martes, 17 de septiembre de 2013

MICROFICCIÓN. Pintar el Aleph.





He notado sobretodo que respirar es una trampa: muchos ven la trampa en la publicidad, otros en el lenguaje, unos más en la semiótica: que abarca desde la mímica. Pero yo veo la trampa en el simple hecho de respirar, en la existencia biológica. vivir es una cárcel, es estar constantemente de espaldas al pabellón de fusilamiento. Pero en medio de tanto rito caótico he encontrado una formula que va más allá del bien y el mar. 
En primer lugar les digo que soy pintor, no muy bueno, más que nada mediocre. Sin embargo, por azares del destino (y una novia bibliófila) conseguí el Aleph de Borges, leí el cuento que le da nombre al libro y cambió mi vida. Desde entonces me dedicó a buscarlo, el Aleph, pero más que eso, me dedico a construirlo, de ésto último me di cuenta a través de la imposibilidad de lo primero. ¿Cómo buscar el punto aquel a través del cual pueda verse todo? A través del infinito, y el infinito nunca es una suma, siempre es una resta. Con premisas de este tipo, se me hizo prudente preguntarme por un principio moral, pero tal principio pierde importancia frente al infinito. Les digo que su moral es un invento finito hecho por finitos (no refinados, sino mortales.) En el infinito (el sin-tiempo) toda noción moral pierde sentido. Así, sin remordimientos ni dudas, creé el punto de fuga en mis pinturas y a través de mucho experimentar lo vi: con la cualidad, por demás sobresaliente, de que esta pintura me traga, me absorbe, y no sólo veo todo, sino que lo vivo todo. Mi mente y mi cuerpo quedan destrozados después de cada viaje al centro del cosmos, sin embargo, siempre quiero otra dosis. 
Así he venido a parar a este centro psiquiátrico (yo prefiero llamarlo centro de rehabilitación para psiconautas) porque dicen que estoy loco. Me han quitado mis pinceles y pinturas, estoy hecho un desastre: quiero pintar, me quiero perder, para que mi vida valga algo, para que tu vida valga algo, para que el tiempo y el espacio valgan nada y entonces, sobre ese desierto, florezca esa mirada sabia con la que firmo cada cuadro, sabiendo que no vale nada para esta vida, sino sólo para quienes podemos contemplar el Aleph

MICROFICCIÓN. Su novio es un monstruo.



Hay una verdad que, por evidente, parece inverosímil; todos la rechazan y se aferran a hacer de sí el modelo universal. 
Si es propio de los deficientes, de los cobardes, de los débiles, de los pendejos, mostrarse a sí mismos como modelos de universalidad, es porque, en el fondo (y hasta en la superficie) saben que su vida no vale nada, necesitan a alguien que los siga para que su presencia tenga sentido.

La verdad de la que hablo es ésta: nadie puede ver a través del ojo ajeno. 
Por eso cuando a ella le decían tú novio es un monstruo, besas a un monstruo, 
ella sólo sonreír y les replicaba «son imaginaciones tuyas». Tenía un poco de escamas, es cierto, pero no existe macho perfecto. Sólo sus besos, sus consecuencias. Así es como ella aprendió la esencia del amor en poco tiempo: no importa la causa, sino las consecuencias. O dicho de otra manera: importa la calidad de la sensación, no la apariencia de quien la produce. Y si de algo estaba segura, y si de algo tenía conocimiento era de que estás sensaciones eran de alta calidad.

lunes, 16 de septiembre de 2013

MICROFICCIÓN. Caimanes.



—¿Sabes cuál es tu realidad? Le preguntó su padre. 
    Su padre era un cuerpo de vísceras fluorescentes. 
—Mira cómo vienes, dijo el papá sin esperar respuesta a su primera pregunta.
    ¿Cómo se ve uno a sí mismo? ¿Desdoblando el ser hasta verse a sí mismo como un ente ajeno?  Su realidad era un desierto de pétalos de rosa. Su realidad era un poema infinito. 
—¿Para eso te educamos tu madre y yo? ¿Para que andes de vago, drogado, perdido y con tu sonrisa idiota? Preguntó su padre enfurecido, más enfurecido al ver que el otro no le contestaba.
—Mi madre y tú me educaron para ser un asesino serial. Lamento decepcionarlos. Pensó en decir. Pero no dijo nada, sólo sonrió por el pensamiento que había pasado por su mente.
    No había otro tipo de sonrisa que la idiota, pues sólo un idiota podría reírse en medio de una fosa séptica. Sólo un idiota baila debajo de la lluvia ácida, pues no hay otra manera de bailar. Sólo un idiota se apuesta la vida en un beso, pero no hay otra manera de amar. Sólo un idiota escribe cartas de amor, sólo un idiota las recibe. Sólo un idiota sabe sonreír porque, aunque no sabe mucho, sabe que llorar no tiene mucho sentido. 
—Eres hermoso, dijo el muchacho.
    Su padre estaba paralizado, no sabía cómo interpretar lo que su hijo le decía. Ya vencido, sólo alcanzó a decir:
—Date un baño y descansa, cuando te bajes del tren hablamos. 

