía muy elegante, incluso llevaba saco pese al calor espantoso que hacía en esa época en Morelia; otro parecía directamente sacado del Mercado de Abastos, moreno, delgado, con cabello largo y zarrapastroso. Una chica llevaba gafas de botella y frenillos en los dientes: otra escritora erótica, pensé. La verdad nunca los había visto, ni leído, ni hablado con ellos, sólo hablaba hacia ellos, como un marciano que lanza su laser sin esperar más respuesta que un alarido y luego, por supuesto, la tranquilidad del tan anhelado silencio, el exterminio. 
     Si hablamos tanto y tan a lo pendejo es con el oscuro deseo de volver a nuestro silencio primigenio y no salir nunca más de allí. 
     Estoy de acuerdo contigo le contesté pero no se lo digas a los especialistas borgianos que están de nueve am a once pm en el Jardín de las Rosas y que comúnmente son alumnos de bellas artes que creen ser especialistas en cualquier tipo de manifestación artística sólo porque unen frases contradictorias para definir su música como por ejemplo avant-garde clásico y así describen la inercia inexorable de las esferas pitagóricas para que todos exclamen: ¡qué profundo!... (lo dije así, sin comas, sin inhibiciones, incluso, sin malicia.) 
     Muchos se molestaron, por supuesto, noté la expresión recia de más de uno, seguramente con amigos o conocidos en Bellas Artes, y es que aunque no lo había dicho en mi delirio, era evidente que dibujo, pintura, escultura y demás ramas iban incluidas en la definición, ahora peyorativa, de avant-garde clásico. 
     Un tipo vestido como protestante dijo que no le parecía, primero, que Bolaño fuera superior a Borges, porque Borges era un clásico joven de la literatura mundial y que si no había ganado el premio nobel era por pura política, pero que él, Borges, merecía todos los premios del mundo. 
     Estoy de acuerdo, le dije y me quedé callado un momento. Pensé en que Borges no había ganado el único premio que vale la pena: unas bragas mojadas. Pensé que Borges no sabía bailar. Pensé que Borges amaba a su madre por encima de todas las mujeres y eso bastaba para hacerle bullyng. Pensé que Borges no sabía boxear. Pensé que Borges no fumaba, por lo cual se podría dudar que fuera realmente un escritor argentino. Pensé en muchísimas cosas.        
     ¿Qué has leído de Borges y qué de Bolaño?, le pregunté al muchacho protestante. Se puso rojo, se le notaba su cara roja a pesar de ser moreno, pues su camisa blanca y abotonada hasta el cuello hacía que fuera más evidente su vergüenza. Metió las manos en su pantalón de vestir café oscuro con diminutos rayas doradas, miró sus zapatos negros y luego volteó la cara hacia mí, sólo he leído el Aleph de Borges y algunos cuentos sueltos en internet de Bolaño. Eso dijo, pero noté que mentía: seguramente nunca había leído a Bolaño ni en internet. 
     Pregunté quién había leído a Bolaño y el tipo venido del Mercado de Abastos dijo que él había leído Putas Asesinas, que lo leyó sólo por el título pero que sí le latió, sin embargo, amaba el libro Ficciones de Borges. Y la chica, de vestido blanco y corto, de zapatillas altas, de labios carnosos y de figura celestial, dijo que conocía la obra completa de los dos. Le creí. Tampoco usaré otras palabras, porque aquello era un salto de fe; estaba hipnotizado por la figura que se adivinaba a través de su vestido ajustado. ¿Por qué no la había visto antes? ¿Ya estaba desde el principio del taller? No quise preguntar, había que disimular en medida de lo posible mi negligencia como profesor, mi imbecilidad como escritor. 
