miércoles, 28 de agosto de 2013

Los ocho ejercicios fundamentales que propone Alberto Chimal.

EL AMARGADO. Primer ejercicio.  

No sé si soy un rechazado, o yo mismo me autorechacé. No sé si soy un misántropo, un antisocial o un necio. No sé si enaltezco los valores de la soledad porque me gusta estar solo, o si me gusta estar solo porque enaltezco los valores de la soledad. Esas cosas que en apariencia son las mismas, tienen como punto de partida la ideología y/o la acción. Me gusta leer autores solitarios, misántropos; pero no sé si de hecho comenzó primero mi gusto por este tipo de escritores, o si primero efectivamente empezó mi gusto por la soledad. Lo que sucede es que no me gusta ir a fiestas, primero porque no sé bailar, segundo porque necesito una cantidad extraordinaria de alcohol para tolerar a muchas personas cerca. Y tampoco me gusta beber tanto, ya no, porque el cuerpo va reclamando y uno que siempre fue rebelde, tiene que empezar a obedecer a sus articulaciones y sus huesos. No fui a la fiesta y no me encontré con un montón de gente, en la multitud pudo haber estado el amor de mi vida o de mi muerte, en la multitud pudo haber estado mi asesino. Pero no fui, y sigo aquí absurdamente vivo. De todos modos quiero hacer notar que nada de esto es importante para mí, no excesivamente, pero algo tenía que escribir para continuar con mi taller de escritura.

ELLA DICE. Segundo ejercicio. 

Ella dice que bailar es soñar con los pies. Ella dice que nadie la verá llorar. Ella dice que nunca lo vio llorar antes. Ella reseña la luz de la luna cada noche en su cartografía de recuerdos. Ella fue a una fiesta de quince años, bebió, comió y bailó como muchas otras veces; ella que se había doctorado en diversión, no se divirtió. El acto de bailar es una etérea delicia para ella, es como respirar, un movimiento de sensaciones en colisión. Es igualarse con el movimiento del universo, ser más que el universo; los pies son como colibrís oníricos dentro del corazón del tiempo. Ella no lo disfrutó, su actividad favorita. Ella dice que el corazón es un músculo en oferta, que si no late revienta. Ella dice que este cementerio no es serio. Ella dice que si nos pintan como unos huevones no lo somos, y que viva México cabrones. Ella nunca había visto llorar a su papá. Ella dice que su tío Marlon se fue a vivir al barrio que hay detrás de las estrellas, ella dice que a su tío Marlon le gustaba Pink Floyd y no quería ningún obstáculo para nosotros. Ella dice que el tío Marlon se sabía las coreografías de Juan Gabriel. Ella dice que nunca vio llorar a su papá, que no debería llorar, o que tal vez sí para purificar el alma. Ella dice que hay que ser optimistas, que aunque sea de lágrimas, el vaso está medio lleno. Ella es como una estrella violeta en el firmamento y sabe que vendrán noches en las que volverá a soñar con los pies.

DIGO. Tercer ejercicio. 

Digo que bailar es soñar con los pies. Digo que nadie me verá llorar. Digo que sólo tiene derecho a ser arrogante el que tiene con que defender su arrogancia. Digo que nadie es tan bueno como yo. Digo que nunca había visto llorar a mi padre. Digo que Marlon murió y yo toqué "Imagine" en la guitarra para decirle adiós. Digo que no le he llorado nunca a Marlon después de eso. Digo I wanna be your wolf. Digo que puedo explicarlo todo. Digo que el cine de arte me aburre y prefiero una película comercial. Digo sí por favor, sin salsa, Dios no existe, el amor es una mierda, el fuego es la única realidad en este mundo de cenizas. Digo que siempre amé bailar y ahora bailo como un autómata; ya no existe lo etéreo, el sueño, la narración fantástica. Mis adentros son un desierto, también digo, soy como un cactus moviendo los pies. Digo que nunca había visto llorar a mi padre, me quedo a su lado como un perro fiel. Sólo así sé querer, como perro fiel. Me quedo mirándolo, abrazándolo, me quedo sin decir nada. No digo nada, tengo un amplio vocabulario y ninguna palabra se asoma. Digo que bailar es soñar con los pies, que ahora es pesadilla. Digo que nadie me verá llorar. 

