miércoles, 26 de junio de 2013

Carta abierta (reciclada) a mi primera novia.



Ahora estoy solo en esta casa. Creo que eso me gusta: la soledad nos vuelve más desnudos, así que estoy sin máscaras como desde hace mucho tiempo quería estar.
Lo malo es que la soledad también me vuelve más sensible y hace un rato estaba llorando. Las películas y las canciones me hacen llorar. Hace unos días iba por un camino rumbo a Yurecuaro (un pequeño pueblo cercado a Maravatío) y vi un arco iris, unos pájaros volando por debajo.  Más allá un charco de agua sucia reflejaba bien el cielo y, después de eso, lloré. También sé llorar porque el mundo es hermoso.
Estaba pensando: si es cierto que nos conocimos un dos de enero, hace apenas un mes atrás de eso nosotros éramos unos niños de catorce y quince años. ¿Te imaginas? Y tú ya habías vivido muchas cosas. Éramos unos críos y nos conocimos únicamente porque la mano del destino nos arrojo, cual dados, allí: a pelearnos por Maná. Tú los defendías de mis ataques. Al final, como siempre, ganaste. A mí me agrada que exista Maná porque me recuerda aquél mail, aquellos primeros mail's. Hasta la fecha sigues usando el mismo estilo de letra en negrita y tu misma firma cibernética.
¿La € de euros en tu firma? Eso es lo que no entendía, pero ya lo entendí; significa, para mí, que vales mucho más que el dinero del mundo, incluso el europeo. Yo quisiera ir a Europa, sé que algún día, con dedicación y esfuerzo, podré ir para allá.
(Perdón, cuando escribo me pierdo del tema. Yo creo que por eso nunca seré un buen novelista.)
Muchas cosas pasaron. Este tiempo la he cagado muchas veces, y tú también lo has hecho. Sin embargo, no se comparan las pequeñas cosas que me has hecho con las mierdades que yo te he hecho a ti. Créeme que sinceramente me arrepiento de todas ellas. Sé que de alguna manera mi situación sentimental es una forma de pagar. 'Me estoy pudriendo por dentro', a menudo lo pienso, pero en realidad no es que me pudra, sólo que te extraño. Extraño tus mail's cariñosos, tus letras de amor y hasta cuando te emborrachabas y me hablabas aunque, la verdad, no se te entendía, pero a mí me hacías feliz.
Si de alguna manera he de confesarme ante esta hoja, lo haré. Posiblemente la leas. Mira, yo tengo unos padres maravillosos, dos hermanas inteligentes y que me apoyan. Mis abuelos han sido los grandes cariños de mi vida. Mi abuelita todavía lo es, ella todavía vive.
De niño quería ser cazador de pájaros, aunque nunca tuve la intención de herir alguno. Tuve "amigos" que estaban conmigo por interés y conveniencia, pero como sea, nunca estuve solo. Tuve una infancia linda, quizás en la secundaria y preparatoria cambiaron las cosas. Pero todo esto te lo digo como preámbulo, para explicarte mejor que me sentí completo hasta que te conocí a ti. Y si salí huyendo, en más de una ocasión, fue por lo mismo: nunca había sentido eso y me aterré.
Para mí era traumático aceptar ante mí mismo que estaba enamorado de una chica por internet. Ya veía venir todas las burlas y críticas que, de hecho, sí vinieron. El drama también. Pero con estas letras te juro que eso ha quedado atrás y, al contrario, me enorgullezco de la mujer que conocí.
Quizás suene mucho a Sabines, empero, cuando te decía "pendeja" te estaba diciendo "mi amor". Era mi manera de protegerme de ti. Pero fui muy patético porque quería protegerme cuando ya te tenía clavada en mi sangre y te bombeaba mi corazón.
Ahora todo es distinto y es que han pasado muchos años, no somos los mismos de cascarón y menos de pensamientos, pero somos los mismos de esencia. Seguimos siendo dos almas locas y distintas que se complementan. Es verdad, somos diferentes en muchos aspectos, pero si fuéramos iguales quizás no me hubiera enamorado. La diversidad enriquece una cultura, la tolerancia y convivencia la cimientan. Si fuéramos iguales sería aburrido, ni siquiera tendríamos de qué pelear.
Recuerdo que te decía "no tenía dónde escribir y sólo estaba tu correo abierto", creo que ambos sabemos que lo abría a propósito. Recuerdo cuando me hablaste de Lucía. Recuerdo cuando tu papá te hizo sentir mal y recé por ti (y eso que era radicalmente ateo.) Recuerdo cuando te dije, "esa rola me gusta y no tengo a quién dedicársela, te la dedico a ti", fue cuando te dediqué La Pelotona, de Cartes de Santa. Pasaba un coche blanco por enfrente, con esa canción, yo estaba afuera de los tacos cuando te dediqué esa canción. No sé porqué pero recuerdo todos los detalles, están muy vivos en mi memoria. Recuerdo que por la época que nos conocimos nadie (casi nadie) me trataba como ser humano y tú sí lo hiciste. Viste lo que había dentro de mí y trataste entenderme. Recuerdo que por eso me gustaba "La bella y la bestia", porque tú eras como ese sueño. Eres tan hermosa y yo, la verdad, soy una bestia estúpida.
Recuerdo que tú me ayudaste mucho a aliviar rencores, a sonreír, a perdonar, a encontrar mi camino y un sentido a la vida. Me enseñaste a ser fuerte y no darme por vencido, a confiar en mí mismo. Curaste muchas de mis inseguridades.
Antes que nada y después de todo, le doy gracias al destino por haberte puesto en mi camino porque más allá (incluso) del plano sentimental, eres una persona que me ha enseñado muchas cosas. Y en lo sentimental, bueno, me hiciste infinitamente feliz el tiempo que fuimos eso que no se le puede llamar noviazgo porque, para mí, fue algo mejor.
 

