lunes, 26 de agosto de 2013

Universitario con argumento ad passio



La gente dice que exagero mis recuerdos, que alargo el tiempo, que achico la distancia, que soy un emperador de la metáfora y el mito. Puede que sea cierto y puede que no. Lo que digo es verdad, al menos del único tipo de verdad posible: verdad subjetiva. 
Se daba el caso que esperaba a una feminista mal encarada que era mi maestra de epistemología. A las feministas les encanta el tema de la dignidad de la mujer, por eso aprovecha la menor oportunidad para tachar de falocéntricos a algunos de los grandes pensadores de la historia, sin sospechar que así hace indignas a las mujeres y a ella misma por ponerse en semejante situación de patetismo. Sin que viniera al caso, despotricaba contra los grandes genios de la historia, todos hombres, todos valientes, todos seres humanos que asumieron su vida y no se dedicaron, como idiotas, simplemente a culpar a los demás de los fracasos personales. Hay que conocer a las feministas más aguerridas para saber que su batalla está pérdida, que es una perdida de tiempo y una estupidez querer igualarse con algo tan inferior como un hombre. El feminismo es la antropología moderna, me decía cada que mi valiente profesora salía con una opinión propia y no referente al texto. Y la antropología debería ser una rama de la entomología, concluía y reía para mí mismo o para algún compañero, regularmente pacheco, que se reía de todo y era empático con todos. 
Por un azar de Saturno, llegué quince minutos antes de la hora de clase. Mi costumbre, pese a ver el salón vacío, es sentarme hasta atrás del salón. Primero porque con mi 1.90 mts de estatura, hasta adelante estorbo y segundo porque desde atrás tengo una vista periférica de todo el salón, lo que me permite estar tranquilo de los nervios, cosa de la que sufro mucho. Tan privilegiada ubicación me permitió pasar desapercibido cuando una compañera llegó. Estaba empapada, había comenzado a llover apenas había entrado yo a la Facultad. Ella llegó diez minutos después, aún faltaban cinco para que la clase comenzara, la vi de reojo porque estaba leyendo un libro de Xavier Villaurrutia. Luego, por descuido o mecánica divina, la chica se quitó la blusa. Era una chica morena, delgada, con chinos; vi la línea de su espalda recorrida por un rayo de sol que luchaba contra la lluvia con tal de acariciar aquella piel. Escampó y salió el sol de lleno. La lluvia fue fuertísima pero breve, como los grandes amores. Efímera pero necesaria. Así que vi su sostén casi innecesario para sus pequeños pechos y sus pezones erectos. Atrás de ella la luz la hacia parecer demiúrgica, una imagen contrastada entre la luz y la sombra, una lucha entre los dioses y la carne; la carne ganaba, me dije, pensé. Ella se sorprendió al verme, pero su sorpresa duró muy poco al ver mi cara de idiota (Dostokorosawinia) al mirarla y siguió poniéndose la blusa que traía de repuesto, pero ésta vez despacio, coqueta. O no lo sé, puede que el tiempo sólo se haya detenido en mi conciencia. 
¿Qué lees? Me preguntó. Le dije. Casi yo no sé nada de poesía, me dijo. No seas mensa, es cosa de que te veas desnuda al espejo, lo pensé pero no se lo dije. Estuvimos platicando hasta que pasaban más de veinte minutos para que iniciara la clase. Como era común en la Facultad: la maestra feminista no llegaría, estaría en alguna marcha o defendiendo alguna injusticia social -insertar risas grabadas-. Nos daba igual, lo que lamentábamos era haber ido y no enterarnos de que no iría, cosa que nuestros demás compañeros sí hicieron porque no llegó ninguno. Sólo estábamos allí los dos como idiotas (esta vez idiotas a secas) esperando una clase que nunca llegó, pero llegó algo mejor: ella y su exquisito ¿descuido?
Me dijo que vivía en la Casa del Estudiante y que su novio casi no la pelaba, y tal vez, como dijera Forest Gump, no seré muy inteligente pero sé que cuando una mujer dice eso es porque tiene algún interés en ti. Se pone en el papel de dama indefensa, en espera del rescate del hombre que "vale la pena" aunque regularmente éste héroe es más canalla que el novio mismo. El caso es que la chica quiere ser rescatada y no serías un caballero si no la invitas al modesto cuarto que rentas, a ver películas y echarse una chela. Eso hice, ella aceptó. 
Estuvimos platicando sobre las clases, los maestros que nos caían bien y los que detestábamos. Coincidíamos en muchos, pero no en todos. Ella era una chica que se había metido a Filosofía para conseguir la matricula y luego simplemente cambiarse de carrera; antes la Facultad tenía fama de aceptar a cualquiera, pero yo vi muchos que se regresaban por donde vinieron. La chica no era precisamente estúpida, pero sí era algo tonta. No sabía de música, ni de cine, ni de literatura. Luego salió el tema de su pobreza y no es que yo fuera rico, pero me alcanzaba bien para vivir y de vez en cuando darme una cervecita o dos o cuarenta y ocho. El caso es que, en los albores del alcohol, le di un un trago tan largo a mi caguamón Indio que se bajó hasta la mitad y ya envalentonado le propuse que se acostara conmigo por dinero. 
Se indignó, como nuestra maestra feminista de Epistemología les había enseñado, pero no se levantó ni hizo señas de querer irse. Quería que la convenciera, que su novio era un pendejo, que no la merecía y que de todos modos no se iba a enterar, que el dinero le vendría bien, que le ofrecería más pero no tenía, que siempre le he tenido ganas, que estaba hermosa y que era una de las mujeres más bonitas que había visto en mi vida. Exageré, era fea y muy delgada, pero su cuerpo tenía cierta geometría oculta que de verdad me excitaba y además pagaría lo que fuera por verla, de nuevo, quitarse la blusa frente a mí. Esa era la verdad de mi discurso: hubiera pagado lo que fuera. Ella que no, yo que sí. Yo que la besó, ella que se deja. Y así sucesivamente.

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