EL ÚLTIMO UPPERCUT. Cuarto ejercicio. 

Sé que en su momento recibí tantos cumplidos, porque no querían ver mis fauces de bestia. Uno elogia al otro, para hacerlo tolerable, para que su presencia apeste menos. A mí me gusta el pulque, señor. Me gusta echarme unos tragos con mis amigos, y si es que gané la pelea, les invito un litro de pulque para que celebren conmigo. Y allí me duermo, en la cantina, sobre la mesa, o en la calle o en la casa de algún amigo. Cuando hay suerte, señor, me quedo con alguna concubina, porque uno es hombre. Y si tengo esposa, y si tengo hijos, eso no me importa, porque yo no le importo a ellos. No me comprenden. Yo pocas veces veo la televisión, es un lujo que no me puedo dar, pero cuando la veo dicen que la familia es lo más importante; yo pienso que esas son puras mamadas, señor, para mí lo más importante ha sido rajarme la madre. Y tengo huellas de eso por todo el cuerpo, ¿no? ¿ve usted estas cicatrices de aquí? me las hizo el "destroyer" Pérez, ese pendejo a puro cabezazo se iba. Le dije que mejor se metiera de futbolista, porque a la selección le hace falta un buen rematador con la cabeza. Si a uno le gusta usar la cabeza, se mete de pensador o de futbolista, no sé ni qué decirle, pero uno no se mete de boxeador, aquí se usan los puños y el corazón. Se trata de tener los huevos bien puestos y también, pa' qué les voy a mentir, se trata de aguantar chingadazos, señor. Uno no da, también recibe; he recibido muchos chingadazos, señor, pero no me caigo y si me caigo me levanto y sigo peleando, a veces chillando, porque uno también chilla de coraje, de frustración, de tristeza, uno chilla porque este mundo es una mierda, porque de repente uno es como el payasito de esos pendejos que están en primera fila esperando que les caiga un diete de recuerdo. 
Yo me llamo José Pantaleón Dávila, señor. Soy un boxeador amateur. Pero uno no sabe, uno un día hace sombra y otro día es pura sombra. A uno lo alaban, le dicen que es chingón, que pega duro, que uno podría llegar a ser campeón; pero las palabras están vacías igual que todo lo demás, las palabras se dicen para no ver la verdad. No querían ver a la bestia, los elogios y también los insultos. También esos, señor, nos insultan para poder vernos como humanos. No ven que uno no nació como hijo de Dios, uno nació escupido por la suerte, uno es un gargajo del azar. No tengo casa, pero este pueblo es mi casa; puta madre, aquí consigo mi alcohol. Igual ya no peleo, ya no tanto como antes, pero me sigo fajando, o eso pensaban todos. Si me traen a cualquiera de esos chamaquitos que ya se creen más que uno por ser otros tiempos, los tumbo de un chingadazo, yo, Panta, a mis 60 años. Todavía soy cabrón, pero ni tanto, señor, ya no me puedo parar. ¡Puta madre! ese uppercut fue fulminante. Dicen que ya estoy muerto, señor. Y en el periódico dicen que soy un fiambre, y la verdad eso sí calienta, no sé mucho qué significa, pero se oye re gacho, señor. Uno es alcohólico pero tiene su dignidad. Ojalá uno supiera qué reportero va a narrar la muerte de uno, nomás para ponerle en la madre desde con tiempo.

LA INSOPORTABLE LEVEDAD DE BUÑUEL. Quinto ejercicio

Hay un dicho que posiblemente sea universal, pero sobretodo nos lo dice nuestra madre para que no metamos las narices donde no nos llaman; el dicho es, pues, “el que busca encuentra”. Hemos encasillado una y otra vez a Buñuel, sobretodo se le dice surrealista y se busca, en consecuencia, el surrealismo en todas y cada una de sus películas. El que busca encuentra y quien aquí quiera ver surrealismo, lo verá. Sin embargo, antes de que Roberto Bolaño también, en su novela Los detectives salvajes, tomara al DF como lugar propicio para que surja el realismo visceral, ya Luis Buñuel lo había filmado.