domingo, 23 de junio de 2013

Todos menos tú.



y yo más triste que un pingüino en un garaje
como un borrón en el paisaje de la multitud
de todos menos tú
y yo marcando el 369 22 30
sin escuchar lo que me cuentan
todos menos tú
y yo con manchas de carmín en la memoria
igual que un perro en el tejado de mi juventud.
Joaquín Sabina, Todos menos tú. 


Miles Davis, la noche, el corazón de trapecista sobre una cuerda tendida entre el deseo y el olvido. Xavier Velasco, Cristina Rivera Garza, a su lado siempre Alejandra Pizarnik. Alberto Chimal, a su lado siempre Golo. Proust que sigue buscando el tiempo en que tus besos se columpiaron en mi boca ahora podrida de ausencia y tabaco rancio. La pintura, el cine, la mercadotecnia; las máscaras de madera. Hemingway, al lado de un enorme pez espada, Sofía que se masturba porque ningún filósofo la supo satisfacer; Joyce, Fiodor, Aristóteles. A lo lejos escucho a un Amador que dice 'yo quería su colección de porno, pero mi papá sólo me dio jodida ética'. Hay whisky y una guitarra de cuerdas rotas... los dedos ensangrentados de mi alma no dejan de entonar patéticos boleros y desesperanzados tangos. La alcancía, la engrapadora, Rius, El Quijote y Sancho que se andan tratando de ligar a Violeta mientras que el Diablo guardián regresa del baño. Un dinosaurio que ya está harto de ser el amante de Monterroso, y una Julieta que le hace, detrás de la barra, una felación a Truman Capote. Truman eyacula en los carnosos labios de Julieta, ella se limpia y dice "he probado mejores". Calígula se acerca, la toma del brazo y se van de la fiesta. Diógenes está tirado en un rincón, recibiendo migajas: está panzón de tanto que ha comido. Diógenes poco a poco se va convirtiendo en Buda. Sobre la barra, Bukowski, Cioran, Kant, Pierce, Kierkeggard, Heidegger, Deleuze y Heráclito; todos toman whisky, se miran uno a otro, nerviosos o sonrientes, pero nadie habla con nadie. Cada uno se dedica a beber. Bob Marley tiene rato ofreciendo hierba a Umberto Eco, pero éste se niega a fumar... Finalmente le da una calada leve, después dice "¿a quién diablos le importa la diferencia entre un rinoceronte y un unicornio?". Las únicas que bailan en el centro de la pista es Simone de Beauvoir y Édith Piaf; Simone dice que detesta a sus seguidoras, de saber de tal estirpe jamás hubiera escrito nada -afirma. Sartre está muy borracho y hace rato que discute acaloradamente con Erasmo de Rotterdam, le echa en cara el final de su maravilloso libro 'El elogio de la locura'. 

