martes, 2 de diciembre de 2014

Memoria gastronómoca


Soy el pan y las tortillas de harina de mi abuelito. Soy el caldo de pescado y el arroz de mi abuelita. Soy el pastel de carne de mi mamá. Soy las carnitas que hace mi papá. Soy las carnitas de Quiroga. Soy las corundas y el jarabe de Pátzcuaro. Soy la barbacoa de Yuriria. Soy las tortas del cuñado de Maravatío. Soy la mariscada y los tacos de carne asada de Morelia. Soy las guacamayas de León. Soy los tacos mineros y los leños de Guanajuato. Soy la nieve de Dolores Hidalgo. Soy los tacos de perro del desierto de Sonora. Soy los charales de Janitzio. Soy el mezcal y los chochos asados de Oaxaca. Soy la charanda y las semitas de Paracho. Soy el café de Chiapas. Soy la jaiba rellena de Nayarit. Soy el aporreado y el caldo de iguana de Huetamo. Soy los camarones al coco y las langostas de Ixtapa. Soy la nieve de ron de Taranda. Soy los michelitros y las bufadoras de Acámbaro. Soy la carne asada y las quesadillas de Moroleón. Soy el mezcal, las mojarras y las ranas asadas de Queréndaro. Soy los hotcakes de mi hermana menor. Soy la lasaña de mi hermana mayor. Soy las hamburguesas de mi novia. Soy los ostiones de Acapulco. Soy el mole de los Reyes. Soy los hotdogs gigantes, la pizza y los cigarros de Agua Prieta. Soy los tacos al pastor y la carne de venado de San Juan de los Lagos. Soy los pollos a las pencas de Tula. Soy las tortas de Guadalajara. Soy las costillas de Durango. Soy las mojarras doradas de Guerrero. Soy el tequila de Tequila. Soy el pan y el atole de Zacatecas.

domingo, 31 de agosto de 2014

Fuego 8

Imagen de Milo Manara
Una piedra en el camino; una piedra pequeña, diminuta, apenas perceptible entre otras tantas piedras y sin embargo, única. Si acaso, como si fuera una piedra esmeril, afilaba la mirada que se alargaba, la pupila dilatada, de nuestra mujer misteriosa. SS. Una piedra que guarda en su espíritu la historia de la evolución cósmica, con un nivel de estoicismo al que ningún sabio ha llegado. Intratable. ¿Por qué esa piedra y no alguna otra? Nuestra mujer misteriosa la observaba con atención, ríspida, poliforme y perversa: la piedra se figuraba, en los tenues rayos de sol que se colaban entre las ramas de los árboles, imponente, seductora, agresiva. 
     Es una piedra de Mercurio, pensó la mujer. Luego lo expresó en voz alta, pero fue inútil, estaba sola. Había detenido el coche en mitad de la carretera sólo para ver más de cerca la piedra. Decidió meter la piedra en su bolso para examinarla después, con atención, en su casa. Ahora iba a prisa porque llegaba tarde a donde su esposo la había citado, era un restaurante chino; su esposo era uno de esos hombres quisquillosos que no comen diario lo mismo, pero que, sin embargo, sí comen semana tras semana los mismos platillos. Es fácil confundir la aventura con la obsesión, pensó la mujer misteriosa, al darse razones a sí misma de porqué se había casado con ese hombre. Una era el espíritu aventurero que se había evaporado desde el primer instante en el que la realidad cayó como un yunque pesado sobre sus delgados brazos. 
     Dentro del auto, la mujer comenzó a sudar. Había más de cuarenta grados en el desierto de Sonora, en aquel pequeño pueblo llamado El Solitario, donde realmente estaba muy solo todo. La mujer misteriosa llevaba un traje sastre oscuro, un sombrero estilo flamenco y unos tacones altos que apenas le permitían manejar. El estilo ante todo, pensó, y bajo la ventanilla para tratar de sofocar al calor; fue en vano, las ráfagas de viento que entraban eran calientes y sólo servían para alborotar los risos de su cabello que se desbordaban, majestuosamente, debajo de su sombrero. 
     Llegó al restaurant con una sensación extraña. En primer lugar, su ropa contrarrestaba horriblemente con los adornos del lugar; todo era estilo japonés y ella iba vestida como si fuera a matar toros. Además debajo del saco sudaba abundantemente, hacían cuarenta grados centígrados y ella iba vestida de negro. Además se había detenido a mitad de la carretera a observar una piedra que había visto en el camino. Era un día extraño. Pensó en cuando era joven y tenía aquel novio que escuchaba People Strange, de unos tipos que se llamaban The Doors. Pensó en su marido y, esto fue lo que de verdad la desconcertó, sintió una excitación sexual como nunca la había sentido, ni en la noche de bodas donde la novedad y expectación daban todo el teatro mental para que se desenvolviera la acuática atracción. Esta vez estaba excitada, aunque al pensarlo mejor, estaba excitada porque sí, sólo por el placer de estarlo. 
     Su marido no había llegado, y decidió pedir un refresco para esperarlo. Tenía mucho calor y además tenía una extraña sensación, como de exterminio y placer en ese exterminio. La tierra reducida a desierto, como aquello que se presentaba ante su mirada, detrás de la ventana, le parecía un espectáculo estéticamente delicioso. Se imaginó a todos los del restaurant como Caínes designados a vagar por el desierto para siempre. El vapor que se levantaba de las piedras era como el aliento de demonios antiguos que habían brincado y bailado en aquel lugar. La pareja de la mesa vecina comenzaron a mirarla con cierto desdén, pero un desdén que escondía, a la vez, lástima y admiración. Ella no comprendió y nunca comprendería el significado de esas miradas, eran miradas que nunca había visto y nunca volvería a ver. 
     Pasó una hora, o más. Su marido no llegaba y decidió pedir la comida; mientras tanto, a cada minuto que pasaba en el reloj de la pared, sus pensamientos se volvían cada vez más extraños. Los otros clientes la miraban a la vez, pero esta vez con miradas que destellaban una mezcla de ternura y deseo. Han pasado ciento quince días desde que me casé con ese patán, pensó, y se sorprendió de saber exactamente los días que tenía su matrimonio. Estaba mareada, fue a lavarse las manos y se desmayó. 
     Cuando se despertó estaba detrás de una cortina de delgadas tiras de bambú. No sabía cómo había llegado allí, seguía en el restaurant pero en la parte trasera, eso pensó ella al ver que el decorado seguía siendo tipo oriental. Sin embargo, lo que más le llamó la atención fueron los sonidos que venían de detrás de la cortina; una japonesa vieja gimiendo, estaba siendo duramente penetrada por un negro, también algo viejo, aunque con un cuerpo musculoso y firme. La vieja japonesa gritaba desesperada, se retorcía al sentir en sus entrañas el tremendo animal que el negro le metía sin piedad. Pensé que las asiáticas sólo hacían estos ruidos en las porno, pensó la misteriosa mujer judía. Observó por entre los carrizos de bambú, vio el sudor, los cuerpos, la comunión y sin poder evitarlo, comenzó a tocar su entrepierna que, para su sorpresa, estaba húmeda y el desliz de los dedos se facilitaba. 
     Definitivamente aquel tenía que ser el día más raro de su vida. Sin saber cómo, estaba en un restaurant japonés, en medio del desierto de Sonora, masturbándose al ver coger a un negro viejo con una japonesa vieja. En eso, sintió a su lado un aliento agrio; era otro viejo, un chino-japonés como de setenta años, pero que además era negro y no amarillo. Tú no sabes llegar al Satori, dijo el anciano. Ella no supo qué decir, ni siquiera sintió vergüenza de su estado de agitación y eso que era la primera vez que se masturbaba delante de un hombre. Sintió la mano del anciano retirar su mano de la entrepierna, en su lugar el anciano metió sus dedos arrugados y tibios; era el índice y medio, que se movían con una maestría impresionante, al mismo tiempo el anciano comenzó a acariciar su monte de venus con el pulgar. El anciano, de repente, reconoció un punto que en ella hasta ahora era desconocido, en ese momento sintió una excitación que desembocaba en delirio. Ese juego de dedos aunado a la visión del espeso chorro de semen que el negro lanzaba sobre la espalda de la japonesa, hizo que tuviera que cerrar los ojos y sintiera un fuego que la quemaba entera y alucinara con águilas de colores que volarían sobre futuras ciudades aztecas con pirámides robóticas y de metal inteligente; también vio nieve cayendo, vio jardines japoneses que pasaban del otoño al invierno, vio el frío y el agua fluir y las cosas, las rocas colocadas de tal modo que honraran a los ancestros; vio un infierno que se levantaba a sus pies, más como un tributo que como un castigo. Tuvo, por primera vez, entre los dedos de un hombre, un orgasmo. Abrió los ojos y se percató de que sus pezones estaban erectos y se los estaba frotando con la piedra de Mercurio. Y se percató de que, sin estar consciente (como todo últimamente trascurría) se había quitado la blusa y la falda. El anciano se lamió los dedos y desapareció detrás de una puerta de madera. Ella recogió su ropa y fue al baño, se limpió, se mojó la cara. No sentía ni remordimiento ni vergüenza; tenía dentro de ella una sensación de vacío, pero no un vacío que supone un vértigo espantoso, sino un vacío blanco, lleno de paz y serenidad. 
     Regresó a su asiento en el restaurant, terminó su comida y su refresco, pidió la cuenta. La cuenta se la llevó el negro que aún olía a vagina, sin embargo, era un olor que a ella no le disgustó, al contrario, lo prefería sobre todos los olores del mundo. El olor a sexo, a buen sexo, que por primera vez en su vida olía, y ella se sentía como una perra que seguía el rastro y era precisamente por eso que estaba allí. Pagó y salió del local. Al pasar al lado de una camioneta Chevrolet notó que la pareja que hacia un momento estaban en la mesa contigua, ahora estaban retozando en la cabina. La mujer misteriosa que era judía y que por primera vez había tenido un orgasmo entre las manos de un hombre y no en las suyas, sonrío. Subió a su auto y regresó a su hotel, allá en Hermosillo. El camino se le hizo largo y sí, estaba lejano aquel lugar en medio del desierto donde había ido a descubrir su espíritu. Cuando llegó su esposo dormía, no lo quiso despertar pero tampoco acompañarlo. Se fue a una mesita de trabajo en el living room y buscó la piedra en su bolso para examinarla más de cerca. La piedra de Mercurio no estaba.  