Apenas al principio la voz transparente de la narración homologa a la ciudad de México con las grandes urbes mundiales. El denominador común: la miseria. En primer lugar habría que discernir lo que significa esta aclaración inicial: el universalismo, la podredumbre humana llevaba a proporciones cosmológicas. El pesimismo que no lanza un problema social con esperanzadora solución, sino la realidad directamente extraída de las entrañas de la bestia humana que todos somos. En otras palabras: no se plantea una crítica social como lo haría, por ejemplo, un periodista, para que las autoridades correspondientes lo solucionen. Luis Buñuel es un artista y ha demostrado, más de una vez, que le gusta habitar el lado oscuro de la luna.

Una película excepcional para los de estómago fuerte; aquellos que pueden ver de frente el vértigo sin sentir apenas las pulsaciones de una muerte que no deja, la muy perra, de mordernos los huesos. Aquí se apuesta la sangre y se respeta al que gana, como dice el legendario José Alfredo Jiménez, porque acá en México la vida no vale nada. (Y tampoco que valga más en otro lado, contemplar lo esencial nos enseña que el país no importa cuando la lucidez nos mina las esperanzas.)

El Jaibo sale del bote (cárcel) y se encuentra con sus cuadernos (amigos) para armar la pachanga (fiesta.) El Jaibo, como muchos aquellos que han sido enjaulados, salen de acuerdo a su condición, como animales salvajes buscando la venganza que pueda curar al alma y sanar el espíritu, o al menos desahogar la hiel que uno va acumulando con los puños apretados cuando está en la sombra (cárcel.) El Jaibo se despacha (mata) al Julián que fue el soplón culpable de que a él lo metieran al bote, mientras tanto Pedro ve el asesinato y no dice nada.

(Aquí les lanzo una pista a los especialistas de los símbolos bíblicos dentro de las películas; Pedro se llama el discípulo de Jesús que lo negó tres veces antes de que cantara el gallo; el personaje de la película, pues, tiene fijación en gallinas y gallos, pareciera que, para él, el tiempo del final está marcado por los cantos del gallo, por eso cuando se siente amenazado arremete contra las pobrecitas gallinas.)

La vida de Pedro y El Jaibo quedan entrelazadas pero parelelas; uno es el asesino y el otro su cómplice. De allí parte toda la trama de la película. Sin embargo, quisiera hablar de los simbolismos y momentos claves.

1. El Ojitos se pega a la teta de una cabra y comienza a chupar. Hay dos elementos a destacar, el primero el hambre excesiva que hacen a un niño arremeter así contra una teta; el segundo elemento es la comunión más bien bestial del humano con el animal. La razón nos hace, es cierto, más inteligentes y eso nos hace, también, más crueles. Si en algo nos homologamos a los animales es en los instintos básicos que, por demás, están destacados en esta película: el alimento, el sexo, en fin, la supervivencia.
2. El ciego cura con una paloma a una mujer. Muchos puede que aquí encuentren el tan anhelado símbolo surrealista que buscan como síntoma aquellos que, tan imbéciles como los psicoanalistas, quieren reducir la basta mente humana a unos prototipos muy limitados. Sin embargo, el imaginario mágico-arquetípico de la cultura mexicana es muy amplio y rico, si acaso sólo comparable al de Cuba y desconozco el de otros países. La magia blanca y negra, más que ser un cuadro de expresionismo alemán, es una realidad en muchos países bajos, y al jugar con la psyché realmente cambian paradigmas bajo algo tan sencillo como una limpia (que regularmente se hacen con huevos de gallina o ramas y no con una paloma.) Por otro lado, la física cuántica ha demostrado que los pensamientos realmente pueden modificar nuestro entorno (no lo digo como algo positivo, nuestro pensamiento regularmente es ensombrecedor mientras más inteligentes seamos) y si es así, al menos, la brujería tiene un elemento pragmático de relevancia científica. O sea, esto que se puede ver como un juego surrealista, es realismo visceral al estilo DF que absorbió el catolicismo, es cierto, como pudo haber absorbido cualquier otra religión y retorcerla hasta que quede a la altura de su deseo. Toda religión toma la forma del imaginario colectivo que la contiene. Ejemplos de ello son los Narco Santos o la Santa Muerte, a la cual le gusta, como atributo, cocaína que después misteriosamente desaparece. Este imaginario mágico tal vez sea lo que tanto seducía a Buñuel de México, ni siquiera se tenía que inventar nada, esto es cosa del vivir diario del mexicano; por ello se nos puede juzgar de prejuiciosos, pero si leemos a Gadamer nos damos cuenta que los prejuicios son precisamente lo que nos permite interpretar el mundo exterior y, sobretodo, interior. Además ese realismo mágico puede que nos dé ante el mundo un atisbo de ingenuidad, pero también nos da, a la par, algunos grandes, muy grandes escritores y magos de la lengua española.
3. El sueño de Pedro. Estuve tentado y creo que ustedes también, a decir que es el clásico caso del síndrome de Edipo. Me parece que no es eso, sino más bien el anhelo, normal, de cariño materno. La misma madre confiesa que no lo quiere por ser producto de una violación. Y Pedro hace lo que puede, pone su mejor esfuerzo para ser digno del cariño de su madre, un cariño que nunca logra, en parte porque las circunstancias siempre estuvieron en su contra. Ese es el tema principal, las circunstancias, esas que en ningún país faltan: la pobreza que lleva a más pobreza y la riqueza que lleva a más riqueza y una desigualdad social que se estira y se estira hasta que un día, a la mejor, se revienta. Incluso El Jaibo para mí no es culpable del todo, creo que eso trata de expresar Buñuel, sino que son las circunstancias lo que hacen que las cosas ocurran como ocurran y aunque un pez nade contra la corriente, la corriente tarde o temprano lo va a arrastrar a la mierda.
4. La leche en las piernas de la muchacha. No hay vuelta de hoja, la leche representa el semen. Es una de las escenas eróticas paradigmáticas del cine mexicano.
5. Pedro arroja un huevo contra la cámara. Nos han agarrado, ya no pasamos como una conciencia desapercibida. Antes de que las películas en tres o cuatro dimensiones hayan llegado a nosotros, quizá movimos un poquito la cabeza para que el huevo no nos fuera a dar en la cara. Allí el director nos está implicando, nos está diciendo que somos parte de eso. Por eso es que algunos toman mala fe contra Buñuel, porque el muy osado nos está diciendo que no somos el Dios omnisciente que es regularmente la pose que tomamos para ver una película. No hay Dios, ni para los protagonistas, ni para nosotros, no hay metaconciencias, todos estamos implicados en la misma cloaca. Buñuel nos saca de nuestro centro de confort y nos obliga a la empatía; incluso podemos oler la contaminación, como esa toma en la que Jaibo camina por una casa destruida mientras al fondo se ve el humo del tren; es la contradicción en los hechos, entre la ilusión del progreso y el solar baldío en el que resultó dicho progreso. La desolación que todos, en algún momento, somos.
6. La escena final: el viejillo gritando “¡Uno menos, uno menos; así irán cayendo todos, ojalá los mataran a todos antes de nacer!”. Un aullido lapidario que recorre la carne y ensombrece los pensamientos, imposible no pensar en un Cioran, aquí está expreso su “inconveniente de haber nacido”; el nacimiento es la caída, una caída de la que no nos curamos, de la que jamás podremos curarnos; nacer es ya la enfermedad, por eso para autores como Mainländer la procreación debería estar prohibida, sobretodo en una ciudad sobrepoblada como el DF, donde incluso hoy en día el aborto es legal… Aunque otros, en tono sardónico, puedan decir que debería ser obligatorio. Luis Buñuel ha aprendido de los antiguos sabios nahuals que, según su etimología, eran los que “ponían un espejo frente a ti”; eso, decían, hace el sabio: pone un espejo frente a ti.
Esta es una película-espejo, ve tu verdadero rostro, humano, y horrorízate.