La noche, mi sangre que no deja de llorar, las cobijas estilo Mauricio Garcés, los tres monos sabios. Por allí anda Korosawa, pero se oculta porque no se quiere topar con Fiodor: no sabe si reaccionará como un idiota o qué. David Lynch está fumando opio sentado sobre un sillón de terciopelo azul mientras dos monjes se prenden fuego, uno de cada lado. Pagué muy caras estás lámparas -dice Lynch. En tanto, William Burroughs le está enseñando su caballo a Nietzsche, éste lo acaricia y lo besa; es un espléndido caballo. Platero se pone celoso, pero le dura poco el coraje, pues juega afablemente con los cronopios. 


Así está la fiesta, muy colorida. Yo no sé qué hacer o decir con esta gente. Estoy sentado solo, en un rincón de este bar literario; estoy llorando por ti, porque te extraño, te necesito para que todo tenga orden y sentido. No soporto la anarquía de ser yo mismo todo el tiempo, de explotarme... La música de Miles suena como un barbitúrico para el espíritu, saco tu imagen de mi cartera para besarla... Eso debió de darle lástima a Octavio Paz porque me vio y movió la cabeza de un lado a otro, cabizbajo. Tomo otro trago, marco a tu celular, suena ocupado; ojalá no estuvieras cogiendo con otro, ojalá estuvieras aquí, junto a mí, para meter mi mano debajo de tu falda y llevar tu sabor a mis labios. Así me curo, amor, así me curaría. 

jueves, 20 de junio de 2013

La chica de la vecindad.



Yo tenía entre diecinueve o veinte años cuando me fui a vivir a una vecindad. Eran otros tiempos en la bella Morelia. Por ejemplo, viajar en transporte público no era un privilegio de ricos y la Catedral todavía no estaba artificialmente iluminada, aún se iluminaba a sí misma por su inmensa belleza. De todas maneras yo no tendría que volver a tomar camión porque la Facultad de Filosofía me quedaba a unos escasos metros de donde ahora vivía y, para ir al centro, iba caminando, a veces de madrugada, entre prostitutas, con tal de inspirarme de la noche moreliana. De la verdadera noche moreliana, cruda, sádica, maldita, muchas veces maravillosa y mágica. Las personas constantemente tienen el síndrome de la gallina y a cualquier eclipse le llaman noche. Pero yo necesitaba más que un ligero eclipse, quería sentir la noche, en su esplendor, todos sus colmillos. En esa época, aún así, era más tranquilo pasear por las calles... No incendiaban gasolineras, ni había narcobloqueos. Después de todo era una buena época. 

De todos modos, era la primera vez que vivía en una vecindad; era un cuarto para mí solo, cabía una cama y pocas cosas más. El baño de arriba había que compartirlo sólo con unos vecinos que, al parecer, estudiaban arquitectura porque seguido estaban haciendo diseños. El baño de arriba tenía unos azulejos llenos de cochambre, única herencia de inquilinos anteriores. Los vecinos de abajo tenían que compartir todos un baño, eso sí era tétrico, porque eran como cinco cuartos y un minidepartamento. Eran mucha gente para un solo baño, por eso agradecía la suerte de ocupar uno de los cuartos de arriba. De todos modos estaba algo asustado, el miedo natural del que se enfrenta a algo nuevo. Lo único que sabía de vecindades era lo que había visto en El chavo del ocho. Pero para vencer el miedo, como otras veces, me refugié en mis libros. El trabajo de empatía llegó de inmediato, pues le tocaba turno a Crimen y castigo, y según recuerdo, esa novela comienza cuando el protagonista se va a vivir a una vecindad. Fascinado en la belleza que siempre me ha provocado leer a Fiodor Dos, todo se fue haciendo más llevadero. 