viernes, 23 de mayo de 2014

Fuego 9

Fuego 9 del Tarot dibujado por Milo Manara.
Yo pienso que Bolaño es mejor que Borges, dijo la chica, desde el otro lado de sus gafas oscuras. 
     Hacía dos semanas que había comenzado el taller literario impartido en Morelia para no morirme de hambre, frío o aburrimiento. Sin embargo, como resulta ser en esos talleres, el hastío se expandió hasta morderme los huesos y, con ellos, las esperanzas. En la literatura también hay rutinas, conferencias, discursos, rituales de escritura que a pesar de creerse originales son reminiscencias de nuestros escritores favoritos. Mi ritual era por demás vulgar: whisky, música de Morphine y a darle duro a las teclas de una maltratada laptop; aunque a veces la nostalgia me ganaba y escribía a mano como cuando tenía diecisiete años y pensaba que ganarme la vida de escritor iba a ser de lo más sencillo. 
     En dos semanas había acumulado mucho aburrimiento en mi mente, pero el polvo fue soplado y los bostezos abofeteados. Sobre todo porque la chica dijo “pienso” y no “creo” como regularmente titubeamos con la vana idea de que el profesor sabe más que nosotros y nos sacará del fango; pero no, un profesor sólo te enseña a nadar en el fango, no a salir de él y ella, como si conociera esa verdad secreta, inflamó su pecho al declarar aquella hermosa herejía. 
     La vi por primera vez, a ella y al resto de sus compañeros. Un chico vestía muy elegante, incluso llevaba saco pese al calor espantoso que hacía en esa época en Morelia; otro parecía directamente sacado del Mercado de Abastos, moreno, delgado, con cabello largo y zarrapastroso. Una chica llevaba gafas de botella y frenillos en los dientes: otra escritora erótica, pensé. La verdad nunca los había visto, ni leído, ni hablado con ellos, sólo hablaba hacia ellos, como un marciano que lanza su laser sin esperar más respuesta que un alarido y luego, por supuesto, la tranquilidad del tan anhelado silencio, el exterminio. 
     Si hablamos tanto y tan a lo pendejo es con el oscuro deseo de volver a nuestro silencio primigenio y no salir nunca más de allí. 
     Estoy de acuerdo contigo le contesté pero no se lo digas a los especialistas borgianos que están de nueve am a once pm en el Jardín de las Rosas y que comúnmente son alumnos de bellas artes que creen ser especialistas en cualquier tipo de manifestación artística sólo porque unen frases contradictorias para definir su música como por ejemplo avant-garde clásico y así describen la inercia inexorable de las esferas pitagóricas para que todos exclamen: ¡qué profundo!... (lo dije así, sin comas, sin inhibiciones, incluso, sin malicia.) 
     Muchos se molestaron, por supuesto, noté la expresión recia de más de uno, seguramente con amigos o conocidos en Bellas Artes, y es que aunque no lo había dicho en mi delirio, era evidente que dibujo, pintura, escultura y demás ramas iban incluidas en la definición, ahora peyorativa, de avant-garde clásico. 
     Un tipo vestido como protestante dijo que no le parecía, primero, que Bolaño fuera superior a Borges, porque Borges era un clásico joven de la literatura mundial y que si no había ganado el premio nobel era por pura política, pero que él, Borges, merecía todos los premios del mundo. 
     Estoy de acuerdo, le dije y me quedé callado un momento. Pensé en que Borges no había ganado el único premio que vale la pena: unas bragas mojadas. Pensé que Borges no sabía bailar. Pensé que Borges amaba a su madre por encima de todas las mujeres y eso bastaba para hacerle bullyng. Pensé que Borges no sabía boxear. Pensé que Borges no fumaba, por lo cual se podría dudar que fuera realmente un escritor argentino. Pensé en muchísimas cosas.        
     ¿Qué has leído de Borges y qué de Bolaño?, le pregunté al muchacho protestante. Se puso rojo, se le notaba su cara roja a pesar de ser moreno, pues su camisa blanca y abotonada hasta el cuello hacía que fuera más evidente su vergüenza. Metió las manos en su pantalón de vestir café oscuro con diminutos rayas doradas, miró sus zapatos negros y luego volteó la cara hacia mí, sólo he leído el Aleph de Borges y algunos cuentos sueltos en internet de Bolaño. Eso dijo, pero noté que mentía: seguramente nunca había leído a Bolaño ni en internet. 
     Pregunté quién había leído a Bolaño y el tipo venido del Mercado de Abastos dijo que él había leído Putas Asesinas, que lo leyó sólo por el título pero que sí le latió, sin embargo, amaba el libro Ficciones de Borges. Y la chica, de vestido blanco y corto, de zapatillas altas, de labios carnosos y de figura celestial, dijo que conocía la obra completa de los dos. Le creí. Tampoco usaré otras palabras, porque aquello era un salto de fe; estaba hipnotizado por la figura que se adivinaba a través de su vestido ajustado. ¿Por qué no la había visto antes? ¿Ya estaba desde el principio del taller? No quise preguntar, había que disimular en medida de lo posible mi negligencia como profesor, mi imbecilidad como escritor. 