EL DÍA QUE SOÑÉ CON LA ESPOSA DE JUAN VILLORO. Sexto ejercicio.

No recuerdo los detalles del sueño y lo que es peor: a menudo lo confundo con otro sueño. El otro sueño sucede en un bar, éste también. En el otro sueño participo en una marcha comunista al lado de una ex novia, pero en ese tiempo no era mi novia y la verdad ni siquiera mi amiga, nunca le había hablado pero siempre me han gustado las mujeres blanco muerto. Le iba bien el uniforme rojo sangre, en contraste con su piel blanco muerto. Vestíamos de militares aunque la marcha era pacífica. Después de la marcha la invitaba a mi cabaña, nos besábamos, pero en mitad de la noche se nos acababan las cervezas, entonces bajaba al pueblo a conseguir cervezas en un bar que estaba abierto toda la noche, allí encontraba a un amigo de la prepa, aunque no sé quién era, puede que sea mi amigo el Loco, de repente el Loco buscaba pleito con otro, yo lo ayudaba, nos empujaban a la calle y nos disparaban. Inmediatamente dejaban soltar (esto es lo raro) globos de cantoya al cielo. Globos rojos, con nuestro  símbolo comunista; al ver tan bello espectáculo, herido de muerte, sólo lamentaba no volver a la cabaña con la chica, morir en sus brazos y no al lado de un bar. Y es en un bar, precisamente, donde comienza el sueño que sí quiero contar. Estaba en mitad de un bar, bebiendo y fumando, como el tango argentino reza. Apareció mi amiga que en el sueño estaba casada con Juan Villoro. No sé por qué mi amiga que intenta ser escritora estaba casada con Juan Villoro, en ese tiempo ni siquiera había leído a Juan, ni un solo libro, sólo había leído a su papá como es natural para un estudiante de filosofía en México, en esta época. Por supuesto que no conozco a la novia de Juan Villoro, o esposa, no sé qué tenga. No sé nada de su vida sentimental, sólo sé que en mi sueño mi amiga que intenta ser escritora era su esposa. Bebimos y reímos con mi amiga, como es nuestra costumbre aún fuera de sueños; consumíamos un cigarro tras otro y ella me contaba las historias que tenía en pendiente de escribir y yo le contaba las mías: cosa que también solemos hacer fuera de los sueños. Nos besábamos y eso sí que no hacemos fuera de sueños; luego decidíamos irnos a su departamento y nos subíamos a un cochecito rojo de juguete, de esos que se les da cuerda para avanzar (esto es lo raro) ambos cabíamos en el cochecito y salimos del bar por el agujero de las ratas y no por la puerta. Llegamos a su departamento y hacíamos gala de posturas sexuales y perversidades que no vienen a cuento narrar porque ya las he narrado en muchos otros lados. Sin embargo, ni siquiera queríamos salir de la cama, a pesar del peso evidente del tiempo, que ni en sueños deja descansar. Primero llegaba su mamá y papá, entraban al cuarto cuando ambos estábamos desnudos, pero era algo muy natural. Los saludaba, ellos la regañaban, que infiel, que cómo podía hacerle eso a su marido, tan buen niño. Yo me reía y fumaba. Luego me vestía para largarme de una vez, pero en la puerta de salida me encontraba a Juan Villoro quien, para mi sorpresa, me saludaba con mucho entusiasmo. Al parecer yo también era un escritorcillo de moda, pero su cantaleta me aburría horrores. Hablaba sobre la necesidad de un compromiso político en la literatura, de la lucha desde nuestra trinchera, de la vuelta a la novela histórico-política, que despertáramos la conciencia social desde nuestros libros. A mí me aburría mucho su entusiasmo, y me parecía peligroso. Aún en sueños yo parecía estar muy influenciado por Cioran y le explicaba a Juan que toda lucha me parecía vana y estéril. De todos modos la muerte es lo único seguro... en qué perdamos el tiempo mientras tanto da igual. Pero Juan insistía e insistía, finalmente, completamente somnoliento (me había tirado toda la noche a su mujer) me trababa de despedir de él, pero no me dejaba de hacer preguntas, de hablar de la revolución, en eso, por suerte, el despertador sonó...

