miércoles, 28 de agosto de 2013

La reliquia.


¿Qué podría haber en el cofre? 
Porque ella vino y la noche vino y la sombra vino. Por eso y por mi curiosidad se me hizo pertinente y hasta necesario preguntar. Óbolo el lápiz, óbala la hoja, óbola la pregunta, óbolo el discurso. La sombra de la palabra cayó en la mirada como un verso afrancesado y, a la vez, como el canto de un gitano que, igual que San Pablo, no sabía hasta donde llegaría su voz. 
Los gitanos son errantes. Los gitanos son errantes como los cuchillos -me repetía. 
Mi voz rebotaba contra las paredes de mármol. Mis manos estaban sobre la mesa y cantaba alegre mientras me pasaba un cuchillo entre los dedos. Me clavé el cuchillo en un dedo y empezó a salir la sangre como saldría el champagne; luego el grito, luego la sangre espesa y negra; así era yo, como mi sangre, y la huella que dejaba sobre la arena era la de un nocturno animal. 
Una herida no es nada en este teatro de sombras -dije riendo. 
Un dedo decapitado, un dedo brujo. Izado el canto del animal nocturno; bebí el vino de sombra y me pareció ver al universo entero en su espuma. La anciana levanto la reliquia, pronto todos despertaríamos. 

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