lunes, 16 de septiembre de 2013

MICROFICCIÓN. Caimanes.



—¿Sabes cuál es tu realidad? Le preguntó su padre. 
    Su padre era un cuerpo de vísceras fluorescentes. 
—Mira cómo vienes, dijo el papá sin esperar respuesta a su primera pregunta.
    ¿Cómo se ve uno a sí mismo? ¿Desdoblando el ser hasta verse a sí mismo como un ente ajeno?  Su realidad era un desierto de pétalos de rosa. Su realidad era un poema infinito. 
—¿Para eso te educamos tu madre y yo? ¿Para que andes de vago, drogado, perdido y con tu sonrisa idiota? Preguntó su padre enfurecido, más enfurecido al ver que el otro no le contestaba.
—Mi madre y tú me educaron para ser un asesino serial. Lamento decepcionarlos. Pensó en decir. Pero no dijo nada, sólo sonrió por el pensamiento que había pasado por su mente.
    No había otro tipo de sonrisa que la idiota, pues sólo un idiota podría reírse en medio de una fosa séptica. Sólo un idiota baila debajo de la lluvia ácida, pues no hay otra manera de bailar. Sólo un idiota se apuesta la vida en un beso, pero no hay otra manera de amar. Sólo un idiota escribe cartas de amor, sólo un idiota las recibe. Sólo un idiota sabe sonreír porque, aunque no sabe mucho, sabe que llorar no tiene mucho sentido. 
—Eres hermoso, dijo el muchacho.
    Su padre estaba paralizado, no sabía cómo interpretar lo que su hijo le decía. Ya vencido, sólo alcanzó a decir:
—Date un baño y descansa, cuando te bajes del tren hablamos. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario