lunes, 28 de enero de 2013

Sobre la cobardía del escritor. 28.01.2013




En principio -y puede que al final- un escritor es tan sólo un cobarde. Pero veámoslo desde otros puntos de vista: por ejemplo, desde el punto de vista de la timidez, a veces una persona es tímida solamente en el afán inconsciente de defender a capa y silencio su soledad. Quien no haya accedido a ese estado purificador de la soledad o del mero estar, posiblemente no sepa del tesoro que se pierde por convivir con otros. Pero este primer estado, el del tímido, no es todavía el del misántropo. 
Un escritor, se dice, es un cobarde porque prefiere relacionarse con documentos impresos o, en esta nueva era, a través de medios electrónicos, en lugar de enfrentarse -tomen en cuenta lo rimbombante del término- con las personas cara a cara, en lugar de salir y convencer, en lugar de salir de su cueva y profesar el advenimiento de la solución a todos los problemas. ¡Su puta madre! ... El misántropo no se deja impresionar por el convencionalismo soez del que toma la convivencia humana como el mayor logro de la humanidad. El mayor logro de la humanidad, seamos claro, ha sido el descubrimiento del suicidio. El misántropo, pues, es un escritor porque pese a todo necesita, de vez en vez, el eco de la lectura de sus textos (sólo en la primera etapa, después no le importa.) Pero el hecho de que necesite algún eco de su quehacer artístico, no lo pone necesariamente en la posición de que tenga que inundar sus pulmones con la pestilencia de la convivencia humana. 

Así pues, tanto argüende, nomás para decir que habemos escritores que no es que seamos cobardes. Seamos sinceros, si ustedes me provocan, me es bastante fácil noquearlos. Si ustedes me debaten, me es fácil contrargumentarlos, etcétera. Entonces podemos también pensar que a veces uno es tímido porque prefiere la iluminación mística que da un paroxismo de soledad encantadora, donde el alma se mece suavemente en una hamaca cósmica. Y a ese estado, se los juro, es difícil llegar cuando hay humanos contaminando tu ambiente personal. O puede que el escritor, yo personalmente, rechace la invitación para ir a leer y a explicar mis poemas, porque de profetas idiotas está lleno el mundo. Y todo es la mierda que es gracias a que no faltan profetas sobre la tierra, sacerdotes, políticos, profesores, y otros imbéciles que creen tener la verdad absoluta sobre algo. Los escritores lúcidos preferimos no participar de tanta faramalla, de tanta vulgaridad. A la mejor, sí, por cobardía: pero es gracias al valiente, amigos míos, que se ha derramado sangre de inocentes, que la humanidad sigue podrida, que hay guerra, que hay violaciones y asesinatos, es gracias al valiente que tenemos un Estado que nos azota, una iglesia que nos domina. Por eso el escritor prefiere la cobardía, para no dañar a nadie; por tener, en ocasiones, una verdadera conciencia ética. 

sábado, 12 de enero de 2013

SÁBANAS ROJAS. 12.01.2013




- Tu mirada es hermosa. Lo sé, sé que te lo digo todo el tiempo y sé que es el protocolo; es decir, un novio le debe decir a su chica todo el tiempo, lo que ama de ella, pero no es sólo eso. Tu mirada es como el mar, profunda y salada, de aroma a pescado... No, no. Tu mirada es como el cielo donde vuelan las palomas que después nos cagarán en la cabeza... No, no. Tu mirada es mi patria, mi paz, el único lugar donde yo puedo desnudar mis miedos, es tu presencia que se asume conciencia, es el despertar del mundo, la armonía de la música de los planetas. Tu mirada es el fuego que le dio origen al cosmos y, más que eso, es el fruto de una eternidad que no deja de ser instante. 
Ella lo miró, como enloquecida por sus palabras. Ambos se besaron. Él la cargó, suavemente la depositó en sus brazos, como había aprendido en las películas de comedia romántica estadounidense. La llevó al cuarto y la depositó sobre la cama, como antes, con una suavidad y ternura propia de aquel que ve todo lo divino en la persona que ama.
- Estoy en mis días...  
- Te veo y aunque haya sido ateo, sé que existe Dios, porque lo veo a través de tu belleza. 
Él comenzó por besarle los labios, algo dulce, mordiendo sin lastimar la comisura, desplegando su lengua, cual obra de teatro, dentro de la boca de ella. Apasionado, pero haciendo las pausas correctas, en medio de los besos la fue desnudando. Besó su cuello, su quijada, otra vez sus labios... Luego bajó, ansioso, a lamer sus pezones que ya estaban duros, erectos y colosales, con ese aroma tan delicioso y ese sabor tan hipnótico. 
Entonces él no pudo soportar más y sin avisar, de tajo, la embistió, una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete veces. Pudo contemplar el placer en los ojos desorbitados de ella, la esencia de todo el placer del mundo contenida en un segundo. Sus labios entreabiertos, su cabello tendido como una alfombra donde vuelan sueños maravillosos. Tal vez ella era, en definitiva, la mujer más hermosa del mundo, allí, extasiada, entre sábanas rojas. 
Él fue al baño, se arregló y regresó al cuarto a dar una última visualización al cadáver. Echó en su portafolios el cuchillo que había escondido la noche anterior abajo del buró, al lado de la cama. Borró evidencias. Cerró la puerta.