EL FIESTERO. Séptimo ejercicio. 

Este fin de semana fui a los quince años de una prima con la que llevo una excelente relación. A pesar de que ya tengo veintisiete años, me llevo bien con los chavos. Bailaba como loco, divirtiéndome en medio del ruido y el bullicio. Nunca me ha gustado oírme a mí mismo, prefiero tener la televisión o el estéreo a alto volumen. Vivo así, apostando todo sin concesiones. De repente vi a una chica, morena, de lentes. Recuerdo que la conocí de niños. Creo que estudió Derecho o algo así, tenía muchos años sin verla. La invité a bailar pero no aceptó. Le dije que si podía sentarme a su lado y lo dudó un momento, luego aceptó. Me senté y le dije, casi gritando, que me encantaban ese tipo de fiestas. Ah, suspiró ella con una indiferencia afilada. ¿Qué has hecho?, pregunté. Estudiar y leer, dijo ella. Me pareció una tipa rara, de esas que nunca se meten cocaína y nunca llevan al hospital por sobredosis. Una tipa rara. Me gustó platicar contigo, le dije y me levanté. Me gustó menos de cuando éramos niños. Vi en la fiesta que todos lloraban, recordando a mi tío. Era un tío fiestero, me dije, no sé por qué lo recuerdan llorando. Yo seguí bailando y bebiendo, a lo grande, con una botella en lo alto. Luego me desmayé, creo que mis padres me llevaron a mi cama donde vomité hasta quedarme dormido. 

EL DESTINO REAL DEL FIESTERO. Octavo ejercicio.

Al final de la fiesta, yo seguía con mi espíritu roto, a la luz de la luna, sentado en una resbaladilla que estaba ahí para que los niños se divirtieran y no molestaran a sus padres mientras éstos, en la fiesta, discutían los problemas sociales más urgentes del país.
Tal vez por mi imagen tan patética llamé la atención de la chica muda. Le había intentado hablar a aquella que fue mi compañera de juego en la infancia y ahora ni siquiera me dirigía la palabra. Pero se acercó y me acarició el cabello. Estaba tan ebrio que no sabía si era real o aquello era una secuela de delirio tremens. Lo que a continuación pasó fue por demás raro: me invitó a irme con ella. Pero si tú vienes con tu mamá, le dije. Y me contestó que no, que su madre se había llevado otro auto con sus tíos y que ella se iría sola pero que me pasaría a dejar a mi casa. Acepté, pero no fuimos a mi casa; fuimos a un lugar lúgubre, cerca de Maravatío, llamado Las Brujas. Se cuenta que en Las Brujas hacían aquelarres las brujas en los cuales devoraban a niños de las rancherías aledañas. Lo cierto es que ahí siempre pasan algunas cosas extrañas, por eso la policía casi no entra y por eso los jóvenes íbamos ahí ya sea a beber, follar o invocar al príncipe de las tinieblas. La chica estaba muy seria, miraba al frente. De repente me dijo mira y al momento levantó su vestido, era negro y largo, para fiesta… Pero me dejó ver sus piernas morenas, torneadas. Sé que no bailaba, porque no quiso bailar conmigo, pero también sabía que, de un modo u otro, hacía ejercicio porque unas piernas así no las hace Dios sin ayuda. Las Brujas, a esa hora (eran como las cuatro de la mañana), era un lugar aún más siniestro; las ramas de los árboles simulaban dedos largos y retorcidos. Los troncos simulaban caras de fantasmas o eso me pareció percibir. Pero el miedo hacía más excitante la situación, sus piernas, sin lugar a dudas me habían puesto el pene duro. ¿Quieres cogerme? Preguntó ella. Claro, dije yo y sonreí, tal vez, maliciosamente. Ella abandonó su lugar de chófer y se subió en mis piernas para darme un tierno beso en los labios. La luna, pese a todo, lanzaba algunos rayos entre los árboles y así dibujaba geometrías irregulares sobre la tierra. Acaricie su espalda, agarré sus nalgas. Me preguntó de nuevo que si quería cogérmela, le dije que sí, que me excitaba, que quería hacerla mía justo en ese momento y ella empezó a reírse, pero de manera diferente, escandalosa, enloquecida. Sacó una navaja de atrás del asiento de la camioneta y me la encajó en la garganta. Sentí mi sangre saliendo a borbotones. Después caí al suelo, muerto, con la sangre tibia empapando la camisa de mi, ahora, cadáver. Después arrastró mi cuerpo hasta la cuenca donde anteriormente pasaba un río, allí llamó a otras brujas para que vieran mi cadáver. Es un cuerpo bien trabajado aunque de seguro el hígado no le sirve, dijeron las brujas, puede que sirva a nuestros propósitos. Buen trabajo, dijeron riéndose. 