     Aquella mujer fue una revelación, hizo mi martes más entretenido de lo que pensé. Siempre soñamos, más o menos todos, con una novia escritora muy guapa, una especie de Anaïs Nin, igual de pervertida y talentosa, y nosotros nos soñamos unos Henry Millers, igual de padrotes y gandules. Pero sabemos que no llegamos al talento de Miller y que una Anaïs Nin se da cada mil millones de años. ¿Será que aparte de querer ser escritora, esa chica de verdad escriba? Me estaba intrigando demasiado aquella mujer que me miraba detrás de sus anteojos negros y sonreía, con una sonrisa maliciosa y hasta podría decirse demoníaca. Quizá la palabra perfecta sea súcuba. Una sonrisa súcuba. Y es que ella parecía un demonio que había tomado la forma de la mujer perfecta para llamar mi atención, para sacarme de mi hastío. Que del ascetismo al hastío hay menos de un paso. ¿Sería yo digno de ser tentado por el diablo? ¿O lo tentaría primero yo a él, a través de ella? 
     La clase terminó, el sol estaba fuerte; sobre las calles de Morelia había ondulaciones de calor, las gotas de sudor resbalaban por la frente y la cantera parecía tener otro color. De todos modos era un lindo día. Me fui caminando directamente a los helados de soya que venden atrás de la hermosa catedral. Me compré uno grande y me senté a comer mi helado y a leer un poco, en las escaleras del templo. De pronto apareció de nuevo ella, como una alucinación colectiva en medio de las letras. De pronto entendí que toda la razón de ser del sol era existir en ese momento, dándole una claridad deslumbrante a su cabello; su cabello era café claro, sus labios húmedos, como si fueran un eterno manantial de una especie de elixir que me arrastraba… En sus gafas se reflejaba una fila inmensa de autos. Pasó de largo, ni siquiera me volteó a ver aunque puse todo mi pensamiento en ello. 
     Como si fuera un fantasma evocado por la inercia la seguí unas cuatro cuadras. Hasta que se encontró con un negro. Diría que el negro era músico de jazz pero sus cuadernos apuntaban más a que era un estudiante de arquitectura. Platicó un poco con el negro, luego le sacó la verga y la acarició, allí en plena calle. Yo entre sorprendido y excitado, sólo lamenté no tener unos binoculares a la mano; luego se fueron, casi corriendo, yo netamente corriendo los perseguí sin entender por qué o para qué. 
     Los vi meterse en un callejón poco transitado, estábamos cerca de la Avenida Héroes de Nacozari; no sé cómo habíamos llegado allí, pero ellos estaban fajando a beso, caricia y mordida. Yo los observaba detrás de los botes de basura. Entre la basura es mi lugar, pensé. ¿Qué hago espiando a mi alumna? Pensé. El negro tenía un enorme miembro que después de ser acariciado fue chupado. Mi pene, mucho más modesto, se erecto al ver aquella diosa arrodillada; tenía el impulso de llevarle unos cartones para que no se raspara las rodillas, darle un masaje en los hombros y animarla “¡dale, dale, tú puedes!”, tenía el impulso de decirle que no estaba celoso, que todo lo que hiciera estaba perfecto porque ella era perfecta, así es el amor. 
     Sus labios, gruesos y sensuales, recorrían de los testículos al glande toda aquella inmensa verga. La metía en su garganta lo más posible. El negro, después de varios espasmos, soltó un torrente de semen dentro de la boca de la chica de gafas oscuras. Algunas gotas le resbalaron por la comisura de los labios. Se limpió y salieron del callejón, se metieron a un bar de por la zona. Yo tomé un taxi a mi departamento. 
     Al otro día estaba de buen humor, como si el pene chupado hubiera sido el mío y no el del negro. Estaba tan de buen humor que propicié una discusión acerca de qué es lo que se tendría que hacer para provocar la historia, para hacerla surgir y escribirla.
     Lo que sea, dijo la chica mamadora que ya sin lentes no se me hacía tan guapa. Lo que sea, repitió, incluso meterse entre los tambos de basura. 

Maravatío, Michoacán
27/08/2013©

viernes, 16 de mayo de 2014

El camino a la masturbación

Fotografía de Vee Speers
Eran mediados de los años noventa cuando tenía una bicicleta azul a la que le ponía una botella de plástico en la llanta de atrás para que hiciera ruido al rodar. Sonaba como moto, eso creía, eso quería pensar. Éramos lo suficientemente pobres como para tener ventanas de plástico, pero aun así teníamos antena parabólica en la que a veces, con suerte, se veía algún canal de vídeos musicales gabachos. Ahí es donde me pasó, como a muchos, que nos sorprendió un greñudo llamado Slash tocando afuera de una iglesia. No sabíamos en ese momento que el rock and roll era más que eso. Sin embargo, me creía rockero. Iba en mi bicicleta al campo de fútbol y jugaba con ganas, dando sellazos y metiendo cuerpo. En los súpercampeones mi favorito era Steve. Oliver Atton me parecía una mariquita cuyos disparos duraban dos capítulos. Steve, en cambio, en cuestión de segundos pasaba con el balón dejando a todos en el piso. 

Después de jugar regresaba a mi casa y sacudía un VHS que ponía casi todas las tardes: León peleador sin ley. Me quitaba la playera y me tumbaba sobre la cama de mis padres a ver la película por encima de mi torso desnudo. Estaba flacucho. Sí, aunque usted no lo crea, era un niño muy flaco. Entonces imitaba algunos movimientos de la Chancla Van Dame…. Patadas y golpes, gracias a Dios nunca sus pasos de baile. Nunca he sido bueno para bailar. Creo que bailar es de maricas y, sin embargo, eso hizo que las chicas pasaran de mí; pues para las mujeres, cuyas mentes son primitivas, el baile es una especie de ritual de apareamiento. En realidad, más que el baile, la autohumillación, en la cual está contemplada, por supuesto, el baile. Mientras más seas capaz de autohumillarte, mejor candidato sexual eres; el caso es que no era buen candidato y sigo sin serlo, porque aún no bailo. 