     Aquella mujer fue una revelación, hizo mi martes más entretenido de lo que pensé. Siempre soñamos, más o menos todos, con una novia escritora muy guapa, una especie de Anaïs Nin, igual de pervertida y talentosa, y nosotros nos soñamos unos Henry Millers, igual de padrotes y gandules. Pero sabemos que no llegamos al talento de Miller y que una Anaïs Nin se da cada mil millones de años. ¿Será que aparte de querer ser escritora, esa chica de verdad escriba? Me estaba intrigando demasiado aquella mujer que me miraba detrás de sus anteojos negros y sonreía, con una sonrisa maliciosa y hasta podría decirse demoníaca. Quizá la palabra perfecta sea súcuba. Una sonrisa súcuba. Y es que ella parecía un demonio que había tomado la forma de la mujer perfecta para llamar mi atención, para sacarme de mi hastío. Que del ascetismo al hastío hay menos de un paso. ¿Sería yo digno de ser tentado por el diablo? ¿O lo tentaría primero yo a él, a través de ella? 
     La clase terminó, el sol estaba fuerte; sobre las calles de Morelia había ondulaciones de calor, las gotas de sudor resbalaban por la frente y la cantera parecía tener otro color. De todos modos era un lindo día. Me fui caminando directamente a los helados de soya que venden atrás de la hermosa catedral. Me compré uno grande y me senté a comer mi helado y a leer un poco, en las escaleras del templo. De pronto apareció de nuevo ella, como una alucinación colectiva en medio de las letras. De pronto entendí que toda la razón de ser del sol era existir en ese momento, dándole una claridad deslumbrante a su cabello; su cabello era café claro, sus labios húmedos, como si fueran un eterno manantial de una especie de elixir que me arrastraba… En sus gafas se reflejaba una fila inmensa de autos. Pasó de largo, ni siquiera me volteó a ver aunque puse todo mi pensamiento en ello. 
     Como si fuera un fantasma evocado por la inercia la seguí unas cuatro cuadras. Hasta que se encontró con un negro. Diría que el negro era músico de jazz pero sus cuadernos apuntaban más a que era un estudiante de arquitectura. Platicó un poco con el negro, luego le sacó la verga y la acarició, allí en plena calle. Yo entre sorprendido y excitado, sólo lamenté no tener unos binoculares a la mano; luego se fueron, casi corriendo, yo netamente corriendo los perseguí sin entender por qué o para qué. 
     Los vi meterse en un callejón poco transitado, estábamos cerca de la Avenida Héroes de Nacozari; no sé cómo habíamos llegado allí, pero ellos estaban fajando a beso, caricia y mordida. Yo los observaba detrás de los botes de basura. Entre la basura es mi lugar, pensé. ¿Qué hago espiando a mi alumna? Pensé. El negro tenía un enorme miembro que después de ser acariciado fue chupado. Mi pene, mucho más modesto, se erecto al ver aquella diosa arrodillada; tenía el impulso de llevarle unos cartones para que no se raspara las rodillas, darle un masaje en los hombros y animarla “¡dale, dale, tú puedes!”, tenía el impulso de decirle que no estaba celoso, que todo lo que hiciera estaba perfecto porque ella era perfecta, así es el amor. 
     Sus labios, gruesos y sensuales, recorrían de los testículos al glande toda aquella inmensa verga. La metía en su garganta lo más posible. El negro, después de varios espasmos, soltó un torrente de semen dentro de la boca de la chica de gafas oscuras. Algunas gotas le resbalaron por la comisura de los labios. Se limpió y salieron del callejón, se metieron a un bar de por la zona. Yo tomé un taxi a mi departamento. 
     Al otro día estaba de buen humor, como si el pene chupado hubiera sido el mío y no el del negro. Estaba tan de buen humor que propicié una discusión acerca de qué es lo que se tendría que hacer para provocar la historia, para hacerla surgir y escribirla.
     Lo que sea, dijo la chica mamadora que ya sin lentes no se me hacía tan guapa. Lo que sea, repitió, incluso meterse entre los tambos de basura. 

