sábado, 12 de enero de 2013

SÁBANAS ROJAS. 12.01.2013




- Tu mirada es hermosa. Lo sé, sé que te lo digo todo el tiempo y sé que es el protocolo; es decir, un novio le debe decir a su chica todo el tiempo, lo que ama de ella, pero no es sólo eso. Tu mirada es como el mar, profunda y salada, de aroma a pescado... No, no. Tu mirada es como el cielo donde vuelan las palomas que después nos cagarán en la cabeza... No, no. Tu mirada es mi patria, mi paz, el único lugar donde yo puedo desnudar mis miedos, es tu presencia que se asume conciencia, es el despertar del mundo, la armonía de la música de los planetas. Tu mirada es el fuego que le dio origen al cosmos y, más que eso, es el fruto de una eternidad que no deja de ser instante. 
Ella lo miró, como enloquecida por sus palabras. Ambos se besaron. Él la cargó, suavemente la depositó en sus brazos, como había aprendido en las películas de comedia romántica estadounidense. La llevó al cuarto y la depositó sobre la cama, como antes, con una suavidad y ternura propia de aquel que ve todo lo divino en la persona que ama.
- Estoy en mis días...  
- Te veo y aunque haya sido ateo, sé que existe Dios, porque lo veo a través de tu belleza. 
Él comenzó por besarle los labios, algo dulce, mordiendo sin lastimar la comisura, desplegando su lengua, cual obra de teatro, dentro de la boca de ella. Apasionado, pero haciendo las pausas correctas, en medio de los besos la fue desnudando. Besó su cuello, su quijada, otra vez sus labios... Luego bajó, ansioso, a lamer sus pezones que ya estaban duros, erectos y colosales, con ese aroma tan delicioso y ese sabor tan hipnótico. 
Entonces él no pudo soportar más y sin avisar, de tajo, la embistió, una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete veces. Pudo contemplar el placer en los ojos desorbitados de ella, la esencia de todo el placer del mundo contenida en un segundo. Sus labios entreabiertos, su cabello tendido como una alfombra donde vuelan sueños maravillosos. Tal vez ella era, en definitiva, la mujer más hermosa del mundo, allí, extasiada, entre sábanas rojas. 
Él fue al baño, se arregló y regresó al cuarto a dar una última visualización al cadáver. Echó en su portafolios el cuchillo que había escondido la noche anterior abajo del buró, al lado de la cama. Borró evidencias. Cerró la puerta. 

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