Sí estaba enamorado. Le puse la Bruja del 71 e iba conmigo a catecismo. Era como cuatro años mayor. Desde entonces me gustan las mujeres un poco mayores o un mucho menores (En ese tiempo también me le declaré a la hija del panadero que era unos años menor, me dijo que no.) Cuando pasaba al lado de la Bruja, le aceleraba a mi bicicleta ruidosa… Cuando jugaba fútbol y ella veía, trababa de anotar más golpes que nunca. Todo inútil. Pinche bruja. En ese tiempo, para desahogar mis instintos, me metí a karate. El maestro me corrió porque siempre que peleaba agarraba el pie de mis contrincantes y estaba prohibido. Y es que, si peleas en la calle, ¿le vas a decir a tu agresor que no te agarre un pie y te barra el otro? Así comprendí que el karate no era para mí. Sólo me quedaba la masturbación. Tuve que robar algunas revistas. Estaba muy bien aquello, muy bien, y lo sigue estando. 

2014©

viernes, 9 de mayo de 2014

El cinosargo

Joel-Peter Witkin, Satiro, 1992
… Dedicado a mi hermana imaginaria, Patti González.

38 grados centígrados. Una casucha, cuarteada, con techos de palma sobre un desierto de arena blanca. El globo ocular se pierde con el horizonte. Evocaciones peripatéticas de una imaginación convulsionada por un atiborrado trago de ron. Hacía un calor que haría delirar hasta a los camellos. El cielo era tan claro como algunos, muy contados, en los que se puede ver a Angelus Silesius [1] por el mismo ojos que el nos ve, desde atrás de las nubes, a las cuales, sin querer, sodomiza por una excitación vouyerista que sobrepasa cualquier parámetro.
Esto acaba de perimir —dijo Lotman desde su rusoreidad propia de un experto en signos y símbolos, que sin embargo no aprende a distinguir que idiolecto proviene del -esta es la etimología- sentido común: idiota. Toda experiencia lingüística se da, primero por una deficiencia psicosomática en esos entes espermatozódicos autómatas llamados humanos.
Nada, nada, lo dicen porque ya tengo el gane —ladró Diógenes moviendo la colita mientras lo hacía, satisfecho, autocomplacido por su próxima hazaña.
Platón, que en realidad no era como lo pintan, sino alto, fuerte, de piel oscura, con piernas como robles y una verga de más de 30 centímetros que, por desgracia, no le servía… Platón era pues, lo que se conoce en terminología científica como: “un pinche negro”. Así que sólo se le permitía estar en aquellas reuniones de cínicos si refrescaba lentamente con una palma al agitado Diógenes.
Y sí Diógenes ganó la partida, así que se agitó más y se excitó y se perdió en sí mismo. El póquer lo trastocaba, no por el dinero, sino por el juego ético pragmático que suponía ser feliz en un mundo donde la norma social es ser miserable. Hacer a los seres humanos miserables es una herramienta de Estado… Ante eso el cínico reía a carcajadas, y su sonido era tan gracioso que contagiaba a todos.
Metrocles estaba tan feliz de compartir tiempo de calidad con sus amigos que le dio una nalgada a su hermana Hiparquia -la que amablemente estaba sirviendo los bocadillos-, y el acto fue tan violento que Hiparquia pegó un ligero grito de satisfacción y repudio a la vez, como todas las mujeres lúcidas: gozosas y despreciativas a la vez, pero nunca cerradas al placer. La música de la carne del culo de Hiparquia llenó el recinto a tal grado que después del estallido, hubo un momento de silencio místico, aunque se haya tomado, por el abatido Lotman, como un momento de reflexión.
¿Cómo osas pegarle así a tu hermana? —preguntó Lotman, sinceramente ofendido.
¿Y a este quién lo invitó? -preguntó Metrocles señalando directamente a Lotman. Luego Metrocles, reprochante, volteó a ver a Dostoievski, a lo que éste simplemente se hizo el disimulado dándole, nervioso, inhaladas a su cigarro y largos tragos a su cerveza. Y en medio de esa confusión es que Nietzsche dijo uno de sus aforismos más citados a lo largo de la historia por parte de filósofos e historiadores en sus pomposos ensayos con argots ridículos: “Si a la prima se le arrima, a la hermana ni se diga” [2]
Todos celebraron el verso de Nietzsche (porque sabían que si a Nietzsche no le celebraban sus comentarios, se ponía muy loco y a todos les quería pinchar las nalgas con una aguja, según él, infectada de sífilis.) Incluso Víctor Hugo -al que sólo dejaban asistir a las reuniones con la condición de que estuviera encerrado en una perrera, una pequeña jaula diseñada para los perros que tienen rabia- mencionó la perfección de la estructura gramatical y la belleza del lirismo implícito en el verbo “arrimar”; “es como arribar al mar“-concluyó. Después de eso todos patearon su jaula gritándole “¡Si sigues así nunca te vamos a sacar, mariconazo!”. Buda, hacia apenas unas semanas había sido desterrado de las reuniones por comentarios así y porque, es bien sabido que a Diógenes y a Antístenes no les gusta la gente gorda. Antístenes, por cierto, no jugaba físicamente pues había muerto aún dentro de la muerte -para morirse de a de veras- pero jugaba a través de la ouija, por eso es el que se tardaba más en hacer los movimientos y las apuestas.
(Se cuenta que Crates era el que conseguía putas y cocaína para Antístenes; así que un día, de tan pasado que estaba Antístenes se puso, primero a desvestir a las chicas con una navaja rusa que le había regalado Santa Claus por no delatarlo en el caso Capone. Les abrió, pues, de un tajo la blusa de donde brotaron dos grandes senos, del tamaño de los melones, pero menos dulces y menos… frutales. Luego siguió el ritual con las faldas, cortó de un tajo y a una le llegó hasta el muslo, salió mucha sangre, pero a  Antístenes no le preocupó porque era una herida menor. “Lo que se hace por placer está más allá del bien y del mal” -dijo [3]. Le echó de hecho, whisky encima y luego se puso a lamer como un perro la sangre mezclada con el éter; derramó también whisky en la vagina de las chicas, tres en total, y a todas les lamió como un perro sediento hasta quedar completamente ebrio… Así que decidió bajarse la juerga con más polvito blanco que inhaló directamente de las nalgas de la chica negra, que tenía el culo más firme y perfecto de todas. Así que Antístenes que ya estaba colocadísimo, decidió sacar su revólver (precioso, una réplica exacta de como lo vio en Taxi Driver, de hecho, algo que pocos historiadores saben es que a Antístenes le gustaba ponerse frente al espejo y repetirse una y mil veces: Μιλάς για μένα; [4]) Antístenes, pues, se puso a masturbar a sus chicas con el revólver hasta que en el clímax de una de ellas, la pelirroja que se parecía a la Sirenita (o que posiblemente sí era la misma Ariel[5]) Antístenes disparó, excitado de ver la excitación,  despedazando así la caricaturesca vagina, y como trastornado por tanto ver cine gore y escuchar los discos del Chivi, Antístenes decidió matar a las otras chicas antes de que lo delataran.
Los pedazos de los bellos cuerpos, fueron utilizados para masturbarse por un abatido padre del cinismo; sangre, semen y pudrición, hasta que, en un arranque de lucidez, decidió meter el revólver en su boca y disparar para así cogerse a la muerte, al hacerse inmortalmente inmoral, así cayó completamente (no poquito, no medianamente) muerto dentro de la muerte, y ahora lame sus huesos desde adentro. Crates, sin embargo, se culpaba del acontecimiento por ser el diler de Antístenes, así que desertó para siempre de los cínicos, dejando a una solitaria Hiparquia que no tardó en contentarse dándose tremendos sentones en la verga -para ella- siempre erecta de su hermano Metrocles.)

