jueves, 20 de junio de 2013

La chica de la vecindad.



Yo tenía entre diecinueve o veinte años cuando me fui a vivir a una vecindad. Eran otros tiempos en la bella Morelia. Por ejemplo, viajar en transporte público no era un privilegio de ricos y la Catedral todavía no estaba artificialmente iluminada, aún se iluminaba a sí misma por su inmensa belleza. De todas maneras yo no tendría que volver a tomar camión porque la Facultad de Filosofía me quedaba a unos escasos metros de donde ahora vivía y, para ir al centro, iba caminando, a veces de madrugada, entre prostitutas, con tal de inspirarme de la noche moreliana. De la verdadera noche moreliana, cruda, sádica, maldita, muchas veces maravillosa y mágica. Las personas constantemente tienen el síndrome de la gallina y a cualquier eclipse le llaman noche. Pero yo necesitaba más que un ligero eclipse, quería sentir la noche, en su esplendor, todos sus colmillos. En esa época, aún así, era más tranquilo pasear por las calles... No incendiaban gasolineras, ni había narcobloqueos. Después de todo era una buena época. 

De todos modos, era la primera vez que vivía en una vecindad; era un cuarto para mí solo, cabía una cama y pocas cosas más. El baño de arriba había que compartirlo sólo con unos vecinos que, al parecer, estudiaban arquitectura porque seguido estaban haciendo diseños. El baño de arriba tenía unos azulejos llenos de cochambre, única herencia de inquilinos anteriores. Los vecinos de abajo tenían que compartir todos un baño, eso sí era tétrico, porque eran como cinco cuartos y un minidepartamento. Eran mucha gente para un solo baño, por eso agradecía la suerte de ocupar uno de los cuartos de arriba. De todos modos estaba algo asustado, el miedo natural del que se enfrenta a algo nuevo. Lo único que sabía de vecindades era lo que había visto en El chavo del ocho. Pero para vencer el miedo, como otras veces, me refugié en mis libros. El trabajo de empatía llegó de inmediato, pues le tocaba turno a Crimen y castigo, y según recuerdo, esa novela comienza cuando el protagonista se va a vivir a una vecindad. Fascinado en la belleza que siempre me ha provocado leer a Fiodor Dos, todo se fue haciendo más llevadero. 


La primera vecina que vi, y que me gustó, fue una chica que, por el acento con el que hablaba, parecía de guerrero o tierra caliente de Michoacán. Tenía ese acento que yo conozco tan bien porque tengo familiares en tierra caliente. Pero no habló conmigo, nunca hablé con nadie. Sólo hablaba con los caseros y lo indispensable. Siempre he sido mamón, aparte de tímido. Pero sobretodo mamón. Y no hablaba con nadie; esa chica me gustaba pero nunca le di siquiera los buenos días. Sin embargo, esta historia, la que me propuse narrar hoy, es sobre la otra: la casada. 

Abajo de mi cuarto y del cuarto de los arquitectos. (Mucha gente habitada esos cuartos en dos o tres personas, no sé cómo, yo siempre que he rentado he vivido solo.) (Aunque en una vecindad nunca estás solo.) Abajo de nuestros cuartos, estaba el pequeño departamento donde una familia vivía. El esposo que vi pocas veces, se la pasaba trabajando, el niño que se la pasaba chillando y del que siempre tenía que librar sus juguetes al subir la escalera y finalmente la esposa. Ella era delgada, pobre; la mayoría de nosotros era estudiante, no necesariamente pobres si teníamos para rentar, pero tampoco ricos, más bien clase media. Ellos, el matrimonio, sí eran pobres; en ese pequeño espacio tenían refrigerador, estufa, comedor, lo que se supone debe tener una casa. La chica tendría como unos veinticinco años, el marido era más o menos de la misma edad; el niño tendría unos tres o cuatro años, la verdad es que soy malo para calcular edades. La chica me fascinaba, sus brazos eran delgados como hebras, sus manos huesudas, sus tetas redondas y medianas, su culo estaba bien formado, sus piernas algo flacas. La verdad es que no era ninguna miss universo. Hablo en pasado, porque ahora no la veo, no sé qué sería de todos ellos. No me importa, me quedo con el recuerdo. 


Un día llegué muy borracho y la vi lavando, el movimiento de sus tetas, allí clavé mi mirada. Ella estaba agachada, lavando y no me prestó atención. Ya sabían que yo no saludaba, no hablaba, era un fantasma que entraba y salía del cuarto de arriba, solamente. En mi cuarto saqué de mi mochila algunas cervezas más, puse música suave (nunca podía escuchar música fuerte o me corrían.) Las cervezas hicieron su efecto: tuve que ir al baño a mear. Me daba las últimas sacudidas, cuando vislumbré el aleph. Un punto en la ventana de persiana que estaba toda rota, pero entre tanta fractura se podía ver un punto de belleza. Una mejor toma de la chica lavando, una desde donde podía ver sin que nadie me viera; contemplé con devoción como movía las tetas, su escote desde el segundo piso parecía mucho más hermoso que viéndola de frente. Saqué mi pene y lo sacudí, empezó a ponerse grueso entre mis dedos, duro; lo imaginaba allí, insertado en su escote, justo entre sus tetas. Sentí el delirio, el orgasmo, no alcancé el papel, así que sentí mi semen inundando mis manos, era caliente y abundante. No lo podía creer; esa mujer ante mis ojos era un tanto sosa e insignificante... dijera Rockdrigo, era una ama de casa un poco triste. Pero había tenido el mejor orgasmo de mi vida viéndola, viendo sus tetas en ese meneo como de olas de mar. Yo la dotaba de dones místicos, creía que cada movimiento de su espalda era un pincelazo de algún artista renacentista. Porque así, yo renacía cada que ella lavaba la ropa. Cuando llegaba a escuchar (en una vecindad todo se escucha) que ella lavaría, mi sangre comenzaba a golpear las paredes de mi cuerpo, mi pene se hinchaba, mi corazón era una orquesta. Era una chica triste, de verdad, me hubiera gustado invitarla a mi cama e inocularle un poquito de vida. Pero nunca me cogí a nadie en ese cuarto, en parte porque era tímido, en parte porque era mamón. Sobretodo porque era mamón. 

Después de una temporada, organicé un par de fiestas en mi cuarto que incluían alcohol, drogas y música a alto volumen  Eso bastó para que mis caseros, una pareja de ancianos, me corriera a la calle. Entonces me fui a otra vecindad. Pero esa chica, la del lavado artístico, la que creí que pasaría inadvertida el resto de mi vida, hoy regresó a mi memoria. No me queda más que dedicarle estas palabras y, si acaso, una masturbada, por los viejos tiempos. 

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