MICROFICCIÓN. El lunes que devino asesino.



— Yo no soy lunes, dijo el Martes.

— Yo no soy lunes, dijo el Miércoles.

— Yo no soy lunes, dijo el Jueves.

— Yo no soy lunes, dijo el Viernes.

— Yo no soy lunes, dijo el Sábado.

— Yo no soy lunes, dijo el Domingo.

Todos haciendo notar no tanto que ellos eran otro día, sino que ellos no eran Lunes. Porque el Lunes es discriminado, es homosexual, es judío, es negro, es mujer, es campesino, es pequeñito, es flacucho, es enfermizo, usa anteojos. 
Desde niño, nadie lo elegía para su equipo a la hora del recreo. Un día Lunes compró un revólver para suicidarse, temblaba de rabia y sus lágrimas empañaban sus anteojos. Estaba harto de tanta discriminación... Entonces un sonido de pájaro, al otro lado de su ventana, le avisó que aún había posibilidad de redimirse: salió de su casa, con el revólver en la mochila. Encontró a Jueves inyectándose heroína en un callejón, le disparó limpio, en el centro del cráneo. Los sesos de Jueves dibujaron una mariposa rosada. Los labios le temblaban de muerte y espuma, rabioso quedó el cuerpo estúpidamente inservible.
Encontró a Sábado cogiendo con Miércoles en un hotel de paso, pese a que Sábado era esposo de Viernes; disparó a Sábado, hiriéndolo en un brazo, Miércoles soltó un alarido aún con los pezones húmedos por la antigua saliva de Sábado.. A Lunes le molestó tanto el alarido que le disparó cuatro veces... y el tiro que le quedaba fue para Sábado.
(Otra mariposa de sesos, gotas de sangre a la Pollock sobre las sábanas, sombra refleja por la lámpara del buró. Música en un reproductor.)
Llegó la policía y atrapó a Lunes, ese niño del barrio con el que nadie había querido jugar, pero juró regresar para matarlos a todos, menos a Domingo que (astutamente) era su abogado.

sábado, 7 de septiembre de 2013

Pensé en escribirle una novela


Posiblemente nadie me lo crea. Posiblemente después de tanto tiempo ni yo lo crea, lo cierto es que te conocí y dijiste que eras una mártir, que rezarías por mis pecados y te masturbarías con un rosario en la mano con tal de ser absuelto de mis pecados. Ella decía que no sabía si estaba resfriada o es que tenía una verga atravesada en la garganta. 

(Yo pensé en escribir una novela acerca de ella.)

Cuando la conocí ella me decía que soñara con su cadáver aún caliente, al que me podría coger como a una muñeca de trapo. Ella me contaba sus sueños en los que tenía pene y el chico con el que estaba tenía un puvis túpido de pelo. Me contaba cómo le metía la verga a ese tipo, y que despertaba con ganas de masturbarse y, sin embargo, al despertar se daba cuenta de que no tenía pene sino vagina. Ella decía que se acordaba de mí cuando veía a Barney y sus amigos, porque era culera a más no poder. Pero también solía decirme que quisiera ser mi hija y que me la cogiera salvajemente mientras le decía al oído que era una putita, que se había portado mal, que habría que disciplinarla. 

(Pensé en escribir una novela acerca de ella.)

Me cuenta sus sueños, de una vez que soñó con las tetas de su maestra de idiomas y cómo después, por azar, se las vio y sí eran exactamente igual que como las había soñado. Esa chica una vez me puso la webcam para verla orinar sobre un vaso de Michael Jackson, de esos que regalaba la pepsi en un tiempo. En otra ocasión me dijo que estaba lactando y que le latería ponerme pañal y darme chichita. Decía ser más guarra que los albañiles y que si fuera su hijo me daría caramelos sólo si le comía toda la papaya. ¿Quieres batirme los frijoles? me preguntaba y sonreía. Luego nos escribíamos guarradas en inglés, porque ambos estábamos estudiando inglés. Ella me preguntaba que si me había dejado la verga alguna vez como helado, y le pregunté qué cómo era eso, me dijo que con dos bolitas de caca o que si me la cogía muy rudo hasta con algo de chamoy. Después me leía los poemas que le escribía (¡le he escrito muchos!) y me decía, hazme sufrir, hazme sufrir mucho. 

Hoy ya no está más en mi vida. La conocí en un hospital y creo que esas amistades nunca terminan bien. De todos modos, A, quiero que sepas que probablemente te escriba una novela.