[1] Se le atribuye, entre otras cosas, decir de manera bonita lo que ya todos sabíamos: el carácter perversamente voyeur de la divinidad.
[2] Nietzsche, Federico, Conversaciones en el infierno, Editorial Brasas Musicales, El Cinosargo, 2012.
[3] Se intuye, y se intuye bien, que Nietzsche transvaloró esta frase cambiando la palabra placer por la palabra amor, que estrictamente, en etimología griega, vienen del mismo principio, Eros y Logos: el placer de hablar sucio, o dirty talk.
[4] “¿Usted me está  hablando a mí?”
[5] Pienso que efectivamente, la chica de la vagina despedazada era Ariel, porque, si ya estaban firmados los contratos para La sirenita 3, ¿por qué nunca se rodó la película?

viernes, 2 de mayo de 2014

Las únicas hojas de mi diario

Imagen de N´REY
Soy un escritor gordo y feo, que gasta su tiempo jugando billar online. Fue una obsesión, el billar: lo empecé a jugar cuando mi ex novia me dejó. Es una terapéutica contra la conciencia. La conciencia es tortura. Yo definiría la conciencia como un “darse cuenta”, y dependiendo de este “darse cuenta” se va perdiendo la inocencia de la infancia, por ejemplo. No es la soledad lo que jode, lo que jode es darte cuenta de que estás solo: tus convicciones, ideales, ambiciones, sueños, todo se ha ido por el vertedero. Cuando tienes conciencia de todo, cuando ves al cosmos en su infinita desnudez puedes echar el mundo por el retrete, como a una mierda, girando en su perfecta elipsis. La vida es una broma de mal gusto, una farsa, pero en ocasiones no puedes más que seguir la farsa, ir por allí sonriendo como un pelele con colágeno en el espíritu. Nos enfrentamos a nuestros demonios sólo para ser demolidos a golpes, sólo para ser derrotados. Y después de un tiempo, ves la belleza de la derrota. No estoy en el negocio de la superación personal, o sea, no te voy a decir que la derrota es otra manera de triunfo (aunque en un aspecto profundo puede que lo sea), lo que importa es que la derrota es la derrota, y esa es su belleza. La derrota es un despojo y desde ese despojo te enfrentas más desnudo al mundo; se te van cayendo las máscaras, y cuando no tienes más máscaras para defenderte (porque convivimos desde la defensa, creamos relaciones sociales para defendernos) entonces el ser un cabrón es lo único que nos puede defender. Hay pendejos que nacen siendo unos culeros, y hay otros a los que las circunstancias nos ha hecho así. Cuando eres sincero y vas por la calle con tu corazón en la mano, te lo van a arrancar y aplastar. La mujer es el lobo del hombre; el universo femenino es, a un tiempo, destructivo y fascinante para nosotros, los pobres imbéciles románticos. No sé qué me pasa, algo se está pudriendo dentro de mí, algo no responde como debería; el mecanismo del vivir se ha agoitado, tal vez sea porque he vivido aceleradamente, o al menos, eso puedan pensar algunos. Recuerdo una noche, por ejemplo, con mi buen amigo Alan “el indestructible” Vicius, también estaba en el convoy el chico Perseve y el chico Rave. Éramos cuatro ebrios en el bar “La tarea” que está cerca de la la Universidad. Allí conocimos a un tipo todo tristón y melancólico, así que comenzamos a beber con él y nos contó que era su cumpleaños y que su novia lo había dejado. Entonces sugerí, ya que era su cumpleaños, que fuéramos a celebrar a un putero: fuimos al Faraón, un tabledance. El cumpleañero pagó todo, y al salir del lugar el tipo se fue a mear o algo así, dejó las llaves pegadas en el coche; así que robamos su auto. Dejamos al cumpleañero sin novia, sin amigos, sin dinero y sin auto. Sé que es algo cruel, pero me divierto, era un tipo patético. Al regresarle su auto (sólo dimos una vuelta al bulevar) sacó una pistola de su cajuela y nos apuntó con ella, se enojó mucho, pero finalmente nos llevo a casa del chico Rave, y se fue. En casa del chico Rave vimos la película “El club de la pelea” y con esos ánimos salimos a pelear contra el materialismo quebrando los cristales de coches que encontrábamos a nuestro paso; corrimos cuando escuchamos a una patrulla. Luego fuimos a buscar unas putas, pero no estaban, pero por allí había un carro para pasear niños, lo robamos y jugamos en la madrugada a empujarnos colina abajo. Cuando el carrito, como era lógico, se desmadró, tiramos los pedazos a la casa de un profe de biología que nos caía mal. Finalmente se hicieron las 7 am y el chico Rave tenía que ir a la Facultad, así que nos fuimos cada quien a nuestra casa. Así terminó una noche más de mi vida. ¿Por qué cuento esto? No lo sé, y estoy conciente de que no es para pedir perdón. Sólo quería hacer ver que a los 18 o 19 años mi vida ya era un caos, y no he podido, o no he querido, arreglarla. Sigo siendo un rebelde, o un revolucionario, pero ya no tengo ideales. No vale la pena luchar por algo, no vale la pena luchar ni siquiera por el amor de una mujer que es, amigos míos, lo más valioso del mundo.
...

Maravatío me enseña a estar solo, a sondear las profundidades de mi ser. Me obliga a conocerme, a abismarse en los interminables silencios, en la mística. Ver las gotas de lluvia caer, libres y tristes, sobre las hojas del limón, del manzano y del guayabo que sembró mi papá a manera de minihuerto en nuestro patio. Yo amo los huertos, tal vez porque llevo uno en mi nombre. Me gusta dejarme hundir en mi nombre, Getsemaní, de donde extraigo, como el hijo de Dios, reflexiones y dudas; la mística en cierto momento nos lleva al escepticismo, y nos hacemos preguntas por una simple razón: ser menos pendejos. Y tratamos de ser menos pendejos, por otra sencilla razón: tratar de abrirse camino en un mundo de mierda para ser felices, alegres, extraer algo del elixir de vivir.
La plenitud de mi infancia se resume en botellas estallando, vidrios que salían del centro de sí mismos con tal fuerza que cortaban el aire; mi resortera, unas piedras y las botellas que encontraba en el campo me bastaban para el experimento. No sé si porque desde entonces comprendía la prerrogativa de Corcobado, y me asumía como alguien que vino a este mundo para besarlo y destruirlo. Pero lo que más marcó mi infancia fue el fuego. Desde entonces me asumí como un hermano espiritual de Nerón, y se podría decir de mí lo mismo que se dice del Guasón, que hay hombres a los que sólo nos gusta ver el mundo arder. ¿Seremos hijos de Caín? Siempre he abrazado las sombras como parte inherente de la luz, es un una dialéctica básica que los fotógrafos entienden bien; pues una sola imagen del mundo no es perfecta sin un balance entre luz y sombra. Lo mismo aplica para las imágenes anímicas, o imágenes interiores. También el exceso de bondad, de luz, ciega. Lo importante es que a mí me gustaba ver el mundo arder, por eso les robaba dinero a mis padres para comprar encendedores, e incendiaba toda una serie de cosas. Una vez incendié un terrero, otra vez incendié mis propios tenis Jordan, será porque me importaba más ver algo arder que traer unos tenis de moda. La única vez que me golpeó mi padre fue cuando incendié la piñata de cumpleaños de mi prima, casi quemo toda su casa; fue algo estúpido, pero yo quería ver arder aquel papel, pedazo a pedazo. El fuego es belleza.
Posiblemente mi pasión por el fuego fue lo que me llevo a filosofía, pues descubrí que un tal Heráclito decía que el principio cósmico era el fuego. Ahora lo veo con un poco más de claridad, pues el fuego no necesariamente es el símbolo de la destrucción, también puede ser el símbolo de la purificación y el renacimiento, e incluso de la inteligencia. De esto último la iglesia tendría la culpa por nombrar a Lucifer el cuidador del fuego, pues de Lucifer viene lúcido, el que pone luz en tu mente, es decir, el que te da el entendimiento. Y sin embargo, no sé por qué pienso todo esto. Tal vez sea que estando en el portal de la casa de mis padres recuerdo mi infancia, donde fui tan feliz y tan desdichado, donde aprendí a valorar la vida, pero también a echarla por la borda. Esta tranquilidad me llena de una paz asfixiante, esta tranquilidad me hace creer en Dios, mientras el frío se aferra a cada uno de mis huesos. Pero, simultáneamente, esta tranquilidad me trae el recuerdo de porqué quería incendiarlo todo. Prender fuego era mi manera de fracturar el tiempo, y ahora sólo prendo un cigarro para disimular las ganas.