Maravatío, Michoacán
27/08/2013©

viernes, 16 de mayo de 2014

El camino a la masturbación

Fotografía de Vee Speers
Eran mediados de los años noventa cuando tenía una bicicleta azul a la que le ponía una botella de plástico en la llanta de atrás para que hiciera ruido al rodar. Sonaba como moto, eso creía, eso quería pensar. Éramos lo suficientemente pobres como para tener ventanas de plástico, pero aun así teníamos antena parabólica en la que a veces, con suerte, se veía algún canal de vídeos musicales gabachos. Ahí es donde me pasó, como a muchos, que nos sorprendió un greñudo llamado Slash tocando afuera de una iglesia. No sabíamos en ese momento que el rock and roll era más que eso. Sin embargo, me creía rockero. Iba en mi bicicleta al campo de fútbol y jugaba con ganas, dando sellazos y metiendo cuerpo. En los súpercampeones mi favorito era Steve. Oliver Atton me parecía una mariquita cuyos disparos duraban dos capítulos. Steve, en cambio, en cuestión de segundos pasaba con el balón dejando a todos en el piso. 

Después de jugar regresaba a mi casa y sacudía un VHS que ponía casi todas las tardes: León peleador sin ley. Me quitaba la playera y me tumbaba sobre la cama de mis padres a ver la película por encima de mi torso desnudo. Estaba flacucho. Sí, aunque usted no lo crea, era un niño muy flaco. Entonces imitaba algunos movimientos de la Chancla Van Dame…. Patadas y golpes, gracias a Dios nunca sus pasos de baile. Nunca he sido bueno para bailar. Creo que bailar es de maricas y, sin embargo, eso hizo que las chicas pasaran de mí; pues para las mujeres, cuyas mentes son primitivas, el baile es una especie de ritual de apareamiento. En realidad, más que el baile, la autohumillación, en la cual está contemplada, por supuesto, el baile. Mientras más seas capaz de autohumillarte, mejor candidato sexual eres; el caso es que no era buen candidato y sigo sin serlo, porque aún no bailo. 

Sí estaba enamorado. Le puse la Bruja del 71 e iba conmigo a catecismo. Era como cuatro años mayor. Desde entonces me gustan las mujeres un poco mayores o un mucho menores (En ese tiempo también me le declaré a la hija del panadero que era unos años menor, me dijo que no.) Cuando pasaba al lado de la Bruja, le aceleraba a mi bicicleta ruidosa… Cuando jugaba fútbol y ella veía, trababa de anotar más golpes que nunca. Todo inútil. Pinche bruja. En ese tiempo, para desahogar mis instintos, me metí a karate. El maestro me corrió porque siempre que peleaba agarraba el pie de mis contrincantes y estaba prohibido. Y es que, si peleas en la calle, ¿le vas a decir a tu agresor que no te agarre un pie y te barra el otro? Así comprendí que el karate no era para mí. Sólo me quedaba la masturbación. Tuve que robar algunas revistas. Estaba muy bien aquello, muy bien, y lo sigue estando. 

2014©

viernes, 9 de mayo de 2014

El cinosargo

Joel-Peter Witkin, Satiro, 1992
… Dedicado a mi hermana imaginaria, Patti González.

