domingo, 23 de junio de 2013

Todos menos tú.



y yo más triste que un pingüino en un garaje
como un borrón en el paisaje de la multitud
de todos menos tú
y yo marcando el 369 22 30
sin escuchar lo que me cuentan
todos menos tú
y yo con manchas de carmín en la memoria
igual que un perro en el tejado de mi juventud.
Joaquín Sabina, Todos menos tú. 


Miles Davis, la noche, el corazón de trapecista sobre una cuerda tendida entre el deseo y el olvido. Xavier Velasco, Cristina Rivera Garza, a su lado siempre Alejandra Pizarnik. Alberto Chimal, a su lado siempre Golo. Proust que sigue buscando el tiempo en que tus besos se columpiaron en mi boca ahora podrida de ausencia y tabaco rancio. La pintura, el cine, la mercadotecnia; las máscaras de madera. Hemingway, al lado de un enorme pez espada, Sofía que se masturba porque ningún filósofo la supo satisfacer; Joyce, Fiodor, Aristóteles. A lo lejos escucho a un Amador que dice 'yo quería su colección de porno, pero mi papá sólo me dio jodida ética'. Hay whisky y una guitarra de cuerdas rotas... los dedos ensangrentados de mi alma no dejan de entonar patéticos boleros y desesperanzados tangos. La alcancía, la engrapadora, Rius, El Quijote y Sancho que se andan tratando de ligar a Violeta mientras que el Diablo guardián regresa del baño. Un dinosaurio que ya está harto de ser el amante de Monterroso, y una Julieta que le hace, detrás de la barra, una felación a Truman Capote. Truman eyacula en los carnosos labios de Julieta, ella se limpia y dice "he probado mejores". Calígula se acerca, la toma del brazo y se van de la fiesta. Diógenes está tirado en un rincón, recibiendo migajas: está panzón de tanto que ha comido. Diógenes poco a poco se va convirtiendo en Buda. Sobre la barra, Bukowski, Cioran, Kant, Pierce, Kierkeggard, Heidegger, Deleuze y Heráclito; todos toman whisky, se miran uno a otro, nerviosos o sonrientes, pero nadie habla con nadie. Cada uno se dedica a beber. Bob Marley tiene rato ofreciendo hierba a Umberto Eco, pero éste se niega a fumar... Finalmente le da una calada leve, después dice "¿a quién diablos le importa la diferencia entre un rinoceronte y un unicornio?". Las únicas que bailan en el centro de la pista es Simone de Beauvoir y Édith Piaf; Simone dice que detesta a sus seguidoras, de saber de tal estirpe jamás hubiera escrito nada -afirma. Sartre está muy borracho y hace rato que discute acaloradamente con Erasmo de Rotterdam, le echa en cara el final de su maravilloso libro 'El elogio de la locura'. 

La noche, mi sangre que no deja de llorar, las cobijas estilo Mauricio Garcés, los tres monos sabios. Por allí anda Korosawa, pero se oculta porque no se quiere topar con Fiodor: no sabe si reaccionará como un idiota o qué. David Lynch está fumando opio sentado sobre un sillón de terciopelo azul mientras dos monjes se prenden fuego, uno de cada lado. Pagué muy caras estás lámparas -dice Lynch. En tanto, William Burroughs le está enseñando su caballo a Nietzsche, éste lo acaricia y lo besa; es un espléndido caballo. Platero se pone celoso, pero le dura poco el coraje, pues juega afablemente con los cronopios. 


Así está la fiesta, muy colorida. Yo no sé qué hacer o decir con esta gente. Estoy sentado solo, en un rincón de este bar literario; estoy llorando por ti, porque te extraño, te necesito para que todo tenga orden y sentido. No soporto la anarquía de ser yo mismo todo el tiempo, de explotarme... La música de Miles suena como un barbitúrico para el espíritu, saco tu imagen de mi cartera para besarla... Eso debió de darle lástima a Octavio Paz porque me vio y movió la cabeza de un lado a otro, cabizbajo. Tomo otro trago, marco a tu celular, suena ocupado; ojalá no estuvieras cogiendo con otro, ojalá estuvieras aquí, junto a mí, para meter mi mano debajo de tu falda y llevar tu sabor a mis labios. Así me curo, amor, así me curaría. 

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