viernes, 18 de abril de 2014

El suicidio de Don Beirut

YoniLab© – “Love Hotel IV”
Para los bien enterados de las filmografías clásicas, mencionar Strangers on a Train no es mencionar, irónicamente, ninguna extrañeza. Es una película dirigida por Alfred Hitchcock que en México se llama Pacto Siniestro, precisamente por un «Pacto Siniestro» que tienen los encargados de ponerle nombre en español, con el ulterior propósito no identificar a las películas ni cercanamente con su esencia. Lo importante es que la ubicamos y algunos, los que no han bebido demasiado, pueden recordar vagamente la trama: dos tipos intercambian víctimas porque, ambos concuerdan, que no los dejan vivir[1]. El tipo uno se quiere deshacer de su padre, mientras que el tipo dos se quiere deshacer de su esposa. Psicoanalíticamente a lo primero se le llama Síndrome de Edipo, matar al padre para quedarse con las grandes y regordetas tetas de la mamá para él solo. El segundo caso, matar a la esposa, se llama (psicoanalíticamente o no) Síndrome de lucidez pura.
     Danny DeVito, uno de los hombres más sexy’s de Joligud, decidió lanzarse de director con su comedia Tira a mamá del tren, en 1987, la cual está inspirada (porque plagio se oye feo) en la película de Hitchcock. En esta ocasión un estudiante de literatura le pide a su profesor que mate a su madre, mientras que el estudiante matará a la ex-esposa del profesor. Emancipación. Y cuando la muerte simbólica no basta, que corra la sangre.
   El caso es que en eso pensaba Don Beirut, en ese intercambio dinámico, en esa bella conexión psicosocial. Le platicaba a Don Carlo. Ambos habían descubierto que sus respectivas esposas les eran infieles y, como es lógico en estos casos, querían reventarles el coño con un revólver como el suspicaz rabino que sale en Taxi Driver. Pero no querían que fuera evidente ni que los culparan de nada, en realidad hasta esa tarde, en el desierto de Sonora, en Agua Prieta, nunca se habían visto. Se habían juntado porque ambos lloraban por los mismos dramas en un pequeño local que estaba destinado a servir cerveza a los que iban de paso. Ambos bebían y gritaban a los cuatro vientos sus penas. A Don Beirut le brillaron los ojos cuando vio a la infiel de Don Carlo… pero a Don Carlo, cuando vio a la infiel de Don Beirut, le fue completamente indiferente.
     El caso es, para no hacerles el cuento largo, a Don Beirut se le ocurrió hacer el intercambio. Él era de Durango, mientras que Don Carlo era de Arizona, ¿quién sospecharía de los asesinatos? Matarían a los amantes, y tratarían de reconquistar a sus mujeres sólo para que la venganza sea, aparte de dulce, duradera. Durar diez años vengándose es un placer inmenso, ambos lo sabían. Había que, sin embargo, limpiar su honra desapareciendo del planeta a aquellos imbéciles que habían osado acostarse con sus mujeres.
     Para Don Beirut, que siempre fue arrojado, no fue difícil exterminar al imbécil que se acostaba con la mujer de Don Carlo… Se llamaba Juan, y estaba cagando cuando Don Beirut, desde el otro lado de la ventana, le disparó con un rifle para cazar venados. Inmediatamente mandó un msj de texto a Don Carlo: «La mamá de Bambi ha muerto».
     Don Carlo, como sabemos por la película principal y por el refrito, se puso muy nervioso, porque a este tipo de personajes les va ponerse nerviosos. Es parte de la trama. Tienen un dilema moral que debe resolverse al final de la película. Dicho dilema crea la tensión en el espectador, al éste preguntarse si lo irá a matar o no. Sin embargo, sabía que estaba su honra limpia y que había que pagar el favor… Sabía que su esposa, esa noche, vería a su amante, precisamente en un hotel de Agua Prieta, así que la siguió, la vigiló, la vio entrar a un cuarto de hotel que tenía ventana a la calle. La cortina estaba cerrada. Don Carlo pensó, al diablo, tampoco me interesa ella… Vacío los seis tiros a las sombras excitadas que se movían al otro lado. Un revólver hermoso, de esos que le podrían volar el coño a las mujeres infieles. Se escuchaban los casquillos en el piso. Una orquesta de plomo y delirio. Y así cayeron al suelo dos cuerpos: el cuerpo de la esposa de Don Carlo y, al lado, el adiposo cuerpo sonriente de Don Beirut.

2012©

[1] Dice Leopoldo María Panero, y dice bien, que cuando alguien no te deja vivir, matarlo es un acto de defensa propia.

1 comentario:

  1. Excelente reseña, muy bien estructurada y sobre todo lo interesante es el fundamento Psicoanalítico que planteas. Felicidades Getzemaní. Recibe un fuerte abrazo.

    ResponderEliminar