38 grados centígrados. Una casucha, cuarteada, con techos de palma sobre un desierto de arena blanca. El globo ocular se pierde con el horizonte. Evocaciones peripatéticas de una imaginación convulsionada por un atiborrado trago de ron. Hacía un calor que haría delirar hasta a los camellos. El cielo era tan claro como algunos, muy contados, en los que se puede ver a Angelus Silesius [1] por el mismo ojos que el nos ve, desde atrás de las nubes, a las cuales, sin querer, sodomiza por una excitación vouyerista que sobrepasa cualquier parámetro.
Esto acaba de perimir —dijo Lotman desde su rusoreidad propia de un experto en signos y símbolos, que sin embargo no aprende a distinguir que idiolecto proviene del -esta es la etimología- sentido común: idiota. Toda experiencia lingüística se da, primero por una deficiencia psicosomática en esos entes espermatozódicos autómatas llamados humanos.
Nada, nada, lo dicen porque ya tengo el gane —ladró Diógenes moviendo la colita mientras lo hacía, satisfecho, autocomplacido por su próxima hazaña.
Platón, que en realidad no era como lo pintan, sino alto, fuerte, de piel oscura, con piernas como robles y una verga de más de 30 centímetros que, por desgracia, no le servía… Platón era pues, lo que se conoce en terminología científica como: “un pinche negro”. Así que sólo se le permitía estar en aquellas reuniones de cínicos si refrescaba lentamente con una palma al agitado Diógenes.
Y sí Diógenes ganó la partida, así que se agitó más y se excitó y se perdió en sí mismo. El póquer lo trastocaba, no por el dinero, sino por el juego ético pragmático que suponía ser feliz en un mundo donde la norma social es ser miserable. Hacer a los seres humanos miserables es una herramienta de Estado… Ante eso el cínico reía a carcajadas, y su sonido era tan gracioso que contagiaba a todos.
Metrocles estaba tan feliz de compartir tiempo de calidad con sus amigos que le dio una nalgada a su hermana Hiparquia -la que amablemente estaba sirviendo los bocadillos-, y el acto fue tan violento que Hiparquia pegó un ligero grito de satisfacción y repudio a la vez, como todas las mujeres lúcidas: gozosas y despreciativas a la vez, pero nunca cerradas al placer. La música de la carne del culo de Hiparquia llenó el recinto a tal grado que después del estallido, hubo un momento de silencio místico, aunque se haya tomado, por el abatido Lotman, como un momento de reflexión.
¿Cómo osas pegarle así a tu hermana? —preguntó Lotman, sinceramente ofendido.
¿Y a este quién lo invitó? -preguntó Metrocles señalando directamente a Lotman. Luego Metrocles, reprochante, volteó a ver a Dostoievski, a lo que éste simplemente se hizo el disimulado dándole, nervioso, inhaladas a su cigarro y largos tragos a su cerveza. Y en medio de esa confusión es que Nietzsche dijo uno de sus aforismos más citados a lo largo de la historia por parte de filósofos e historiadores en sus pomposos ensayos con argots ridículos: “Si a la prima se le arrima, a la hermana ni se diga” [2]
Todos celebraron el verso de Nietzsche (porque sabían que si a Nietzsche no le celebraban sus comentarios, se ponía muy loco y a todos les quería pinchar las nalgas con una aguja, según él, infectada de sífilis.) Incluso Víctor Hugo -al que sólo dejaban asistir a las reuniones con la condición de que estuviera encerrado en una perrera, una pequeña jaula diseñada para los perros que tienen rabia- mencionó la perfección de la estructura gramatical y la belleza del lirismo implícito en el verbo “arrimar”; “es como arribar al mar“-concluyó. Después de eso todos patearon su jaula gritándole “¡Si sigues así nunca te vamos a sacar, mariconazo!”. Buda, hacia apenas unas semanas había sido desterrado de las reuniones por comentarios así y porque, es bien sabido que a Diógenes y a Antístenes no les gusta la gente gorda. Antístenes, por cierto, no jugaba físicamente pues había muerto aún dentro de la muerte -para morirse de a de veras- pero jugaba a través de la ouija, por eso es el que se tardaba más en hacer los movimientos y las apuestas.
(Se cuenta que Crates era el que conseguía putas y cocaína para Antístenes; así que un día, de tan pasado que estaba Antístenes se puso, primero a desvestir a las chicas con una navaja rusa que le había regalado Santa Claus por no delatarlo en el caso Capone. Les abrió, pues, de un tajo la blusa de donde brotaron dos grandes senos, del tamaño de los melones, pero menos dulces y menos… frutales. Luego siguió el ritual con las faldas, cortó de un tajo y a una le llegó hasta el muslo, salió mucha sangre, pero a  Antístenes no le preocupó porque era una herida menor. “Lo que se hace por placer está más allá del bien y del mal” -dijo [3]. Le echó de hecho, whisky encima y luego se puso a lamer como un perro la sangre mezclada con el éter; derramó también whisky en la vagina de las chicas, tres en total, y a todas les lamió como un perro sediento hasta quedar completamente ebrio… Así que decidió bajarse la juerga con más polvito blanco que inhaló directamente de las nalgas de la chica negra, que tenía el culo más firme y perfecto de todas. Así que Antístenes que ya estaba colocadísimo, decidió sacar su revólver (precioso, una réplica exacta de como lo vio en Taxi Driver, de hecho, algo que pocos historiadores saben es que a Antístenes le gustaba ponerse frente al espejo y repetirse una y mil veces: Μιλάς για μένα; [4]) Antístenes, pues, se puso a masturbar a sus chicas con el revólver hasta que en el clímax de una de ellas, la pelirroja que se parecía a la Sirenita (o que posiblemente sí era la misma Ariel[5]) Antístenes disparó, excitado de ver la excitación,  despedazando así la caricaturesca vagina, y como trastornado por tanto ver cine gore y escuchar los discos del Chivi, Antístenes decidió matar a las otras chicas antes de que lo delataran.
Los pedazos de los bellos cuerpos, fueron utilizados para masturbarse por un abatido padre del cinismo; sangre, semen y pudrición, hasta que, en un arranque de lucidez, decidió meter el revólver en su boca y disparar para así cogerse a la muerte, al hacerse inmortalmente inmoral, así cayó completamente (no poquito, no medianamente) muerto dentro de la muerte, y ahora lame sus huesos desde adentro. Crates, sin embargo, se culpaba del acontecimiento por ser el diler de Antístenes, así que desertó para siempre de los cínicos, dejando a una solitaria Hiparquia que no tardó en contentarse dándose tremendos sentones en la verga -para ella- siempre erecta de su hermano Metrocles.)