2012©

viernes, 18 de abril de 2014

El suicidio de Don Beirut

YoniLab© – “Love Hotel IV”
Para los bien enterados de las filmografías clásicas, mencionar Strangers on a Train no es mencionar, irónicamente, ninguna extrañeza. Es una película dirigida por Alfred Hitchcock que en México se llama Pacto Siniestro, precisamente por un «Pacto Siniestro» que tienen los encargados de ponerle nombre en español, con el ulterior propósito no identificar a las películas ni cercanamente con su esencia. Lo importante es que la ubicamos y algunos, los que no han bebido demasiado, pueden recordar vagamente la trama: dos tipos intercambian víctimas porque, ambos concuerdan, que no los dejan vivir[1]. El tipo uno se quiere deshacer de su padre, mientras que el tipo dos se quiere deshacer de su esposa. Psicoanalíticamente a lo primero se le llama Síndrome de Edipo, matar al padre para quedarse con las grandes y regordetas tetas de la mamá para él solo. El segundo caso, matar a la esposa, se llama (psicoanalíticamente o no) Síndrome de lucidez pura.
     Danny DeVito, uno de los hombres más sexy’s de Joligud, decidió lanzarse de director con su comedia Tira a mamá del tren, en 1987, la cual está inspirada (porque plagio se oye feo) en la película de Hitchcock. En esta ocasión un estudiante de literatura le pide a su profesor que mate a su madre, mientras que el estudiante matará a la ex-esposa del profesor. Emancipación. Y cuando la muerte simbólica no basta, que corra la sangre.
   El caso es que en eso pensaba Don Beirut, en ese intercambio dinámico, en esa bella conexión psicosocial. Le platicaba a Don Carlo. Ambos habían descubierto que sus respectivas esposas les eran infieles y, como es lógico en estos casos, querían reventarles el coño con un revólver como el suspicaz rabino que sale en Taxi Driver. Pero no querían que fuera evidente ni que los culparan de nada, en realidad hasta esa tarde, en el desierto de Sonora, en Agua Prieta, nunca se habían visto. Se habían juntado porque ambos lloraban por los mismos dramas en un pequeño local que estaba destinado a servir cerveza a los que iban de paso. Ambos bebían y gritaban a los cuatro vientos sus penas. A Don Beirut le brillaron los ojos cuando vio a la infiel de Don Carlo… pero a Don Carlo, cuando vio a la infiel de Don Beirut, le fue completamente indiferente.
     El caso es, para no hacerles el cuento largo, a Don Beirut se le ocurrió hacer el intercambio. Él era de Durango, mientras que Don Carlo era de Arizona, ¿quién sospecharía de los asesinatos? Matarían a los amantes, y tratarían de reconquistar a sus mujeres sólo para que la venganza sea, aparte de dulce, duradera. Durar diez años vengándose es un placer inmenso, ambos lo sabían. Había que, sin embargo, limpiar su honra desapareciendo del planeta a aquellos imbéciles que habían osado acostarse con sus mujeres.
     Para Don Beirut, que siempre fue arrojado, no fue difícil exterminar al imbécil que se acostaba con la mujer de Don Carlo… Se llamaba Juan, y estaba cagando cuando Don Beirut, desde el otro lado de la ventana, le disparó con un rifle para cazar venados. Inmediatamente mandó un msj de texto a Don Carlo: «La mamá de Bambi ha muerto».
     Don Carlo, como sabemos por la película principal y por el refrito, se puso muy nervioso, porque a este tipo de personajes les va ponerse nerviosos. Es parte de la trama. Tienen un dilema moral que debe resolverse al final de la película. Dicho dilema crea la tensión en el espectador, al éste preguntarse si lo irá a matar o no. Sin embargo, sabía que estaba su honra limpia y que había que pagar el favor… Sabía que su esposa, esa noche, vería a su amante, precisamente en un hotel de Agua Prieta, así que la siguió, la vigiló, la vio entrar a un cuarto de hotel que tenía ventana a la calle. La cortina estaba cerrada. Don Carlo pensó, al diablo, tampoco me interesa ella… Vacío los seis tiros a las sombras excitadas que se movían al otro lado. Un revólver hermoso, de esos que le podrían volar el coño a las mujeres infieles. Se escuchaban los casquillos en el piso. Una orquesta de plomo y delirio. Y así cayeron al suelo dos cuerpos: el cuerpo de la esposa de Don Carlo y, al lado, el adiposo cuerpo sonriente de Don Beirut.

2012©

[1] Dice Leopoldo María Panero, y dice bien, que cuando alguien no te deja vivir, matarlo es un acto de defensa propia.

viernes, 11 de abril de 2014

Soledad I/II

Marcel Duchamp jugando al ajedrez con una modelo desnuda, la escritora Eve Babitz (fotografía de Julian Wasser, 1963)
La literatura está hecha de centímetros, de pequeños movimientos, de cambios; pero no cambios bruscos, sino minúsculos, de un segundo a otro; la muerte nos enseña que lo esencial son cosas de segundos, de brevedad y no de grandes tomos. La trama se desarrolla a partir de un ligero desplazamiento de peón en el tablero de ajedrez. Luego la ausencia. Luego la soledad. La ausencia es jugar sin nadie al otro lado del tablero, sin nadie que te distraiga a besos, a pláticas candentes, a chistes breves. La ausencia es un cepillo de dientes menos, una tanga rosa menos en el baño, unos aretes estrafalarios menos en la mesita de noche, un perfume menos en la alcoba. Un aroma que estaba y ahora no está; hay ciertos aromas, de mujer, de los que vale la pena inundarse los pulmones y cuando no están duele a pinceladas, el desplome es geométrico. Hay una resta de objetos que acaban objetivando la ausencia, así se siente que deja de ser un asunto subjetivo para convertirse en un asunto cósmico. El agujero en la boca del estómago que se forma con la ausencia, de repente se convierte en un agujero negro que amenaza con tragarse todo el Universo. Y luego están las sumas, más cerveza en el congelador, más libros de Jodorowsky, nuevos jobis, nuevos números telefónicos de chicas que sabes, a priori, que nunca llamarás, aumentan las masturbaciones por día y la inevitable tristeza que surge después de cada una. Triste, como un perro, después de eyacular. Luego la soledad. La soledad es quedarte viendo, por horas, como gotea el café en tu cafetera, el olor… Ver, contemplar también, las piezas del tablero de ajedrez: verlas hasta que dejen de significar ellas y, por lo tanto, también nosotros. La soledad es terapéutica. La soledad es la belleza de contemplar el Universo sin significados, en su presencia pura.