(Notas: 

La reliquia.


¿Qué podría haber en el cofre? 
Porque ella vino y la noche vino y la sombra vino. Por eso y por mi curiosidad se me hizo pertinente y hasta necesario preguntar. Óbolo el lápiz, óbala la hoja, óbola la pregunta, óbolo el discurso. La sombra de la palabra cayó en la mirada como un verso afrancesado y, a la vez, como el canto de un gitano que, igual que San Pablo, no sabía hasta donde llegaría su voz. 
Los gitanos son errantes. Los gitanos son errantes como los cuchillos -me repetía. 
Mi voz rebotaba contra las paredes de mármol. Mis manos estaban sobre la mesa y cantaba alegre mientras me pasaba un cuchillo entre los dedos. Me clavé el cuchillo en un dedo y empezó a salir la sangre como saldría el champagne; luego el grito, luego la sangre espesa y negra; así era yo, como mi sangre, y la huella que dejaba sobre la arena era la de un nocturno animal. 
Una herida no es nada en este teatro de sombras -dije riendo. 
Un dedo decapitado, un dedo brujo. Izado el canto del animal nocturno; bebí el vino de sombra y me pareció ver al universo entero en su espuma. La anciana levanto la reliquia, pronto todos despertaríamos. 

lunes, 26 de agosto de 2013

Universitario con argumento ad passio



La gente dice que exagero mis recuerdos, que alargo el tiempo, que achico la distancia, que soy un emperador de la metáfora y el mito. Puede que sea cierto y puede que no. Lo que digo es verdad, al menos del único tipo de verdad posible: verdad subjetiva. 
Se daba el caso que esperaba a una feminista mal encarada que era mi maestra de epistemología. A las feministas les encanta el tema de la dignidad de la mujer, por eso aprovecha la menor oportunidad para tachar de falocéntricos a algunos de los grandes pensadores de la historia, sin sospechar que así hace indignas a las mujeres y a ella misma por ponerse en semejante situación de patetismo. Sin que viniera al caso, despotricaba contra los grandes genios de la historia, todos hombres, todos valientes, todos seres humanos que asumieron su vida y no se dedicaron, como idiotas, simplemente a culpar a los demás de los fracasos personales. Hay que conocer a las feministas más aguerridas para saber que su batalla está pérdida, que es una perdida de tiempo y una estupidez querer igualarse con algo tan inferior como un hombre. El feminismo es la antropología moderna, me decía cada que mi valiente profesora salía con una opinión propia y no referente al texto. Y la antropología debería ser una rama de la entomología, concluía y reía para mí mismo o para algún compañero, regularmente pacheco, que se reía de todo y era empático con todos. 
Por un azar de Saturno, llegué quince minutos antes de la hora de clase. Mi costumbre, pese a ver el salón vacío, es sentarme hasta atrás del salón. Primero porque con mi 1.90 mts de estatura, hasta adelante estorbo y segundo porque desde atrás tengo una vista periférica de todo el salón, lo que me permite estar tranquilo de los nervios, cosa de la que sufro mucho. Tan privilegiada ubicación me permitió pasar desapercibido cuando una compañera llegó. Estaba empapada, había comenzado a llover apenas había entrado yo a la Facultad. Ella llegó diez minutos después, aún faltaban cinco para que la clase comenzara, la vi de reojo porque estaba leyendo un libro de Xavier Villaurrutia. Luego, por descuido o mecánica divina, la chica se quitó la blusa. Era una chica morena, delgada, con chinos; vi la línea de su espalda recorrida por un rayo de sol que luchaba contra la lluvia con tal de