[1] Se le atribuye, entre otras cosas, decir de manera bonita lo que ya todos sabíamos: el carácter perversamente voyeur de la divinidad.
[2] Nietzsche, Federico, Conversaciones en el infierno, Editorial Brasas Musicales, El Cinosargo, 2012.
[3] Se intuye, y se intuye bien, que Nietzsche transvaloró esta frase cambiando la palabra placer por la palabra amor, que estrictamente, en etimología griega, vienen del mismo principio, Eros y Logos: el placer de hablar sucio, o dirty talk.
[4] “¿Usted me está  hablando a mí?”
[5] Pienso que efectivamente, la chica de la vagina despedazada era Ariel, porque, si ya estaban firmados los contratos para La sirenita 3, ¿por qué nunca se rodó la película?

viernes, 2 de mayo de 2014

Las únicas hojas de mi diario

Imagen de N´REY
Soy un escritor gordo y feo, que gasta su tiempo jugando billar online. Fue una obsesión, el billar: lo empecé a jugar cuando mi ex novia me dejó. Es una terapéutica contra la conciencia. La conciencia es tortura. Yo definiría la conciencia como un “darse cuenta”, y dependiendo de este “darse cuenta” se va perdiendo la inocencia de la infancia, por ejemplo. No es la soledad lo que jode, lo que jode es darte cuenta de que estás solo: tus convicciones, ideales, ambiciones, sueños, todo se ha ido por el vertedero. Cuando tienes conciencia de todo, cuando ves al cosmos en su infinita desnudez puedes echar el mundo por el retrete, como a una mierda, girando en su perfecta elipsis. La vida es una broma de mal gusto, una farsa, pero en ocasiones no puedes más que seguir la farsa, ir por allí sonriendo como un pelele con colágeno en el espíritu. Nos enfrentamos a nuestros demonios sólo para ser demolidos a golpes, sólo para ser derrotados. Y después de un tiempo, ves la belleza de la derrota. No estoy en el negocio de la superación personal, o sea, no te voy a decir que la derrota es otra manera de triunfo (aunque en un aspecto profundo puede que lo sea), lo que importa es que la derrota es la derrota, y esa es su belleza. La derrota es un despojo y desde ese despojo te enfrentas más desnudo al mundo; se te van cayendo las máscaras, y cuando no tienes más máscaras para defenderte (porque convivimos desde la defensa, creamos relaciones sociales para defendernos) entonces el ser un cabrón es lo único que nos puede defender. Hay pendejos que nacen siendo unos culeros, y hay otros a los que las circunstancias nos ha hecho así. Cuando eres sincero y vas por la calle con tu corazón en la mano, te lo van a arrancar y aplastar. La mujer es el lobo del hombre; el universo femenino es, a un tiempo, destructivo y fascinante para nosotros, los pobres imbéciles románticos. No sé qué me pasa, algo se está pudriendo dentro de mí, algo no responde como debería; el mecanismo del vivir se ha agoitado, tal vez sea porque he vivido aceleradamente, o al menos, eso puedan pensar algunos. Recuerdo una noche, por ejemplo, con mi buen amigo Alan “el indestructible” Vicius, también estaba en el convoy el chico Perseve y el chico Rave. Éramos cuatro ebrios en el bar “La tarea” que está cerca de la la Universidad. Allí conocimos a un tipo todo tristón y melancólico, así que comenzamos a beber con él y nos contó que era su cumpleaños y que su novia lo había dejado. Entonces sugerí, ya que era su cumpleaños, que fuéramos a celebrar a un putero: fuimos al Faraón, un tabledance. El cumpleañero pagó todo, y al salir del lugar el tipo se fue a mear o algo así, dejó las llaves pegadas en el coche; así que robamos su auto. Dejamos al cumpleañero sin novia, sin amigos, sin dinero y sin auto. Sé que es algo cruel, pero me divierto, era un tipo patético. Al regresarle su auto (sólo dimos una vuelta al bulevar) sacó una pistola de su cajuela y nos apuntó con ella, se enojó mucho, pero finalmente nos llevo a casa del chico Rave, y se fue. En casa del chico Rave vimos la película “El club de la pelea” y con esos ánimos salimos a pelear contra el materialismo quebrando los cristales de coches que encontrábamos a nuestro paso; corrimos cuando escuchamos a una patrulla. Luego fuimos a buscar unas putas, pero no estaban, pero por allí había un carro para pasear niños, lo robamos y jugamos en la madrugada a empujarnos colina abajo. Cuando el carrito, como era lógico, se desmadró, tiramos los pedazos a la casa de un profe de biología que nos caía mal. Finalmente se hicieron las 7 am y el chico Rave tenía que ir a la Facultad, así que nos fuimos cada quien a nuestra casa. Así terminó una noche más de mi vida. ¿Por qué cuento esto? No lo sé, y estoy conciente de que no es para pedir perdón. Sólo quería hacer ver que a los 18 o 19 años mi vida ya era un caos, y no he podido, o no he querido, arreglarla. Sigo siendo un rebelde, o un revolucionario, pero ya no tengo ideales. No vale la pena luchar por algo, no vale la pena luchar ni siquiera por el amor de una mujer que es, amigos míos, lo más valioso del mundo.
...