...

La mirada caía lentamente como una cortina de acero, como un muro del cual mis manos ya no podrías decir nada. No pronunciar nada es la ausencia que se disuelve como un cubito de azúcar ardiendo sobre una copa de absenta. Lo cual se asimila a la belleza, a la belleza de estar fuera del mundo; porque tú eras mi mundo, y desde ti significaba a todo. Quedarme sin ti es quedarme vacío de significados: una pantalla blanca, una pantalla negra: saturación del olvido. ¿No es acaso el negro un eufemismo de un blanco saturado? ¿Y no es el blanco un eufemismo de negro desintegrado infinitesimalmente? Del blanco al negro sin significados, mi espíritu como sumergido en un ajedrez cósmico. Esa es la belleza de tu Nada, en mi vida.
La cafetera goteando, las últimas partículas líquidas, rebeldes, aferradas al recipiente, pero te da igual. Tu indiferencia es magnánima y por eso te admiro y te repudio a la vez. Las gotitas tristes, resignadas, resbalan lentamente por tu garganta y desembocan en tu estómago, llagándolo como venganza.
El café, ingenua mía, intelectual de pláticas en espacios públicos y ridículamente abiertos, pequeña perdedora de cabecita hueca (¡si se puede poner un nido de urracas en tu cráneo!) (¡tu cabecita hueca sería una excelsa maceta de bugambilias!)… El café, mi amor, no es un juguete como lo quisiste entender tú; el café es el juego mismo y, por lo tanto, debes estar dispuesta a sufrir antes de jugarlo. ¿Qué cosas que valgan la pena no producen sufrimiento? El sufrimiento es la cara B del vinyl de este eterno disco musical que ha hecho agitar los huesos de nuestros tatarabuelos, y hará agitar los huesos de nuestros tataramensos. El sufrimiento nos hará bailar esquizofrénicamente hasta sacudirnos la estúpida vida con sus baladís velocidades.
Las manos como un tamboreo ritual, sacro, sobre la mesa; un ritmo que devela la neurosis de las huellas dactilares que tocan la huida, la potencial felicidad que habrá de venir al salir de esta jaula simbólica que he construido para ti, mi amor.
Las zapatillas, negras, con incrustaciones de diamantes de bisutería. Igual, sólo así puede ser el brillo humano: plástico, artificial, de bisutería. Aunque una ilusión que me alienaba me hacía contemplarte como una estrella con luz propia, la verdad es que brillas sólo a través de los otros (entre los cuales me cuento) por sus miradas, por sus elogios, por sus manos que te tocan, sus patéticas idealizaciones. Y hay verdades que nadie quiere ver. Nadie quiere decir que las mujeres también mean, cagan, vomitan, menstrúan, gritan y hablan y hablan y hablan sin parar. Hasta las mujeres más bonitas dejan el baño apestoso a toallas femeninas. ¿Por qué idealizar tanto? ¿Por qué pensar que son de otro planeta?
Las zapatillas, decía, como dos movimientos perpetuos que se alejan infinitamente dentro de la pupila de un Dios epilépticamente muerto. Dios estaba muerto desde antes que Nietzsche naciera; Dios estaba muerto desde que creó a tus primeros ancestros y por medio de una casualidad causal enferma hizo que nos conociéramos, cogiéramos y me abofetearas literal y metafóricamente. Tu mano se convirtió en un poema alado que se impactó contra mi hermosa cara. Así comprendí que lo que al final muere, estuvo muerto desde el principio.
Luego tu voz, como el ensueño de un demonio, como la alucinación de una mosca borracha. La voz subterránea, subdérmica, y que se expande como un rizoma por los nervios sin poder sígnico centralizado. Tu voz como una barca que arrastra el cadáver del que fui por el inframundo; Hades canta a través de tu voz profunda y triste como un tango, bohemia y poética como un bolero. Hecatombe. Tu voz tan musical que pareciera que mi corazón (y el cosmos) tiene orejas, y sólo escucho tu voz a través de ellas, de esas orejas que he construido en mi corazón para escucharte desde allí. Tu voz que me habla desconcentrándome para este relato:
«¿Qué tanto escribes? Estás bien loquito, pero me gustó pasar la noche contigo. Te dejó mi número, llámame por favor. Me llevo una concha»

2012©

¿Le temes al poema?

by Zhang Xiao Bai©


No te culparía;
en otra ocasión intentaron matarme
con un poema y muchos huevos.
si doblas el poema lo suficiente
las esquinas son como navajas

uno solo podría abrir
tu yugular
y caerían tus secretos
al suelo

ya veo tu rostro desnudo
de monstruo
una bestia
un pervertido
una putita
un insecto pequeño
un insecto grande
todos estamos en la misma telaraña

la telaraña se llama Estado
(o religión o moral o pendejadas
de ese tipo)
y los insectos pequeños quedan
inexorablemente atrapados
y los insectos grandes
la rompen:
es la ley de la vida

todo se trata de puertas
abiertas cerradas
todos estamos heridos de puertas
abiertas cerradas
y todos tenemos (o deberíamos tener)
botellas
abiertas cerradas
droga depresión sumos collares
pistolas
un almacén al final de la avenida
donde se acuesta junto a los perros
nuestra pulgosa alma

no te culparía
a mí me intentaron matar con uno
y era bueno el hijo de puta
las asesinas se lo saben
los asesinos se lo saben
la mierda mezclada con besos
los versos mezclados con cianuro
la triste alquimia
del cadáver de dios

una cucharada de espíritu
con raticida
y las luces de la ciudad
atropellando mi mirada

las nubes son kamikazes
y caen ángeles heridos
a nuestras entrañas

"no calientes la tortilla
hasta ver los frijoles"
-dijiste.
tu voz era partida por un rayo
y el gas butano de tu aliento
seduciendo hadas

el esperma seco en el suelo
y las paredes
con un póster de Nick Cave
somos semillas del mal
y caminamos arando la tierra
para que esté suave
para hacer el hoyo profundo
y es que somos tan hijos de puta
que queremos escapar de nuestro funeral
como huyendo de un mormón

pero no siempre tendremos agallas
para patearle el culo
al destino

aún muertos
somos semillas del mal
y brazos y piernas
y cráneo y corazón
y espíritu y poesía
florecerán
porque somos insectos grandes
insectos duros
y rompemos telarañas

y sí,
entiendo tu miedo:
hay que ver la araña a los ojos
y aplastarla con los dedos.

2010©

viernes, 28 de marzo de 2014

La fantástica historia de la chica Diamante Loco y el Buda Pervertido

Michael Maier - The final cut

Primer capítulo: la irreductible certeza de la estructura del caos.

