miércoles, 6 de marzo de 2013

FRAGMENTO DE UNA OBRA POLÍTICA QUE NUNCA CONCLUÍ.




Lo que muchos años atrás se pronunciaba como una mera metáfora, cada vez se presume más como una realidad. Hablo del cuerpo artificial; aquí utilizaremos la expresión a manera de metáfora, pero también lo abordaremos en un sentido más o menos literal. 
En el terrero del derecho, varios autores, llaman cuerpo artificial a la sociedad, es decir, hemos de imaginar un cuerpo (unidad artificial) formando de muchos cuerpos reales, de personas pensantes, existentes, como ustedes y como yo, que conformamos una sociedad civil que se opone a la sociedad natural. 
Nacemos con un cuerpo, con instintos, y -si hay suerte- con sentimientos y pasiones, con la hermosa capacidad de maravillarnos del mundo, con la agudeza en los sentidos para servirnos poco a poco de los recursos naturales para sobrevivir. Pero en el seno del siglo XXI nacemos, implícitamente, con un Estado y con una religión, con usos y costumbres, con tradiciones familiares y sociales que nos condicionan y que, en ocasiones, nos abolen incluso los más elementales instintos como la sexualidad y, a grosso modo, nos mutilan la libertad.
Nacemos mutilados y nuestro cuerpo, inmediatamente, es ya una base de datos para el gran cuerpo artificial; nacemos, pues, siendo naturales y a escasos minutos se nos da una clave y formamos parte de la base de datos, por lo pronto, de un hospital.

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