acariciar aquella piel. Escampó y salió el sol de lleno. La lluvia fue fuertísima pero breve, como los grandes amores. Efímera pero necesaria. Así que vi su sostén casi innecesario para sus pequeños pechos y sus pezones erectos. Atrás de ella la luz la hacia parecer demiúrgica, una imagen contrastada entre la luz y la sombra, una lucha entre los dioses y la carne; la carne ganaba, me dije, pensé. Ella se sorprendió al verme, pero su sorpresa duró muy poco al ver mi cara de idiota (Dostokorosawinia) al mirarla y siguió poniéndose la blusa que traía de repuesto, pero ésta vez despacio, coqueta. O no lo sé, puede que el tiempo sólo se haya detenido en mi conciencia. 
¿Qué lees? Me preguntó. Le dije. Casi yo no sé nada de poesía, me dijo. No seas mensa, es cosa de que te veas desnuda al espejo, lo pensé pero no se lo dije. Estuvimos platicando hasta que pasaban más de veinte minutos para que iniciara la clase. Como era común en la Facultad: la maestra feminista no llegaría, estaría en alguna marcha o defendiendo alguna injusticia social -insertar risas grabadas-. Nos daba igual, lo que lamentábamos era haber ido y no enterarnos de que no iría, cosa que nuestros demás compañeros sí hicieron porque no llegó ninguno. Sólo estábamos allí los dos como idiotas (esta vez idiotas a secas) esperando una clase que nunca llegó, pero llegó algo mejor: ella y su exquisito ¿descuido?
Me dijo que vivía en la Casa del Estudiante y que su novio casi no la pelaba, y tal vez, como dijera Forest Gump, no seré muy inteligente pero sé que cuando una mujer dice eso es porque tiene algún interés en ti. Se pone en el papel de dama indefensa, en espera del rescate del hombre que "vale la pena" aunque regularmente éste héroe es más canalla que el novio mismo. El caso es que la chica quiere ser rescatada y no serías un caballero si no la invitas al modesto cuarto que rentas, a ver películas y echarse una chela. Eso hice, ella aceptó. 
Estuvimos platicando sobre las clases, los maestros que nos caían bien y los que detestábamos. Coincidíamos en muchos, pero no en todos. Ella era una chica que se había metido a Filosofía para conseguir la matricula y luego simplemente cambiarse de carrera; antes la Facultad tenía fama de aceptar a cualquiera, pero yo vi muchos que se regresaban por donde vinieron. La chica no era precisamente estúpida, pero sí era algo tonta. No sabía de música, ni de cine, ni de literatura. Luego salió el tema de su pobreza y no es que yo fuera rico, pero me alcanzaba bien para vivir y de vez en cuando darme una cervecita o dos o cuarenta y ocho. El caso es que, en los albores del alcohol, le di un un trago tan largo a mi caguamón Indio que se bajó hasta la mitad y ya envalentonado le propuse que se acostara conmigo por dinero. 
Se indignó, como nuestra maestra feminista de Epistemología les había enseñado, pero no se levantó ni hizo señas de querer irse. Quería que la convenciera, que su novio era un pendejo, que no la merecía y que de todos modos no se iba a enterar, que el dinero le vendría bien, que le ofrecería más pero no tenía, que siempre le he tenido ganas, que estaba hermosa y que era una de las mujeres más bonitas que había visto en mi vida. Exageré, era fea y muy delgada, pero su cuerpo tenía cierta geometría oculta que de verdad me excitaba y además pagaría lo que fuera por verla, de nuevo, quitarse la blusa frente a mí. Esa era la verdad de mi discurso: hubiera pagado lo que fuera. Ella que no, yo que sí. Yo que la besó, ella que se deja. Y así sucesivamente.