¿Qué es el amor? –dijo ella.
Del amor sólo conozco las consecuencias, la sangre sin la herida –concluyó él.
Ambos somos signos –dijo ella.
Amos somos signos –dijo él- tú eres un signo lingüístico, yo un signo gestual y engendramos el lenguaje de este Universo.

Mientras tanto, una estrella, con su lupa, los miraba.

Segundo capítulo: lo que no soy, lo que no seré, lo que no fui.

Escribir también es mostrar los huesos, ser una metáfora de la muerte. Escribir es confeccionarte un vestido de letras para quitarte todos los demás vestidos.
La poesía también es como el amor: enjambre de luces en las venas. Soñar con tus labios, hacerlos crucigrama y tratar de resolver el enigma con versos.

No soy superman ni Diablo Guardián,
ni charanda ni champán.
Soy alguien más divertido
puedes llamarme el Buda Pervertido.

Tercer capítulo: puntos suspensivos.

Cuarto capítulo: las inmensas preguntas.



Muchas veces nos preguntamos equivocadamente –dijo Buda.
Preguntas equivocadas a veces dan respuestas acertadas –dijo la chica.
-Una pregunta te puede matar
-¿Qué pasa con el arte?
-Responde a preguntas que nadie formula.
-Yo pienso que el arte es una pregunta también
-Tenemos poca información y con eso vivimos…
-¿Me quieres?
-Con toda el alma…
-¿Qué es querer?
-Pregunta equivocada…
-¿Qué es tu alma?
-Un cubo sin lados.

El sol se hundía poco a poco en las pupilas de ella; ráfagas de sentimientos excitados levantaban su falda con una lengua eólica. El silencio dejo de ser barrera: se hizo filtro. El puso una canción de Nacho Vegas y empezó a mover su barriga para allá y para acá, en aquel día caluroso, dentro de aquel auto.

Quinto capítulo: la mejor escapista no escapa de la mejor trampa, pero la mejor trampa sí escapa de la mejor escapista.

(Si vas a mentir al menos ten buena memoria al hacerlo)

Capítulo sexto: desfragmentación dermonáutica.

(Los labios: a veces los labios, suspiro de ángel delineando contornos, vaho de sueños que se inyecta directamente al corazón; flujo estelar. La mirada: Universo dentro del ojo –el amor-, mundo dentro del ojo, ojo dentro del ojo; la imagen cayendo como una hoja de otoño dentro de la pupila; vals de fractales sinfónicos que anidan en circunferencias insospechadas; también el canto, aquel eco de entrañas que supone, ingrávida, la mirada. El cuello: espuma de ola de mar que guarda los secretos del mundo, conexión, frontera, filtro, manantial incesante de soles radiantes. Los brazos: femeninos, tiernos, sueltos; figuras pictóricas que apuntan a vértigos endulzados de instinto, radiografía crónica. Los senos: epistolarios de tierna carne, ciudades térmicas asfaltadas de tatuajes, crepúsculos frescos; los pezones envueltos en mi aliento de tormenta eléctrica, sensaciones que ensayo con la punta de la lengua en la punta del seno, fotografía del gemido, mordida, libido. El vientre: la contradicción, el calor, el choque, el reconocimiento, la intersubjetividad de verbos desfilando bajo su propia navaja. El pubis: intermitente, cada una de las neuronas se vuelve lengua para lamer las orillas, las paredes de aquella cueva platónica; pero también el clítoris (como un revólver peligroso) solicitaba mi presencia y rendición; vaivenes, eclipses, poemas; el cuerpo –tú- electrificado con mi sustancia secreta. Los muslos: cinematográficos, lúdicos, inconscientes, mágicos; territorio de poeta, un mano transparente que se desliza –amor, la gente lo llama amor- con onirismos y cinismo. La gente es, la gente no es. Nosotros somos eclipse musical y pregunta, partículas de luz mientras el amor nos licua dentro de su boca)

Capítulo séptimo: El novedoso sistema post-mortem.

- Yo estoy muerto
- ¿Cómo que estás muerto? Yo te veo aquí muy campante.
- ¡¿Ahora necesito tu permiso hasta para estar muerto?!
- No; lo que necesitas es morirte…
- ¡Te digo que me morí!
- ¿Entonces qué haces aquí y no bajo tierra o incinerado?
- Lo que pasa es que no recibí invitación a mi funeral y yo no voy a ninguna fiesta sin ser invitado.
- Ah mira… Vas perdiendo tu sentido del humor.
- Lo que se va acabando es el amor
- Mmmm
- ¿Mmmm?
- ¿Y las fiestas sorpresa?
- La única sorpresa es que no hay sorpresas.

2011©

domingo, 12 de enero de 2014

El poeta cuando era poeta.

Joel-Peter Witkin - The Poet©


El poeta cuando era poeta
se subía al toldo de las patrullas a mear
en lo que declamaba poemas de Sabines.
Reventaba botellas de cerveza vacías
contra las tumbas, menospreciando la muerte.
El poeta cuando era poeta
pedía siete al pastor con todo, una victoria,
y le ponía mucha salsa a sus tacos.
Lloraba muchísimo por los amores perdidos,
tanto que se anunciaron, por esos días,
inundaciones en Morelia.
El poeta cuando era poeta
inhalaba cocaína del culo de travestís
nalgas miadas, chochos prietos.
Tomaba cantidades industriales de charanda
y se iba por las calles buscando
un cigarro a medio acabar en el suelo.
¡Qué suerte tener un vaso de charanda
y un cigarro a medio acabar con la saliva
de quiénsabequién que él imaginaba
saliva de mujer hermosa!
El poeta cuando era poeta
sobrevaloraba el sexo y las relaciones sociales,
le parecían demasiado importantes los libros.
Sofocaba con su rabia las peregrinaciones,
se subía a los edificios altos de CU
a gritar que el duele chingao, le duele la puta vida.
El poeta cuando era poeta
se saltaba las bardas para que se le rompieran
los pantalones, o se le rompiera la cabeza.
Le daba vergüenza su pene pequeño,
pero más vergüenza le daba su alma enorme.
Le daba vergüenza su cabeza rota
pero más vergüenza su espíritu remendado.
El poeta cuando era poeta
le pagaba a las teiboleras sólo para preguntarles
cómo se sentían, qué querían de su vida.
Soñaba con un mundo de respeto
donde tu novia no se acuesta con tu amigo,
donde no te dan puñaladas por la espalda.
El poeta cuando era poeta
despreciaba la vulgaridad, ¿por qué puñaladas?
¿Acaso no hay métodos más sofisticados de homicidio?
¿Por qué la espalda? ¿No hay otras partes más vitales?
Se hacía muchas preguntas
y se las sigue haciendo... todavía.

Maravatío, 2014©

Poema a la chica que corre (La chica del suéter verde)

Joseph McSween© - (2H)


La chica del suéter verde
es tan bonita
que el poema porno
se lo tendría que escribir
en puras onomatopeyas.
Y cuando corre
es como si el universo desapareciera
porque todo es absurdo
al lado de su belleza.
Si la pudiera tocar, estoy seguro,
mis manos se convertirían
en pétalos de rosas.
Pero chica del suéter verde,
antier traías un suéter rosa,
hoy traes un suéter guinda,
¿qué locura es ésta?
Maldigo a los reyes magos
que te trajeron suéteres nuevos

Maravatío, 2014©