lunes, 3 de febrero de 2014

Una chica aburrida.

Christian Weiss© – Hommage
Era la misma de siempre. Eso lejos de consolarme, me decepcionaba. No criticaré a esos espíritus mediocres, mimetizados con la esperanza insoslayable de que todo permanezca quieto. ¿Quién soy yo para robarle los discípulos a Zenón? Pero a mí, el poeta implacable, hijo de Heráclito, maestro del fuego, incesante espíritu del devenir, me decepcionaba. Y me daba güeva, básicamente. La lleve al café-bar de siempre. Era un lugar en Maravatío, enfrente de la casa Troyo, donde a veces tocaban dos o tres bandas en vivo los covers de esa caduca época, en la que se le decía al rock mexicano 'Rock en tu idioma'. Sonaba la banda cuando entramos: Y te pareces tanto amor, a una enredadera, en cualquier tronco te atoras. Me acordé de la vez que le dije puta a esa misma chica que se me descolgaba del brazo. Es que nunca he sabido declarar mi amor, y menos cuando iba en la prepa, estaba aún más pendejo. Pensé que decirle puta a una mujer, era la manera de decirle te quiero. Lo importante es que ya íbamos en la Universidad. Ella en la suya y yo en la mía, nos veíamos el fin de semana en que ambos estábamos desocupados y aburridos en Maravatío, pueblo en donde, por lo demás, uno siempre está desocupado y aburrido.

Era la misma de siempre. Esta estática me exasperaba. ¿Es que las mujeres no maduran nunca? ¿No tienen una edad reglamentaria para leer al marqués de Sade, la Historia del ojo, la Historia de O, Delta de Venus, o mínimo el libro vaquero? ¿Es acaso que las mujeres nunca entienden que se puede tener sexo sin compromiso sin tanto protocolo y parloteo social? Pues ahí estaba ella, como siempre, las luces le daban en la cara y aunque no era muy guapa, a mí me gustaba. Un tiempo estuve enamorado de ella, pero ella de mí no. Un tiempo estuvo enamorada de mí, pero yo de ella no. Mi amor por ella murió al nacer mi lucidez. Su amor por mí murió cuando la dejé plantada en uno de mis cumpleaños y nunca llegué a recibir mi regalo. 

Después del toquín más bien malechón, fuimos a Las brujas, lugar harto conocido en los alrededores de Maravatío, se dice que ahí hacían sus aquelarres las brujas donde mataban niños. Pero nosotros, los jóvenes maravatienses, más que ir a matar niños, íbamos a hacerlos: era un lugar despoblado, en aquellos años maravillosos sin tanta policía, los campesinos pasaban muy rara vez y nunca de noche. Es cierto que el lugar está rodeado de pinos y es tétrico, pero ¿apoco nunca se les ha antojado coger dentro de una película de terror? Si lo que vende en las películas de terror es el sexo, o la imposibilidad del sexo, la excitación sexual que el miedo suscita. Las películas de terror, son películas porno que pasan en los cines de alto pedorraje, para acabar pronto. Y ahí estábamos, en nuestra película de terror, sábado por la noche, la noche cerrada salvo una tenue luz de luna que penetraba entre los árboles. Ramas retorcidas, aullidos de perro, relinchos de caballos, un tenue arrollo que corre al lado del camino. Escuchando a Caifanes en el estéreo de la camioneta y la chica levantando su falda, disimulada. Luego se quitó la blusa, luego se quitó el sostén. Dos pezones, como pasas de higo, apenas se dibujaban. ¿No te vas a quitar la playera?  Me pregunto. Ni madres, hace un pinche frillazo, le dije. Me alcanzó el pene, lo metió en su boca; mi pene no reaccionaba y es que pinche frillazo. Le alcancé el culo, le di unas palmaditas y ahí sí que me prendí. Nos besamos. Nos besamos. Nos besamos. Nos volvimos a besar. Me gusta mucho besar. Nos besamos por penúltima vez. Se montó sobre mí. Ya con ese calor, ahora sí despertó al gigante, al sanzón, al gladiador de mil batallas, al coloso, a mi potente y erecto, cerebro… Pero mi pene no respondía. Ya iba a pedir disculpas por el pinche frillazo, pero me salvó la sirena. 

Una patrulla se estacionó atrás de mí. Nos echaron la luz. Les dije de quién era hijo, de quién era la camioneta, quién era mi acompañante. Me dijeron que si les daba un cigarro. Se los di. Me dijeron que me cuidara y no anduviera tomando. (Aunque ya andaba medio pedo.) Y se fueron. Eran policías, mi papá había sido su maestro de primaria. Esos, ya dije, eran buenos tiempos. Los policías te pedían un cigarro y te dejaban coger a gusto. De todos modos no iba a coger, porque pinche frillazo y la chica, era la misma de siempre, la popular de la prepa, la novia de los basquetbolistas, la deportista. A mí ya me daba hueva esa situación, así que le dije que los policías me habían quitado la inspiración y la lleve a su casa. Saldo blanco. Nadie salió herido. Me invitó a salir para mi cumpleaños, pero nunca fui, nunca regresé. Era muy aburrida. Ella era la misma de siempre y yo ya no era aquel pendejo que daba la vida por ella... Yo era el hijo de Heráclito, un iluminado, un poeta de la hoz y del martillo, un nieto de campesino y panadero, era de la raza cósmica, piel de bronce, guerrero azteca. Salí a cazar carne nueva y lo logré, al poco tiempo me ligue a una pinche psicópata que me hacía extrañar, lo confieso, a aquella aburrida chica de Maravatío.

 Maravatío, 2004©