La primera vecina que vi, y que me gustó, fue una chica que, por el acento con el que hablaba, parecía de guerrero o tierra caliente de Michoacán. Tenía ese acento que yo conozco tan bien porque tengo familiares en tierra caliente. Pero no habló conmigo, nunca hablé con nadie. Sólo hablaba con los caseros y lo indispensable. Siempre he sido mamón, aparte de tímido. Pero sobretodo mamón. Y no hablaba con nadie; esa chica me gustaba pero nunca le di siquiera los buenos días. Sin embargo, esta historia, la que me propuse narrar hoy, es sobre la otra: la casada. 

Abajo de mi cuarto y del cuarto de los arquitectos. (Mucha gente habitada esos cuartos en dos o tres personas, no sé cómo, yo siempre que he rentado he vivido solo.) (Aunque en una vecindad nunca estás solo.) Abajo de nuestros cuartos, estaba el pequeño departamento donde una familia vivía. El esposo que vi pocas veces, se la pasaba trabajando, el niño que se la pasaba chillando y del que siempre tenía que librar sus juguetes al subir la escalera y finalmente la esposa. Ella era delgada, pobre; la mayoría de nosotros era estudiante, no necesariamente pobres si teníamos para rentar, pero tampoco ricos, más bien clase media. Ellos, el matrimonio, sí eran pobres; en ese pequeño espacio tenían refrigerador, estufa, comedor, lo que se supone debe tener una casa. La chica tendría como unos veinticinco años, el marido era más o menos de la misma edad; el niño tendría unos tres o cuatro años, la verdad es que soy malo para calcular edades. La chica me fascinaba, sus brazos eran delgados como hebras, sus manos huesudas, sus tetas redondas y medianas, su culo estaba bien formado, sus piernas algo flacas. La verdad es que no era ninguna miss universo. Hablo en pasado, porque ahora no la veo, no sé qué sería de todos ellos. No me importa, me quedo con el recuerdo. 


Un día llegué muy borracho y la vi lavando, el movimiento de sus tetas, allí clavé mi mirada. Ella estaba agachada, lavando y no me prestó atención. Ya sabían que yo no saludaba, no hablaba, era un fantasma que entraba y salía del cuarto de arriba, solamente. En mi cuarto saqué de mi mochila algunas cervezas más, puse música suave (nunca podía escuchar música fuerte o me corrían.) Las cervezas hicieron su efecto: tuve que ir al baño a mear. Me daba las últimas sacudidas, cuando vislumbré el aleph. Un punto en la ventana de persiana que estaba toda rota, pero entre tanta fractura se podía ver un punto de belleza. Una mejor toma de la chica lavando, una desde donde podía ver sin que nadie me viera; contemplé con devoción como movía las tetas, su escote desde el segundo piso parecía mucho más hermoso que viéndola de frente. Saqué mi pene y lo sacudí, empezó a ponerse grueso entre mis dedos, duro; lo imaginaba allí, insertado en su escote, justo entre sus tetas. Sentí el delirio, el orgasmo, no alcancé el papel, así que sentí mi semen inundando mis manos, era caliente y abundante. No lo podía creer; esa mujer ante mis ojos era un tanto sosa e insignificante... dijera Rockdrigo, era una ama de casa un poco triste. Pero había tenido el mejor orgasmo de mi vida viéndola, viendo sus tetas en ese meneo como de olas de mar. Yo la dotaba de dones místicos, creía que cada movimiento de su espalda era un pincelazo de algún artista renacentista. Porque así, yo renacía cada que ella lavaba la ropa. Cuando llegaba a escuchar (en una vecindad todo se escucha) que ella lavaría, mi sangre comenzaba a golpear las paredes de mi cuerpo, mi pene se hinchaba, mi corazón era una orquesta. Era una chica triste, de verdad, me hubiera gustado invitarla a mi cama e inocularle un poquito de vida. Pero nunca me cogí a nadie en ese cuarto, en parte porque era tímido, en parte porque era mamón. Sobretodo porque era mamón. 

Después de una temporada, organicé un par de fiestas en mi cuarto que incluían alcohol, drogas y música a alto volumen  Eso bastó para que mis caseros, una pareja de ancianos, me corriera a la calle. Entonces me fui a otra vecindad. Pero esa chica, la del lavado artístico, la que creí que pasaría inadvertida el resto de mi vida, hoy regresó a mi memoria. No me queda más que dedicarle estas palabras y, si acaso, una masturbada, por los viejos tiempos.