Maravatío me enseña a estar solo, a sondear las profundidades de mi ser. Me obliga a conocerme, a abismarse en los interminables silencios, en la mística. Ver las gotas de lluvia caer, libres y tristes, sobre las hojas del limón, del manzano y del guayabo que sembró mi papá a manera de minihuerto en nuestro patio. Yo amo los huertos, tal vez porque llevo uno en mi nombre. Me gusta dejarme hundir en mi nombre, Getsemaní, de donde extraigo, como el hijo de Dios, reflexiones y dudas; la mística en cierto momento nos lleva al escepticismo, y nos hacemos preguntas por una simple razón: ser menos pendejos. Y tratamos de ser menos pendejos, por otra sencilla razón: tratar de abrirse camino en un mundo de mierda para ser felices, alegres, extraer algo del elixir de vivir.
La plenitud de mi infancia se resume en botellas estallando, vidrios que salían del centro de sí mismos con tal fuerza que cortaban el aire; mi resortera, unas piedras y las botellas que encontraba en el campo me bastaban para el experimento. No sé si porque desde entonces comprendía la prerrogativa de Corcobado, y me asumía como alguien que vino a este mundo para besarlo y destruirlo. Pero lo que más marcó mi infancia fue el fuego. Desde entonces me asumí como un hermano espiritual de Nerón, y se podría decir de mí lo mismo que se dice del Guasón, que hay hombres a los que sólo nos gusta ver el mundo arder. ¿Seremos hijos de Caín? Siempre he abrazado las sombras como parte inherente de la luz, es un una dialéctica básica que los fotógrafos entienden bien; pues una sola imagen del mundo no es perfecta sin un balance entre luz y sombra. Lo mismo aplica para las imágenes anímicas, o imágenes interiores. También el exceso de bondad, de luz, ciega. Lo importante es que a mí me gustaba ver el mundo arder, por eso les robaba dinero a mis padres para comprar encendedores, e incendiaba toda una serie de cosas. Una vez incendié un terrero, otra vez incendié mis propios tenis Jordan, será porque me importaba más ver algo arder que traer unos tenis de moda. La única vez que me golpeó mi padre fue cuando incendié la piñata de cumpleaños de mi prima, casi quemo toda su casa; fue algo estúpido, pero yo quería ver arder aquel papel, pedazo a pedazo. El fuego es belleza.
Posiblemente mi pasión por el fuego fue lo que me llevo a filosofía, pues descubrí que un tal Heráclito decía que el principio cósmico era el fuego. Ahora lo veo con un poco más de claridad, pues el fuego no necesariamente es el símbolo de la destrucción, también puede ser el símbolo de la purificación y el renacimiento, e incluso de la inteligencia. De esto último la iglesia tendría la culpa por nombrar a Lucifer el cuidador del fuego, pues de Lucifer viene lúcido, el que pone luz en tu mente, es decir, el que te da el entendimiento. Y sin embargo, no sé por qué pienso todo esto. Tal vez sea que estando en el portal de la casa de mis padres recuerdo mi infancia, donde fui tan feliz y tan desdichado, donde aprendí a valorar la vida, pero también a echarla por la borda. Esta tranquilidad me llena de una paz asfixiante, esta tranquilidad me hace creer en Dios, mientras el frío se aferra a cada uno de mis huesos. Pero, simultáneamente, esta tranquilidad me trae el recuerdo de porqué quería incendiarlo todo. Prender fuego era mi manera de fracturar el tiempo, y ahora sólo prendo un cigarro para disimular las ganas.

2012©